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—Ahora veo sus defectos con toda claridad. Y tambien veo los mios.
El entrenamiento se intensificó después de mi primera transformación. Cada día, Luciano me llevaba al límite, y cada día, yo lo superaba.
Corríamos antes del amanecer, cuando el rocío cubría la hierba y las estrellas comenzaban a desvanecerse en el cielo pálido.
Cazábamos durante el día, aprendiendo a rastrear presas, a movernos en silencio, a usar el viento a nuestro favor.
Luchábamos al atardecer, cuando la luz anaranjada teñía el mundo de tonos cálidos y nuestras sombras se alargaban en el suelo.
Aprendí a usar mis garras. Al principio eran torpes, mis movimientos vacilantes. Pero con la práctica, se volvieron extensiones naturales de mi cuerpo. Podía rasgar la corteza de un árbol con un solo golpe, podía defenderme de los ataques de Luciano sin dudar.
Aprendí a usar mis dientes. La primera vez que mordí a Luciano durante un entrenamiento, me sorprendió la fuerza de mi propia mandíbula. Él solo rió y me animó a seguir.
Aprendí a leer los movimientos de mi oponente. A anticipar sus ataques, a encontrar las debilidades en su defensa. Luciano era un instructor implacable, pero también era paciente. Nunca se burlaba de mis errores, solo me ayudaba a corregirlos.
"—Buena guardia —decía cuando bloqueaba un golpe—. Ahora, contraataca."
Y cada noche, cuando el entrenamiento terminaba y yo caía exhausta en mi cama, mi madre me visitaba en sueños.
A través del collar, su presencia se hacía más fuerte cada día. Me enseñaba secretos de la Luna que solo las Elegidas