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conocían. Me mostraba técnicas de batalla Lycan que habían sido olvidadas por los lobos comunes. Me contaba la historia de los dos mundos, de cómo los Lycan y los lobos se habían separado hacía milenios, de la guerra que había dividido a las dos razas.
"—Tienes que estar preparada —me decía, su voz llena de urgencia—. Tu abuelo quiere conocerte, pero no sé cuáles son sus intenciones. Puede que quiera entrenarte, prepararte para el trono. O puede que quiera eliminarte, eliminar la competencia."
"—¿Cómo puedo saberlo?"
"—No puedes. Pero puedes prepararte para cualquier posibilidad."
Y así lo hacía. Cada día era más fuerte, más rápida, más hábil. Mi loba y yo nos volvíamos una, nuestras mentes sincronizadas, nuestros cuerpos moviéndose en perfecta armonía.
Y mientras tanto, Luciano y yo nos volvíamos más cercanos.
No podía negarlo. Había algo entre nosotros. Una conexión que iba más allá del entrenamiento, más allá de la gratitud que sentía por haberme salvado la vida.
Sus miradas se alargaban. Sus roces eran más suaves de lo necesario. Cuando me corregía la postura, sus manos permanecían en mis hombros un segundo más de lo que requería la corrección. Cuando nos sentábamos a comer después del entrenamiento, elegía sentarse a mi lado, su hombro rozando el mío.
Una tarde, mientras descansábamos después de una sesión particularmente intensa, me tomó la mano.
"—Sé que no soy tu compañero destinado —dijo, sus ojos plateados fijos en los míos—. La Luna no me eligió para ti, y