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"—Yo también te quiero, Luciano. Pero tengo miedo."
"—¿Miedo de qué?"
"—De que esto sea demasiado rápido. De que no sea real. De que cuando todo termine, cuando haya descubierto quién soy y haya enfrentado lo que tenga que enfrentar, ya no quieras estar a mi lado."
"—¿Y si es real a pesar de todo? —preguntó, su voz firme—. ¿Y si es real precisamente porque es rápido, porque es intenso, porque es sincero?"
No supe qué responder. Solo lo miré, viendo cómo la luz de la luna bailaba en sus ojos, cómo el viento movía su cabello, cómo su pecho subía y bajaba con cada respiración.
Se inclinó lentamente, dándome tiempo para apartarme si quería.
No lo hice.
Sus labios tocaron los míos, y el mundo desapareció.
El beso era suave al principio, tentativo, como si estuviera probando mis labios, aprendiendo su textura. Luego se profundizó, volviéndose más urgente, más apasionado. Sentí su calor, su fuerza, su deseo, y respondí con el mío, mis manos subiendo a su cabello, atrayéndolo más cerca.
Cuando nos separamos, los dos estábamos respirando rápido, nuestros frentes apoyadas una contra la otra.
"—Quiero ser tuyo —susurró—. Si me dejas. Si me aceptas."
Pero en ese momento, el vínculo roto palpitó violentamente en mi pecho.