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"—Qué pena, una omega tan débil. No debería haber sobrevivido a la noche."
"—El Alfa fue demasiado indulgente. Debía haberla matado."
"—Camila está radiante hoy. Se nota que está feliz."
Las palabras llegaban fragmentadas, como si alguien estuviera cambiando la frecuencia de una radio. Pero cada palabra era un nuevo cuchillo clavándose en mi carne.
Luego reconocí una voz diferente. Más suave. Más familiar.
Sofía.
"—Déjenla en paz —dijo su voz, temblorosa pero firme—. Ya sufrió suficiente."
Sentí sus manos tocando mi frente. Estaban calientes, temblorosas. Dedos familiarizados con el trabajo duro, con curar heridas que nadie más quería curar, con limpiar la sangre de los omegas que habían sido castigados por delitos que no habían cometido.
"—Necesitas irte, Valeria —susurró—. Antes de que el Alfa—"
"—Sofía."
La voz de Alejandro retumbó desde algún lugar detrás de ella. Era fría, cortante, sin rastro de la emoción que había visto en sus ojos la noche anterior.
"—Aléjate de ella. Ya no es parte del pack."
Me obligué a abrir los ojos. Su silueta se recortaba contra el sol naciente, imponente, inalcanzable. Su rostro era una máscara de piedra.
"—Desaparece antes del próximo atardecer, Valeria. Si te encuentro en territorio del pack después de eso, te mataré con mis propias manos."