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ALEX

El perímetro lleva cuarenta minutos cuando no estoy dando largas.

No he dormido. Su sabor sigue en mi boca y mis manos no pueden olvidar la forma de sus costillas, y llevo aquí fuera desde antes del amanecer porque la alternativa es quedarme a oscuras en una habitación que comparte pared con la suya.

El amanecer es apenas una insinuación tras la cresta, luz gris filtrándose en un cielo que todavía no se decide por ningún color.

La nieve cruje bajo mis botas de esa manera particular que tiene a esta temperatura, seca y comprimida, chirriando bajo el peso.

Mi aliento sale en nubes que se disuelven antes de llegar a un palmo de distancia.

La tormenta dejó el mundo limpio. Los ventisqueros se han acumulado contra el lado norte del refugio. Nieve virgen cubre las dependencias exteriores. La línea de árboles se recorta nítida contra el cielo.

Reviso el cobertizo del generador, los depósitos de combustible, el refugio de las motos de nieve. Reviso las líneas de visión desde el camino de acceso. Reviso la línea de árboles donde se acerca al muro este.

Nada de esto necesita revisión. El generador es territorio de Cameron y él lo lleva mejor que yo. Los depósitos de combustible se llenaron antes de la tormenta. Las líneas de visión no han cambiado desde que mi padre taló esos árboles cuando yo era un crío.

No estoy aquí fuera porque haga falta recorrer el perímetro. Estoy aquí fuera porque anoche besé a una mujer cuyo cuerpo se apartó de mis manos, y la violencia que eso implica me tiene dando vueltas alrededor de este refugio como un perro encadenado.

Mi mano derecha se flexiona, se cierra y se abre.

Lo sabía antes del beso. Ya había visto el respingo con la sartén, la muñeca que se cubre, cómo sigue las manos en una habitación antes de fijarse en los rostros.

Llevo leyendo las señales desde su primera mañana aquí, registrándolas como mi padre me enseñó a leer el terreno: identificar el rasgo, evaluar el riesgo, archivarlo.

La cuestión es que lo sabía. La besé de todos modos.

Mi pulgar encontró algo bajo sus costillas que la hizo respingar tan violentamente que se le subieron los hombros.

El sonido que hizo estará en mi cabeza hasta que me muera.

Me detengo en la esquina noreste, donde la línea de árboles se acerca al refugio. Me apoyo en el tronco de un abeto. El frío atraviesa la chaqueta y lo dejo.

Mi madre respingaba. No respingaba ante sartenes ni puertas. Mi madre respingaba ante el sonido de la camioneta de mi padre en la grava, una contracción de todo el cuerpo que convertía en sonrisa para cuando él entraba.

Era lo bastante joven para que el truco funcionara durante años. Para cuando entendí lo que significaba el respingo, ella se había ido y entenderlo ya no importaba.

El respingo de Kendall es diferente al de mi madre. El de ella era anticipación. El de Kendall es reflejo, grabado en el músculo a fuerza de repetición.

Sea lo que sea que tiene bajo las costillas, la mano que lo puso ahí lo hizo más de una vez, en más de un sitio, durante más de unos pocos meses. El cuerpo no aprende a protegerse tan rápido.

Mi mano se cierra de nuevo. Esta vez mantengo el puño. Los nudillos me duelen con el frío.

Debería haber preguntado anoche, en la cocina, con ella apretada contra la encimera y su sabor todavía en mi boca. Debería haber preguntado quién. Debería haber preguntado cuándo. Debería haber preguntado dónde está ahora para poder encontrarlo.

No pregunté porque preguntar lo habría convertido en algo sobre mí. Mi necesidad de saber, de arreglarlo, de interponerme entre ella y lo que fuera que dejó esa marca.

Ella dijo «Estoy bien» y la mentira le salió tan ensayada que sonó natural.

Rebatirla habría sido un hombre más decidiendo que conocía su cuerpo mejor que ella.

Así que la dejé ir. Me senté junto al fuego y no hice nada. No la seguí escaleras arriba. La contención sabía a ceniza.

El sol asoma sobre la cresta, oro pálido sobre nieve fresca. Me aparto del árbol y vuelvo.

La cocina huele a café cuando entro por la puerta trasera. Cameron está junto a los fogones, revolviendo huevos. Dash está en la mesa con una taza, trasteando con el móvil.

Bryan no está, lo que significa que está en el taller o haciendo su propia versión de la ronda del perímetro, la que incluye menos sentimientos y más recuento de munición.

—Tienes una pinta horrible —dice Dash sin levantar la vista.

—Gracias.

—¿Mala noche?

Cameron mira por encima del hombro. La mirada es breve y calculada, y me dice que oyó algo a las dos de la mañana y sacó sus propias conclusiones. Cameron saca conclusiones como otros respiran. Se guarda la mayoría para sí.

—La tormenta no me dejó dormir —digo.

—La tormenta acabó a medianoche —dice Dash.

—Dash. —La voz de Cameron es suave. Dash se calla. La jerarquía se impone hasta con los huevos de por medio.

Me sirvo café y lo bebo de pie junto a la encimera donde, hace unas horas, tenía a Kendall apretada contra esta superficie con mi boca en su garganta y mi mano en su pelo y cada buena intención que he tenido en mi vida ardiendo a mi alrededor.

La forma de su cuerpo sigue impresa en el mío, cómo se arqueó hacia mí, el sonido que hizo cuando mis dientes encontraron su pulso.

Es el mismo pino con cicatrices, las mismas marcas de cuchillo, el mismo cerco de una taza que alguien dejó mojada. A mi cuerpo le da igual el aspecto de la encimera. Mi cuerpo recuerda lo que sintió.

La oigo en las escaleras antes de verla. El tercer escalón cruje bajo su peso.

No lo esquiva. Esta vez no se está escabullendo. Está entrando en una habitación que piensa ocupar.

Aparece en el umbral de la cocina y la habitación se queda un instante en suspenso. Dash levanta la vista. La espátula de Cameron se detiene a medio movimiento. Dejo la taza con una precisión que delata exactamente cuánto me cuesta parecer indiferente.

Lleva la misma camisa de franela, con las mangas enrolladas hasta los antebrazos. El pelo recogido.

La piel bajo su oreja está rosada, irritada, y verlo me provoca dos cosas a la vez. La primera es culpa, porque yo lo puse ahí, mi barba raspándole la piel mientras mi boca se ocupaba de su garganta. La segunda es más oscura y más honesta: satisfacción.

La marqué. La prueba está en su cuello a la hora del desayuno, y el calor posesivo que ese pensamiento me recorre no es algo que esté dispuesto a examinar.

—Buenos días —dice. Su voz es neutra. Controlada. No me mira.

—Buenos días —dice Cameron.

—El café está en la encimera —dice Dash. Es servicial y no se entera de nada, y bendito sea Dash Sawyer por ambas cosas.

Cruza hacia la cafetera. La distancia que mantiene es precisa: ni tan amplia como para resultar obvia, ni tan corta como para arriesgar el contacto. Ha calculado el margen exacto que parece normal para una habitación llena de gente y solo resulta extraño para el hombre que la besó hace unas horas.

Sus dedos rozan los míos en la encimera al alcanzar la taza. El contacto es breve, accidental, y la descarga que me recorre la mano no debería ser tan intensa por un simple roce. Ella retrocede. Yo no.

La taza que coge es la más cercana a mi mano, y el movimiento para alcanzarla es controlado, cuidadoso.

El esfuerzo se nota en su muñeca. Protege el costado lesionado: hay tensión en cómo estira un brazo mientras el otro permanece pegado a las costillas.

Apilar la leña probablemente no ayudó. Lo protege igual que protege la muñeca, manteniendo la zona vulnerable cerca del cuerpo y calculando cada ángulo.

La clínica de Amberly está a un kilómetro y medio carretera abajo. Mi hermana sabría qué hacer con una lesión así. Pero sugerir un médico significa admitir que lo sé, y esa confesión le corresponde a ella.

Se sienta a la mesa frente a Dash, no a mi lado, no cerca, sino enfrente. La mesa queda entre nosotros como una línea de negociación.

El desayuno es ruidoso con Dash y silencioso con Cameron.

La habitación se carga de tensión con Kendall y conmigo ocupando el mismo espacio mientras fingimos que lo de anoche solo existe en la oscuridad.

Ella come. Habla con Dash sobre su teléfono, que apenas tiene señal, y la conversación fluye con la naturalidad suficiente para que cualquiera que mire piense que está bien.

Yo sí observo. No está bien. La voz controlada, las distancias calculadas, el único roce accidental que nos electrizó a los dos cuentan la misma historia.

Kendall Jackson aplica el mismo protocolo de contención que la mañana después de llegar: evaluar la amenaza, controlar la exposición, no revelar nada.

La diferencia es que esta vez yo soy la amenaza que intenta controlar.

Termino el café y voy a mi despacho, la única habitación del refugio que es enteramente mía: el escritorio, los mapas, el teléfono satelital, la radio, los registros de suministros, la caja fuerte de las armas. La puerta se cierra y el silencio es un alivio.

Me siento en la silla donde se sentaba mi padre y pienso en las costillas de una mujer.

Todos mis instintos me gritan que encuentre al hombre que lo hizo.

Que arregle el problema. Que elimine la amenaza.

Pero la amenaza no está aquí, y la mujer en cuestión no me ha pedido que arregle nada, y lo más difícil de sentarme en esta silla es aceptar que el siguiente movimiento es suyo.

El sabor de su boca sigue interrumpiendo la espera. Café y deseo, y debajo de ambos, el recuerdo de sus caderas moviéndose contra las mías en la encimera. He tenido mujeres. Su recuerdo no me asalta en el escritorio ni hace que mis manos ansíen cosas que mi cabeza no ha autorizado.

Llaman a la puerta a media mañana. No es Kendall. Los golpes son pesados, espaciados, de un puño que lleva llamando a esta puerta desde antes de que yo naciera.

—Está abierto.