Rechazada y Embarazada del Mafioso Griego (Dinastías de la Mafia Libro 2) Capítulo 35
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Capítulo 35

El teléfono de Nikos sonó a las seis de la mañana.

Él ya estaba despierto: había pasado la noche en la silla junto a la cama, no en el sofá cama que la clínica había ofrecido, porque el sofá cama quedaba de espaldas a la puerta y él no podía quedarse de espaldas a la puerta desde la llamada de Markos la noche anterior.

La luz del pasillo entraba en una franja fina por debajo de la puerta, cortando el cuarto en dos.

Ava dormía, o fingía dormir, la hija en la cuna junto a la cama, el monitor de latidos de la niña todavía encendido por precaución, el sonido bajo y regular llenando el silencio del cuarto.

Durante la noche él se había levantado tres veces: una para revisar la cerradura de la puerta, que ya estaba puesta; una para mirar por la rendija de la cortina la calle vacía abajo, donde el carro de uno de los hombres de seguridad seguía estacionado desde el anochecer; y una tercera vez sin ningún motivo, solo para quedarse de pie un minuto antes de volver a sentarse en la misma silla dura, el abrigo todavía puesto sobre el pijama prestado de la clínica.

El teléfono vibró contra la mesita de noche antes de sonar, y él ya tenía la mano encima antes del segundo timbre.

—Saben el cuarto —dijo Markos, sin saludar—. Saben el piso, saben el turno de la enfermera. Tengo dos hombres en la puerta ahora, pero eso no aguanta hasta el mediodía.

—¿Cuánto tiempo hasta que las sacas de aquí?

—Cuarenta minutos, si la clínica autoriza el alta anticipada. Estoy en el carro, a dieciocho minutos.

Nikos ya estaba de pie, ya tenía el abrigo en la mano antes de colgar.

Despertó a Ava sin necesitar palabras: solo la mano en su hombro, suave, y ella ya estaba sentada antes incluso de que él retirara la mano, el cuerpo entrenado en ocho meses de pequeños sustos para despertar lista para el siguiente. Miró primero hacia la cuna, después hacia él.

—Drakos —dijo ella. No era pregunta.

—Markos viene en camino. Cuarenta minutos.

Ava ya estaba de pie, sacando a la hija de la cuna con un movimiento que parecía demasiado automático para haber tardado solo dos días en aprender.

Se puso la bata sobre lo que ya llevaba, sin importarle el frío de la tela delgada de la clínica contra la piel, y empezó a juntar las pocas cosas repartidas por el cuarto: el cargador del celular en el enchufe, un abrigo colgado en la silla, la bolsa de pañales que todavía estaba parcialmente abierta junto a la ventana.

Nikos fue hasta el clóset empotrado, sacó la maleta pequeña que ya estaba medio lista desde la noche anterior —instrucción suya, previsión que ahora rendía frutos— y empezó a meter lo que quedaba sobre la silla.

No dobló nada. Empujó la tela hacia dentro con la palma de la mano hasta que la tapa cerró sin forzarla.

En el baño, tomó los dos frascos de medicamento de la niña que la enfermera había dejado en el lavabo la noche anterior, el paquete de pañales todavía sellado junto al lavabo, y una toalla pequeña que no sabía si era de la clínica o había traído de afuera; se la llevó de todos modos, sin detenerse a verificar.

Volvió al cuarto y metió todo en el bolsillo lateral de la maleta, sin reorganizar lo que ya estaba dentro.

La puerta del cuarto se abrió antes de que Nikos llegara a ella. Markos entró primero, sin tocar, algo que nunca pasaba, con una carpeta de cuero oscuro bajo el brazo, desgastada en los bordes, el tipo de objeto que parecía más viejo de lo que ocho meses debían permitir.

—Los hombres están en el pasillo —dijo Markos—. Los voy a llevar por la salida de servicio en cuanto el equipo confirme.

—¿Cuánto tiempo?

—Quince minutos, tal vez menos.

Markos no se movió para salir. Se quedó parado entre la puerta y la cama, la carpeta todavía bajo el brazo, mirando a Nikos con la expresión de quien está calculando si este es el momento correcto y decidiendo que ya no existe ningún momento correcto.

—Esto también —dijo, y le extendió la carpeta.

Nikos la miró.

—¿Qué es esto?

—Sabes qué es esto.

Nikos tomó la carpeta. El cuero estaba frío, gastado en un borde específico, como si hubiera sido cargada en la misma posición, bajo el mismo brazo, cientos de veces a lo largo de ocho meses.

—La guardé como me pediste —dijo Markos—. Nunca la volví a abrir después del informe final. La traje porque, si algo pasa hoy, no quería que se quedara perdida en un cajón en Atenas mientras ustedes dos andan huyendo de Drakos.

Del pasillo, una voz corta por radio portátil confirmó algo que ninguno de los dos oyó bien. Markos giró la cabeza hacia el sonido, esperó un segundo más largo de lo que cualquier respuesta de radio suele tardar, y el aparato quedó en silencio de nuevo.

—Me necesitan afuera —dijo—. El equipo de la salida de servicio está confirmando el carro.

Salió. La puerta se cerró.

Ava estaba sentada en la cama, la hija en el regazo, envuelta en la misma manta gris claro que la clínica le daba a todo el mundo.

Había oído toda la llamada, había oído a Markos entero, y ahora miraba la carpeta en la mano de Nikos con la misma expresión calculadora que usaba para leer contratos de proveedores.

—¿Qué es eso? —preguntó, la misma pregunta que él había hecho segundos antes.

Nikos no respondió de inmediato.

Se quedó parado junto a la cama con la carpeta en las dos manos, sintiendo su peso —no pesada, lo bastante delgada como para caber en un cajón de cualquier oficina, pero con esa densidad específica del papel que ha sido manipulado y doblado y devuelto a su lugar decenas de veces a lo largo de meses.

El borde inferior estaba arrugado de un modo que sugería que alguien la había cargado bajo el brazo, siempre en la misma posición, siempre con el mismo cuidado, mes tras mes, sin cambiar el hábito ni una sola vez.

Afuera, una segunda voz de radio, más cercana esta vez: el pasillo entero en movimiento, pasos cruzando de un lado a otro, una camilla siendo empujada en algún lugar cercano, ruedas rechinando sobre el piso encerado.

Abrió la carpeta.

Dentro, páginas engrapadas, un encabezado estándar de informe de investigación —nombre de la agencia, número de expediente— y en la parte superior de la primera página, en letra pequeña, una fecha.

Miró la fecha un segundo más de lo necesario, porque ya sabía lo que decía y aun así necesitaba confirmarlo.

En el pasillo, unos pasos rápidos pasaron por la puerta sin detenerse: uno de los guardias de Markos, quizás, revisando el otro extremo del piso.

Una puerta lejana se cerró de golpe. El monitor de latidos de la niña, todavía encendido junto a la cama, seguía marcando el mismo ritmo regular, indiferente a todo lo que pasaba en el cuarto.

Giró la carpeta hacia Ava.

No dijo nada.

Ava miró la primera página. Sus ojos se detuvieron exactamente donde se habían detenido los de él: en el encabezado, en la fecha, en el número que venía antes de su nombre, antes de la dirección de Lisboa, antes de cualquier línea del informe.

La clínica tenía un reloj digital en la pared, rojo, marcando los minutos, los números cambiando en silencio cada sesenta segundos. Él siguió contando mientras ella leía.

La fecha en la parte superior de la página era de seis semanas antes del día en que ella se había hecho la prueba de farmacia en el baño del apartamento en Atenas.

Ava miró el número. Lo miró de nuevo, como si releerlo pudiera cambiarlo. Pasó el pulgar suavemente sobre la tinta impresa, como queriendo confirmar que era real y no algo que la falta de sueño había inventado.

Afuera, en el pasillo, voces bajas: Markos y otra persona, tal vez uno de los guardias, coordinando algo sobre la salida de servicio. Un carrito de metal pasó, las ruedas rechinando sobre el piso encerado. Alguien tocó suavemente en la puerta vecina, esperó, y la puerta se abrió con un clic bajo.

La puerta del cuarto se abrió apenas: Markos, solo la cabeza, sin entrar. —Cinco minutos.

Nikos levantó la mano, señal de que había oído. Markos volvió a cerrar.

Nikos se quedó de pie junto a la cama, la carpeta ahora en las manos de ella, las suyas vacías y sueltas al costado del cuerpo.

No dijo que ya había ido a buscarla antes de saber del bebé.

No dijo nada sobre lo que había sentido al pedirle a Markos que guardara el informe.

No dijo por qué lo había guardado durante ocho meses sin volver a abrirlo, sin usarlo nunca, ni siquiera en las peores semanas en Lisboa, ni siquiera cuando ella decía cosas que él podría haber desmentido con una sola página de esa carpeta.

Ava cerró la carpeta despacio, sin soltarla.

No la puso en la mesita, no se la devolvió a él.

Acomodó a la hija contra su pecho con la mano libre, estiró el brazo hasta la bolsa de pañales ya cerrada junto a la cama, y encajó la carpeta entre la correa y la tela, lo bastante apretada como para que no se cayera.

Nikos observó el gesto sin comentar.

La puerta se abrió de nuevo, esta vez por completo: Markos, el abrigo puesto, el pasillo detrás de él lleno de un movimiento que ya no se detenía. —Ahora.

Ava se levantó primero, la hija apretada contra el pecho, la bolsa con la carpeta dentro colgando del hombro. Nikos tomó la maleta pequeña con una mano y sostuvo la puerta abierta con la otra, el cuerpo girado hacia el pasillo, esperando que ella pasara primero.

Nadie dijo una palabra más sobre la carpeta, sobre la fecha, sobre los ocho meses enteros en que estuvo guardada y nunca se usó, ni una sola vez, ni en las peores semanas.