Capítulo 6
Caspian
—¡Príncipe... Su Alteza, el antiguo Rey Dragón acaba de fallecer! —la voz del Beta se quiebra mientras me cierra el paso en las puertas del palacio—. Necesita quedarse aquí. La corte está sumida en el caos. No puede simplemente...
Sigo caminando.
Mi dragón ya araña el interior de mis costillas, inquieto y furioso, exigiendo que abandone los fríos pasillos de piedra. No tengo destino claro. Ningún plan. Y sin embargo, algo en mi sangre sabe exactamente a quién estoy cazando.
Me dije que bajé a ver el pueblo, pero la verdad es más simple y mucho más patética.
Seguí su aroma.
Siete años de ejercicios interminables, de patios de entrenamiento empapados en sangre y campos de batalla donde me abrí paso entre enemigos solo para seguir respirando.
Día tras día del mismo ciclo brutal —luchar, sangrar, matar, repetir— hasta que mis manos olvidaron cómo ser delicadas.
Lo único que me hizo sobrevivir a esas noches heladas y mañanas vacías fue este aroma.
Su aroma. El recuerdo de la ternura y la serena entrega que me ofreció aquella noche, la forma en que cedió bajo mis manos como si perteneciera allí.
Era la única calidez que me quedaba. Solía cerrar los ojos en la oscuridad y jurar que aquello era mi hogar.
Todavía lo recuerdo perfectamente. Madreselva y piel cálida y un matiz que solo es suyo, algo que mi dragón nunca ha dejado de buscar en habitaciones abarrotadas y pasillos vacíos.
Capté un rastro cerca de la plaza del mercado, y mis pies me trajeron hasta aquí.
A un antro de lobos con suelos pegajosos e iluminación tenue. Dioses, mi padre se revolcaría en su ataúd si pudiera verme aquí. Pero me importa una mierda, porque mi compañera está a unos metros de mí.
Mi compañera destinada tiene un aspecto diferente al de aquella noche.
La chica que una vez sostuve entre mis brazos ha desaparecido, reemplazada por una mujer cuyos ojos cargan siete años de silencio y supervivencia.
El brillo de juventud y esperanza se ha apagado, transformándose en algo más sereno, más pesado —pero de algún modo más devastador.
Está cansada hasta los huesos, y cada línea suave de su rostro es un recordatorio del tiempo que perdí, de las noches que pasé persiguiendo un aroma que nunca se acercó lo suficiente.
Sigue siendo tan hermosa que duele mirarla.
Siempre lo ha sido. Pero ahora hay una dureza en ella que antes no existía, un filo que me oprime el pecho con la necesidad de saber qué pasó...
y a quién debo destruir por haberlo puesto ahí.
No sé qué decirle, pero cuanto más alargo el silencio, más razones tiene para pensar que soy un puto acosador.
—Pequeña loba. Cuánto tiempo sin verte —digo.
Oh, por el amor de la diosa. Ni siquiera fui capaz de decir algo mejor.
—Termina tu cerveza y vete —dice ella—. No deberías estar aquí.
—Y sin embargo aquí estoy.
—Aquí estás —no me mira mientras frota la barra, que ya está limpia—. El Príncipe Heredero, sentado en una taberna del valle la noche de la muerte de su padre. Seguro que eso no dará que hablar.
—Que hablen —doy un sorbo a la cerveza. Es amarga, nada que ver con lo que probé en sus labios—. Nunca me han importado mucho los chismes.
—Qué bien —dice con tono cortante—. Algunos no tenemos ese lujo.
Toso, consciente de que todo lo que le he dicho está mal. Quiero levantarme y decirle que lo siento. Decirle que haría cualquier cosa por borrar el recuerdo de aquella noche de su cabeza. Mi dragón presiona contra el interior de mis costillas, pugna por acercarse a ella, pero no me permito moverme.
Estar tan cerca de ella es como respirar por fin después de años ahogándome. No me había dado cuenta de lo frío que me había vuelto hasta que su presencia me recordó lo que era sentir calidez.
—¿Cómo has estado? —la pregunta me sale más brusca de lo que pretendía—. Desde que me fui.
Su mano se detiene sobre la barra.
—Bien.
—¿Bien?
—¿Qué quieres que diga? —por fin me mira, y veo la ira bullendo tras sus ojos—.
¿Que he pasado años suspirando por el príncipe que me rechazó?
¿Que mi vida se desmoronó en el momento en que saliste de esa torre?
Siento decepcionarte, pero he estado bien.
Mejor que bien. Tengo un trabajo, un hogar, una vida que no tiene absolutamente nada que ver contigo.
—No quise insinuar...
—¿Qué quisiste decir, entonces? —se cruza de brazos—. ¿Por qué estás aquí, Caspian? ¿De verdad?
Dioses, el sonido de mi nombre en sus labios me hace querer morir.
—No lo sé —digo—. Solo quería verte.
—Querías verme —suelta una risa hueca—. En todos estos años, ni una carta, ni una palabra, y solo querías verme. ¿Por qué?
Porque soy tuyo y quiero que todo el reino lo sepa.
Porque he pasado todo este tiempo intentando convencerme de que tomé la decisión correcta, y basta una mirada a tu rostro para que todo se desmorone.
Porque el destino ha unido tu alma a la mía y no puedo pasar otro día fingiendo que eso no significa nada.
—No lo sé —digo en cambio, y ella niega con la cabeza, como si no esperara otra cosa.
Aparta la mirada y empieza a guardar vasos.
No puedo dejar de observarla; memorizo cada detalle porque alguna parte patética de mí sabe que reviviré este momento durante años.
Cómo se coloca un mechón suelto detrás de la oreja.
La pequeña cicatriz en su mano izquierda que antes no estaba.
La tensión en sus hombros que nunca termina de relajarse.
Quiero preguntarle por la cicatriz. Quiero preguntarle por todo —por cada día de los años que me he perdido, por cada alegría y cada desamor y cada tarde mundana. Quiero saber quién la hizo reír y quién la hizo llorar y si alguna vez pensó en mí.
—¿Ha vuelto Rhys? —pregunto con los celos y la desesperación enredados en la garganta—. A verte, quiero decir. Desde aquella noche.
Sus manos se paralizan sobre el vaso que sostiene.
—¿Perdona?
—Mi hermano —murmuro—. Después de la fiesta, después de lo que te hizo. ¿Ha vuelto? ¿Tú... estás...?
No puedo terminar la pregunta. ¿Eres suya? ¿Estás apareada con otro? ¿Otro hombre te ha tocado, reclamado, te ha dado todo lo que yo fui demasiado cobarde para ofrecerte?
—¿En serio me estás preguntando por Rhys ahora mismo? —Su voz se ha elevado—. ¿Apareces aquí después de siete años y lo que quieres es saber de tu hermano?
—Solo quería—
—Estamos cerrados. —Me estremezco cuando deja el vaso con un movimiento brusco. Por un segundo, creo que va a lanzármelo. Pero no lo hace—. Tienes que irte.
—Rory—
—Ahora, Su Alteza.
La amargura en su tono me enciende, así que me levanto. Saco una moneda de oro del bolsillo y la dejo sobre el mostrador, suficiente para pagar la cerveza diez veces. Y camino hacia la puerta con la espalda erguida y los hombros hacia atrás, la viva imagen de lo que mi padre me enseñó a ser.
No miro atrás.
Quiero hacerlo. Dioses, cuánto quiero hacerlo. Quiero darme la vuelta, cruzar la habitación, estrecharla entre mis brazos y suplicarle que me perdone. Quiero caer de rodillas y confesarlo todo, cada secreto que llevo a cuestas, cada pesadilla que tiene su rostro.
Mi dragón asiente con un rugido furioso que me vibra hasta los huesos.
El fuego me sube por la garganta, abrasándome la lengua, mientras él se sacude con fuerza contra mis costillas como una bestia enjaulada.
Las escamas me pinchan bajo la piel, calientes e inquietas.
«Reclámala», gruñe, con la voz espesa de humo y hambre ancestral.
«Es nuestra. Tómala. Márcala. No te atrevas a alejarte de lo que es nuestro».
Pero no le hago caso. No merezco su perdón. Y ella no tiene por qué cargar con mis problemas.
«Cobarde», sisea, y la palabra destila promesa de llamas.
El aire nocturno me golpea el rostro, y apenas avanzo unos pasos por la calle antes de que el pecho se me contraiga.
El dolor ya me resulta familiar, un tornillo de banco alrededor del corazón que me roba el aliento y me tiñe la visión de gris. Me tambaleo hacia un callejón y me apoyo contra la pared, con la frente presionada contra la piedra fría mientras mi dragón se retuerce dentro de mí, aullando de dolor.
La transformación me asalta sin previo aviso.
En un instante estoy de pie en un callejón, y al siguiente mis huesos crujen y se reforman, mi piel se desgarra para dar paso a escamas que antes brillaban plateadas pero ahora lucen un tono apagado.
Mis alas se despliegan y me lanzo al cielo antes de que alguien pueda verme desmoronarme.
Volar solía ser sinónimo de libertad, pero ahora es sinónimo de huida.
Asciendo más y más, dejando que el aire frío me abrase los pulmones, que la montaña se encoja bajo mis pies hasta que la taberna no es más que una mota de luz en la oscuridad.
Mi dragón gime durante todo el ascenso, un sonido lastimero que resuena en los picos y se desvanece en la nada.
Lleva haciendo ese sonido cada vez que capto un aroma que me recuerda a ella, cada vez que despierto de sueños en los que ella todavía está en mis brazos y la marca en su pecho aún brilla con fuerza.
Cuando aterrizo en el balcón del palacio, apenas puedo mantenerme en pie.
El gris se ha extendido por la mitad de mi campo visual, convirtiendo el mundo en un borrón de sombras y formas. Recupero mi forma humana y me tambaleo al cruzar las puertas, con una mano apoyada en la pared mientras la otra me presiona el pecho, donde un dolor fantasma me arde bajo la camisa.
—¿Su Alteza? —Un sirviente aparece de la nada, con el rostro pálido de espanto—. ¿Debo llamar a—
—Helena. —El nombre me sale ronco—. Ahora.
Llego a mis aposentos mientras el dolor se extiende por mi cuerpo, guiado por la memoria muscular a través de corredores que he recorrido desde la infancia.
El fuego en la chimenea se ha reducido a brasas y la habitación está más fría de lo que me gustaría.
Me desplomo en el diván y dejo que los temblores se apoderen de mí, demasiado exhausto para luchar contra ellos.