Rechazada por el Rey Dragón Capítulo 4
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Capítulo 4

Rory

La prueba de hierbas está en el borde del lavabo.

Llevo un rato mirándola, observando el pequeño cuenco de arcilla donde los pétalos de luna triturados y las raíces de milenrama reposan en un charco de mi sangre, a la espera de que las hierbas decidan mi destino. La boticaria de fuera del valle juró que era infalible.

—Solo tres gotas de sangre, una palabra susurrada, y el humo te dirá todo lo que necesitas saber —dijo la bruja.

Humo blanco significa no, verde significa sí.

Han pasado tres semanas desde el observatorio, y llevo esas mismas tres semanas diciéndome que las náuseas son por el duelo.

Pero el duelo no te hace vomitar cada mañana sin falta.

No hace que te duelan los pechos ni que el olfato se te agudice hasta el punto de que la cerveza de la taberna te dé arcadas.

Mi loba ha estado en silencio todo este tiempo.

Una loba rechazada se desvanece, y eso hizo ella: se hundió en algún lugar donde no podía sentirla, y yo no dejaba de presionarme una mano contra el pecho para comprobar que seguía ahí.

Pero ayer me despertó antes del amanecer, acurrucada en lo bajo de mi vientre en lugar de en mi pecho, y pasó el resto del día interponiéndose entre cada desconocido que se inclinaba sobre la barra y yo.

Las hierbas comienzan a sisear y contengo la respiración.

Un fino hilo de humo se eleva del cuenco, enroscándose hacia arriba. Por un instante, oscila incoloro, y casi suelto el aire. Pero el color se intensifica hasta convertirse en un verde inconfundible, desplegándose hacia el techo en cintas que parecen brillar desde dentro.

Embarazada.

Me dejo caer al suelo de baldosas frías, con la espalda contra la bañera, y me llevo la mano al vientre. Todavía no hay nada que sentir. Es demasiado pronto para eso.

Pero mi loba lo sabe. Lo sabe desde ayer. Me dejó llamarlo duelo porque no estaba lista para saberlo.

«Cachorro», susurra. «Nuestro».

—No —exhalo—. No, no, no.

El humo sigue elevándose hasta que las hierbas se consumen y quedan reducidas a ceniza, y la última voluta se desvanece en la nada.

Estoy embarazada del hijo del Príncipe Heredero.

Por primera vez desde el observatorio, la cicatriz sobre mi corazón se calienta. Presiono la palma con fuerza sobre ella, como si pudiera sofocar la brasa antes de que se convierta en esperanza.

Dioses. Hasta el vínculo lo supo antes que yo.

Cierro los ojos con fuerza e intento respirar pese al pánico.

«Puedes con esto», me digo. He podido con cosas peores.

He podido con la humillación pública. He podido con el rechazo del vínculo de almas gemelas.

Hasta he podido con Deacon, que lleva las últimas tres semanas encontrando excusas para pasarse por la taberna más a menudo, acorralándome con preguntas como: ¿Con quién te fuiste?

¿Te crees mejor que yo solo porque te codeaste con unos cuantos dragones? No creas que puedes ocultarme nada.

Solo necesito pensar.

Lo primero que me viene a la mente es que él tiene que saberlo. Hiciera lo que me hiciera Caspian, fueran cuales fueran sus razones, merece saber que nuestra única noche juntos creó algo. A alguien. Una criatura que llevará su sangre y la mía, dragón y lobo entrelazados.

Me rechazó a mí, pero no rechazó esto. No pudo hacerlo. No lo sabía.

Me levanto con las piernas temblorosas y me echo agua fría en la cara. En el espejo, parezco un fantasma de mí misma. Mi piel está más pálida que su habitual tono oliva, y tengo unas ojeras bajo los ojos avellana que no hay forma de quitarme por mucho que duerma.

Tengo que decírselo.

Y si él también rechaza esto, si me mira y me dice que me deshaga de ello, que lo olvide como se supone que debía olvidarlo a él, entonces al menos lo sabré. Al menos no pasaré el resto de mi vida preguntándomelo.

Cojo el abrigo y me dirijo a la montaña.

La subida con piernas humanas me lleva dos horas. Paso por el distrito de los mercaderes, donde los dragones examinan puestos de seda sin dignarse a mirar a los lobos que los atienden. Más allá del mercado, las piernas empiezan a arderme y me duelen los pulmones a medida que el aire se enrarece.

Siento el pecho oprimido durante todo el camino, cada vez más con cada paso, como si la cicatriz supiera de quién es esta montaña. No sé distinguir si es el vínculo o la esperanza, y odio no poder diferenciarlos.

Para cuando llego a las puertas del palacio, estoy sudando y sin aliento, y soy muy consciente de la pinta que debo de tener: una loba del valle con ropa de algodón, presentándome en la sede del poder dragón como si perteneciera a este lugar.

Los guardias me ven venir desde cien metros.

Son dos, ambos con la librea negra y dorada de la casa Drakos, con ese brillo revelador de escamas bajo la piel que los delata como sangre de dragón. Observan cómo me acerco con desdén aburrido.

—Indique el motivo de su visita —dice el más alto cuando estoy lo bastante cerca para oírle.

Me yergo, intentando aparentar seguridad.

—Necesito hablar con el Príncipe Caspian. Es urgente.

Los guardias intercambian una mirada. El más bajo esboza una sonrisa de suficiencia y suelta un resoplido.

—Príncipe Caspian —repite—. Quiere hablar con el Príncipe Heredero.

—Sí.

—¿Y qué asunto tendría una loba del valle con el heredero al trono?

«Llevo a su hijo en las entrañas», quiero decir, pero me muerdo la lengua.

—Es personal —digo en cambio—. Privado. Querrá escuchar lo que tengo que decirle.

—Seguro que sí. —La sonrisa del guardia más bajo se ensancha—. Por desgracia para usted, el príncipe no está aquí.

Se me encoge el estómago.

—¿Cómo que no está aquí?

—Quiero decir exactamente lo que he dicho. Su Alteza Real partió hacia la capital hace dos semanas. —El guardia me mira de arriba abajo—. Ha retomado su entrenamiento en la Academia. No admite visitas de... —Hace un gesto vago abarcándome entera—... una loba.

—¿Cuándo volverá?

El guardia más alto se encoge de hombros.

—Años, probablemente. Rara vez vuelve a casa.

Años.

—Tiene que haber alguna forma de ponerme en contacto con él —insisto—. Una carta, un mensaje, algo...

—No hay mensaje que transmitir. —El guardia más bajo está disfrutando con esto, lo noto—. El príncipe ha sido muy claro. No acepta correspondencia de nadie que no esté en la lista aprobada. Y te aseguro —sus ojos recorren mi cuerpo con desprecio— que tú no estás en ninguna lista.

Me cruzo de brazos y él se ríe.

—Pero oye —añade, sin dejar de reírse—, si quieres dejar tu nombre, seguro que alguien acabará pasándoselo. Quizá dentro de una década o dos, cuando el príncipe tenga tiempo de revisar su montón de chicas desesperadas del valle.

El guardia más alto le da un codazo, aunque también sonríe.

Pienso en decir algo. Defenderme, exigir respeto, hacer algo más que quedarme aquí plantada con las mejillas ardiendo. Pero ¿de qué serviría? Tienen razón. No soy nadie. Una loba de bajo rango que, no sé cómo, captó la atención de un príncipe durante una noche y creyó que significaba algo.

Pero no significó nada. Nunca significa nada.

Me doy la vuelta y bajo la montaña con la barbilla en alto. No me permito llorar hasta perder de vista las puertas.

❦ ❦ ❦

Serena me encuentra en su puerta dos horas después, con los ojos enrojecidos y temblando.

—¿Rory? —Me mira a la cara y me hace pasar sin decir nada más—. Dioses, ¿qué ha pasado? ¿Es Deacon? ¿Te ha...?

—Estoy embarazada.

Las palabras se me escapan, y Serena se queda inmóvil, con la mano paralizada en mi brazo y los ojos oscuros abriéndose de par en par.

—¿Estás... qué?

—Embarazada. —Me hundo en su sofá, el mismo donde hace tres semanas le conté entre lágrimas lo del Príncipe Heredero—. Es de Caspian. El que...

—El que te rechazó. —Serena se sienta a mi lado despacio, y de pronto levanta las manos y casi grita, con esa exageración tan suya—: ¡Dios, Rory, pues claro que lo sé!

¡Es Caspian! ¡El Príncipe Heredero de los Dragones!

¡Heredero del maldito trono dragón! ¡Da gracias a los dioses de que tenga el corazón fuerte!

Y ahora dime, chica, ¿qué demonios piensas hacer?

—Fui a decírselo —digo—. Pensé... no sé qué pensé. ¿Que querría saberlo? ¿Que quizá él...? —Me interrumpo con una risa amarga—. Da igual. Se ha ido. Ha vuelto a la capital a entrenarse. No regresará en años. Los guardias se rieron de mí.

—Esos cabrones. —La voz de Serena suena feroz, pero le veo el miedo asomando en los ojos—. Rory, esto es... esto es muy grave.

—Lo sé. —Aparto la mirada y de pronto caigo en algo. La hija del molinero—. Se llevaron al bebé de Mara. ¿Te acuerdas? Solía correr con nosotras en las lunas llenas.

La cara de Serena me dice que ya sabe por dónde voy. —Dios, sí. ¿Cómo iba a olvidarlo? Los dragones lo declararon una abominación según su ley. Dijeron que los niños mestizos pasan a custodia del consejo.

Se me va el color de la cara.

—Pero soy su compañera —susurro—. Estamos vinculados. Aunque él lo rechazara, aún queda...

Serena me sostiene la mirada. —Sabes que una compañera rechazada no tiene ningún derecho legal, Rory. Todo el mundo lo sabe.

—La marca...

Me aparta el cuello de la camisa y deja a la vista la cicatriz pálida sobre el corazón. —Se ha desvanecido hasta casi desaparecer. Cualquier tribunal podría decir que te la hiciste tú misma.

—Entonces, ¿qué hago? —Se me quiebra la voz—. Serena, ¿qué se supone que debo hacer?

—Huir. —Mi mejor amiga guarda silencio un buen rato, con los dientes apretados. Luego me coge la mano y dice—: Huir.

La miro confundida.

—Antes de que se te empiece a notar. —Se levanta y cruza la habitación, como siempre que está pensando—. Haces una maleta, coges todo el oro que tengas y huyes. Aléjate todo lo que puedas del territorio dragón.

—Serena, no puedo simplemente...

—Tienes que hacerlo. —Se vuelve hacia mí, con la voz más calmada pero aún urgente, los ojos llenos de auténtica preocupación—.

Porque si alguien descubre lo que llevas dentro, se llevarán a tu bebé.

Te arrastrarán ante el consejo, te arrancarán a tu hijo de los brazos y no podrás hacer nada para impedirlo. ¿Es eso lo que quieres?

—No. —La palabra me sale temblorosa—. Dioses, no.

Me aprieto los ojos con las palmas, intentando pensar. Huir. Suena tan fácil cuando lo dice ella. Hacer una maleta, desaparecer, empezar de cero en otro sitio. Pero...

—No tengo adónde ir —admito—. No tengo familia fuera de la manada.

Nada de oro... o no el suficiente, al menos.

Y para cruzar territorios como loba solitaria necesitas papeles, documentación que no tengo y que no puedo permitirme falsificar.

Una loba embarazada y fugitiva es justo el tipo de persona que hace sospechar a los guardias fronterizos.

Serena se detiene. —¿Y entonces qué? ¿Te quedas aquí sin más y esperas que nadie se dé cuenta?

—No lo sé. —Bajo las manos y miro al techo—. No lo sé, Serena. Me he enterado esta mañana; no he tenido precisamente tiempo de elaborar un plan de vida completo.

Se deja caer de nuevo en el sofá a mi lado, y durante un rato nos quedamos allí sentadas en silencio. Dos chicas del valle, metidas en un lío sin buena solución.

—Vale —dice Serena al fin—. Vale. Si no puedes huir ahora, necesitamos otro plan. Un plan a más largo plazo.

—¿Como cuál?

—Como la historia que cuentes sobre el padre. —Se vuelve hacia mí con los ojos entrecerrados—. Los guardias se rieron de ti. No te tomaron en serio, lo que significa que no saben quién eres ni por qué estabas allí realmente. No hay nadie que te relacione con el príncipe.

—Está Deacon —digo, y su rostro se congela—. Esa mañana, cuando llegué a casa. Me olfateó y dijo que apestaba a dragón. A apareamiento.

—¿Qué le dijiste?

—Que había estado en una fiesta y que se me pegó el olor de alguien.

Se me revuelve el estómago.

—Me dejó pasar, pero la forma en que me miró...

—Un olor no es prueba —dice lentamente—. La fiesta estaba plagada de dragones. Puede sospechar lo que quiera, y mientras no haya pruebas, lo único que tiene es un olor de aquella mañana.

Su mirada se endurece.

—Así que si alguien pregunta por el padre...

—Miento.

—¡Un viajero humano! —exclama, como si acabara de tener la idea más brillante—. Si algo del bebé parece extraño, puedes achacarlo a su sangre humana. Te ciñes a la historia y rezas.

Apenas es un plan. Pero es algo.

—¿Y luego qué? —pregunto—. ¿Me quedo aquí hasta que ahorre suficiente oro para desaparecer? Eso podría llevar años. Sirvo cervezas seis días a la semana, y no hay nada más que pueda hacer en un pueblo que antepone el rango a todo lo demás.

—Pues que lleve años. Es mejor que huir ahora sin nada y que te pillen en el primer control.

Cierro los ojos. Años ahorrando, mintiendo y viendo crecer a mi hijo, sabiendo que cualquier día podría ser el día en que alguien se fije demasiado.

—Hay una fecha límite —digo en voz baja—. La primera transformación de un lobo llega a los siete años. Y la primera transformación de un mestizo revelará lo que es a cualquiera con ojos en la cara.

Serena respira hondo antes de volver a mirarme a los ojos.

—Entonces tienes que haberte ido antes de que el cachorro cumpla los siete.

—Antes de su primera transformación.

Me llevo la mano al vientre, sin sentir nada más que el aleteo de mi corazón aterrorizado.

—Antes de que el cuerpo de mi hijo le diga a todos exactamente quién es su padre.

Serena me estrecha en un abrazo feroz, y hundo el rostro en su hombro, respirando jazmín y sándalo, el aroma de la única familia que me queda.

—Podemos hacerlo —susurra contra mi pelo—. El padre fue un humano de paso. Esa es la historia. Esa será siempre la historia. Nadie más lo sabe. Nadie más puede saberlo. Y voy a estar aquí, a tu lado en todo momento. Guardiana de secretos, cómplice, la única persona que conoce la verdad.

Se aparta, sujetándome el rostro entre las manos, los ojos oscuros arrasados en lágrimas.

—Te lo juro, Rory. Pase lo que pase, te ayudaré a mantener a este bebé a salvo.

Asiento y hago una promesa silenciosa a la vida que crece dentro de mí.

«Te mantendré a salvo», le digo a mi cachorro. «Nos sacaré de aquí. Y si alguien intenta apartarte de mi lado, tendrá que matarme primero».