Rechazada: El Despertar de la Luna Olvidada Page 7
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cadenas rotas se intensificó, bañando mi piel con un resplandor plateado.

Mi loba gimió dentro de mí. Pero no era un gemido de dolor. Era un gemido de anticipación.

Y entonces todo se volvió negro.

Desperté en el suelo del claro. La luz del amanecer se filtraba a través de las copas de los árboles, pintando el mundo en tonos grises y dorados pálidos. Pero yo no veía la belleza. Solo veía el cielo vacío a través de las ramas, solo sentía el dolor que palpitaba en cada fibra de mi ser.

El dolor era insoportable. Cada respiración era una agonía, como si mis pulmones estuvieran llenos de vidrio molido.

El vínculo roto pulsaba en mi pecho, un agujero negro donde antes había comenzado a formarse luz.

Era como tener un órgano arrancado que seguía doliendo, seguía sangrando, seguía recordándome que ya no estaba completo.

Sentí el suelo húmedo contra mi mejilla. El musgo estaba frío y suave, y por un momento, quise quedarme allí para siempre. Dejar que la tierra me absorbiera, que me convirtiera en parte del bosque, que borrara el recuerdo de lo que había pasado.

Mi loba se estaba apagando lentamente. Podía sentirla, una brasa moribunda en la oscuridad de mi conciencia, envenenada por el rechazo. El veneno del vínculo roto corría por nuestras venas, debilitándonos, consumiéndonos desde dentro.

Escuché voces a lo lejos. Pasos que se acercaban, cuchicheos que no se molestaban en ser discretos.