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Pero el eco de Alejandro a traves del vinculo me recordaba que el pasado no se borra con un beso.
—Que sientes por el? —me pregunto Luciano al dia siguiente, mientras desayunabamos en silencio.
—No lo se —respondi honestamente—. Siento algo. Pero no se si es amor o solo gratitud. Me salvaste la vida, Luciano. Me diste un hogar cuando no tenia nada. Como separo esa gratitud de lo que realmente siento?
—No tienes que separarlo ahora —dijo, tomando mi mano—. Tienes tiempo. Todo el tiempo del mundo.
—Y si al final descubro que no siento lo mismo?
—Entonces habre perdido la apuesta. Pero prefiero perder intentandolo que ganar sin haberlo intentado.
—Eres un buen hombre, Luciano Alvear.
—Soy un hombre que te quiere. Eso es todo.
Esa tarde, mientras el sol se ponia sobre el lago, nos sentamos juntos a ver los colores del cielo. No hablamos. No hacia falta. Su mano en la mia era suficiente.
Pero en la oscuridad de mi pecho, el vinculo roto seguia palpitando, como un corazon que se negaba a dejar de latir.
— Alejandro —susurre, y el viento se llevo su nombre.
La noche antes de partir, Luciano me llevó al mirador del lago.
Era un lugar especial, lo supe desde el momento en que pusimos un pie allí. Un pequeño embarcadero de madera que se adentraba en el lago, rodeado de árboles cuyas ramas se inclinaban sobre el agua como si quisieran abrazarla. La luna