5
LYRA
Salgo del taxi y me quedo un minuto en la acera, intentando recuperar el aliento. Tengo las piernas de gelatina, el corazón todavía me late con fuerza y no puedo dejar de revivir cada segundo de esa reunión en mi cabeza.
Me han contratado. Conseguí el trabajo. Debería estar bailando en la calle ahora mismo, pero lo que siento es como si acabara de bajarme de una montaña rusa de las que dan miedo.
Por fin consigo que mis piernas se muevan y subo las escaleras hasta mi apartamento. Las llaves se me resbalan en la palma sudorosa, pero logro abrir la puerta sin que se me caigan.
Estoy preparada para entrar sin hacer ruido, quizás tirarme en el sofá y dejar que se me pase el subidón de adrenalina, pero en cuanto abro la puerta, sé que estoy jodida.
Becca está sentada en el sofá, sujetando una taza enorme de café con las dos manos.
Ya tiene los ojos clavados en la puerta antes de que haya entrado del todo.
—¿Y bien? —exige.
La miro sorprendida.
—¿Cómo es que estás despierta?
Entrecierra los ojos.
—Suéltalo, Taylor.
Suelto un gemido, cierro la puerta y tiro el bolso sobre la mesita del comedor.
—Eres como un sabueso.
No lo niega. Se limita a dar un sorbo de café y arquear una ceja. Suelto un suspiro, me quito los tacones discretos y muevo los dedos doloridos.
—Vale. Bien. ¿Quieres el titular?
Becca se inclina hacia delante.
—Sí. Por favor.
Aprieto los labios, intentando contener la sonrisa que lleva pugnando por salir desde que dejé su oficina.
—Conseguí el trabajo.
Se le abren los ojos como platos. Golpea la taza contra la mesa con tanta fuerza que el café se derrama por el borde.
—¡No me jodas! —grita, eufórica.
Por fin dejo que la sonrisa se libere.
—En serio. Me contrató en el acto.
Suelta un chillido que no es de este mundo y hago una mueca.
—Becca...
Pero es demasiado tarde. Salta del sofá y se lanza sobre mí con un abrazo que casi me tira al suelo.
—¡Dios mío! —chilla en mi oído—. ¡Dios mío, Lyra! ¡Lo conseguiste! ¡De verdad lo conseguiste!
Me río sin poder evitarlo y la rodeo con los brazos.
—Sí. Lo conseguí.
Se aparta lo justo para mirarme, con los ojos brillantes.
—Cuéntamelo todo. Cada. Detalle.
—Fue muy incómodo.
Suelta una carcajada.
—Eso es justo el cotilleo jugoso que quiero oír.
Suspiro.
—Me hizo un montón de preguntas sobre mi currículum, mi proyecto de fin de carrera y por qué estaba de camarera en vez de programando.
Asiente, con los ojos muy abiertos.
—¿Y qué le dijiste?
Me encojo de hombros.
—La verdad. Que necesitaba currar de camarera para pagar las facturas.
Becca silba bajito.
—Lo respetó —admito—. Creo.
Sonríe.
—Pues claro. Así eres tú. Directa y honesta hasta decir basta.
Me remuevo incómoda.
—Sí, bueno. Insistió. Preguntó sobre mi experiencia con distintos programas, mi investigación, por qué quería trabajar en Integrated Solutions.
—Y respondiste de maravilla, supongo —dice con aspavientos—. Entonces, ¿cuánto pagan? Dime que merece la pena la vergüenza de trabajar para el tío que te gusta.
No puedo evitar presumir un poco.
—Seis cifras altas.
Becca se queda boquiabierta.
—Joder, Lyra. Eso es una pasada. Es más de lo que ganamos las dos juntas en un año. ¡Es más de lo que ganamos las dos en cinco años!
Sonrío sin poder evitarlo.
—Sí. Es mucho dinero.
Me da un puñetazo en el brazo.
—Dime que aceptaste.
—¡Pues claro!
Becca vuelve a chillar y empieza a dar saltitos.
—¡Somos ricas, somos ricas!
—¡No somos ricas! —protesto.
Suelta un gemido.
—Vale. Tú vas a ser rica y tendrás la gentileza de ser mi Sugar Mama.
Me río.
—¿A cambio de qué?
—¿Mi devoción eterna?
Pongo los ojos en blanco.
Su sonrisa se vuelve depredadora.
—¿Qué tal estaba él?
Se me encienden las mejillas.
—Becca.
Se inclina hacia mí.
—¿Qué tal estaba el señor CEO ruso sexy a la fría luz del día?
Suspiro y me dejo caer.
—Más sexy todavía —admito.
Se le abren los ojos como platos.
—¿Más sexy?
Asiento con cara de pena.
—Mantener la profesionalidad fue casi imposible.
El traje le quedaba como una segunda piel.
Tenía el pelo tan perfectamente peinado que lo único en lo que podía pensar era en meter los dedos y despeinárselo.
Y su voz es puro pecado. Y la oficina era tan intimidante.
.. Todo cristal y madera oscura, con un escritorio enorme que juro que estaba hecho para. ..
Me callo.
A Becca se le iluminan los ojos.
—¿Hecho para qué, Lyra?
—¡Nada!
Vuelve a partirse de risa.
Agarro un cojín y le atizo con él hasta que me suplica clemencia entre jadeos.
Al final, se calma y suelta unas risitas.
—Dios, me encanta esto. O sea, que me estás diciendo que vas a ser profesional y no vas a pensar en él en absoluto a partir de ahora, ¿verdad?
Me aclaro la garganta.
Me dedica una sonrisa maliciosa.
—¿Verdad?
Frunzo el ceño.
—Tengo que hacerlo. Ahora es mi jefe.
Becca resopla.
—Sí, como si eso te fuera a detener.
—¡Tiene que hacerlo!
Arquea las cejas con picardía.
—Intenta no gemir su nombre mientras duermes, ¿vale? Que las paredes son de papel.
Le lanzo el cojín a la cabeza una vez más. Por fin se queja de que está muerta de cansancio y deja de meterse conmigo sin piedad. Se va a la cama y yo voy a la cocina a rebuscar en la nevera algo que calentar para comer.
Como los espaguetis recalentados despacio mientras pienso en cómo será este trabajo.
Quizás, con el tiempo, sea más fácil estar cerca de él.
Quizás no me entren ganas de tirármelo cada vez que lo vea, y demuestre lo valiosa que soy para el equipo.
Esta es la oportunidad de mi vida, y no quiero echarla a perder por un tío bueno.
El lunes por la mañana me cae encima como una apisonadora, pero estoy lista. He pasado todo el fin de semana preparándome, comprando ropa nueva con mi tarjeta de crédito ya reventada y presentando mi renuncia en el restaurante. Esa fue la mejor parte de todo esto.
Frente a Integrated Solutions, me aliso la falda y levanto la barbilla. Por fin voy a empezar el trabajo de mis sueños.
Cuando entro, un guardia de seguridad me entrega una identificación temporal y me da un paquete de instrucciones para mi primer día. Cojo el ascensor hasta el piso que me han asignado y veo pasar los números mientras el corazón me late cada vez más rápido con cada pitido.
Cuando las puertas se abren, una mujer con el cabello perfectamente peinado me recibe con una sonrisa educada.
—¿Lyra Taylor?
Asiento, tragando saliva.
—Bienvenida. Hoy estarás con Mark. Te ayudará a instalarte.
Señala a un hombre alto y calvo que aparece de la nada con un portapapeles en la mano.
—Lyra —dice con calidez—. Me alegra tenerte a bordo. Ven, te enseño dónde trabajarás.
Lo sigo por un largo pasillo, pasando junto a oficinas con paredes de cristal donde gente con pinta de importante teclea o habla por auriculares.
Abre una puerta y me hace pasar. La sala es grande y luminosa, con ventanales altos que dan a la ciudad.
Los escritorios están dispuestos en filas ordenadas, cada uno con dos monitores y sillas ergonómicas.
Zumba con conversaciones en voz baja y el repiqueteo de las teclas. Programadores. Los míos.
Mark señala un escritorio vacío cerca de las ventanas.
—Ese será el tuyo. Hoy te configuramos el acceso. Te presentaré a todos.
Repasa una larga lista de procedimientos: a quién acudir para temas de recursos humanos, dónde está el baño, la sala de descanso con su café infame.
Intento prestar atención, pero me cuesta.
No puedo dejar de preguntarme dónde estará Damien, o qué estará haciendo ahora mismo.
Claro que no iba a estar aquí para guiarme en la orientación. Está demasiado ocupado para eso.
Mark termina entregándome una pequeña pila de papeleo.
—Firma esto cuando puedas. Bienvenida a Integrated Solutions.
Me da una palmada en el hombro como si fuéramos viejos amigos y se aleja a grandes zancadas.
Me dejo caer en la silla y suelto un suspiro.
Qué raro es todo. Después de tanto tiempo detrás de una barra, fingiendo sonrisas para tipos que se creen encantadores, estoy en una oficina donde la gente asiente educadamente y me deja en paz.
Echo un vistazo alrededor. Todos están ocupados y concentrados. Excepto un tipo al otro lado del pasillo.
Debe de tener poco más de treinta, con el pelo oscuro recogido en una coleta pequeña. Es delgado, y su sudadera negra cuelga del respaldo de la silla como si viviera allí.
Me pilla mirando y se levanta.
Mierda.
Se acerca tranquilamente, y no puedo evitar compararlo con los babosos del restaurante. Tiene el mismo aire de creerse con derecho a todo.
—Hola. Chica nueva.
Trago saliva.
—Hola.
Me tiende la mano.
—Soy Rick.
Se la estrecho brevemente.
—Lyra.
—Genial —dice, apoyándose en mi escritorio. Demasiado cerca—. Bueno, bienvenida a la mazmorra. Espero que no te importe currártelo.
Lo miro fijamente, intentando desesperadamente no poner los ojos en blanco.
—Seguro que sobrevivo —digo sin inmutarme.
Sonríe con suficiencia.
—Ya veremos.
Sus ojos bajan hasta mi blusa y se detienen un segundo de más. Se me revuelve el estómago.
Mantengo la voz neutra.
—¿Necesitas algo?
Parpadea, sorprendido.
Luego se ríe.
—No. Solo estoy siendo amable.
Fuerzo una sonrisa tensa.
—Genial. Bueno, me encantaría ponerme a trabajar, así que si no te importa...
Hago un gesto para que se vaya.
Levanta las manos en señal de rendición burlona.
—Claro. Claro. No te distraigo más.
Vuelve a su escritorio y me lanza una sonrisa por encima del hombro. Imbécil. Exhalo lentamente.
No pasa nada. He lidiado con cosas peores. Al menos se ha ido sin montar un número. Acerco el teclado y empiezo a leer los documentos de orientación en la pantalla. Es denso pero familiar.
Para esto estoy aquí. En esto soy buena.
Me pierdo en ello un rato: resalto secciones clave, tomo notas sobre procedimientos, intento memorizar las credenciales de acceso. El hechizo se rompe cuando se abre la puerta del fondo de la sala.
Dos hombres corpulentos con trajes negros entran con expresiones de piedra.
No parecen encajar aquí, y ni siquiera fingen mezclarse. Hablan entre ellos en voz baja, en lo que parece ruso. El pulso se me dispara.
Noto cómo cambia el aire de la sala. Todos siguen trabajando, pero ahora se percibe tensión, como si intentaran deliberadamente evitar a los dos hombres que atraviesan el espacio. De esos que parecen sacados de una película de mafiosos.
Uno de ellos se mueve y veo el destello de una pistola plateada en su cintura. Trago con dificultad e intento acordarme de cómo se respira. Siguen hablando, pero sus ojos barren la sala sin parar.
No soy la única que lo nota. La tensión sube de golpe. Hasta Rick se yergue en su asiento, sin rastro de su sonrisa burlona. Me obligo a mantener los ojos en la pantalla, pero el pulso me retumba en los oídos. ¿Qué demonios es esto?
Los guardias de seguridad, al otro extremo de la sala, observan atentos pero sin moverse, como si estuvieran acostumbrados. Como si fuera lo más normal del mundo.
¿En qué demonios me acabo de meter?