Rechazada por el Rey Dragón Capítulo 3
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Capítulo 3

Rory

—Mierda. Qué demonios—

Se echó hacia atrás con tanta fuerza que casi tropezó, los ojos plateados muy abiertos.

—No. No, no podemos... no pretendía que esto llegara tan lejos.

—El humo se enroscaba más espeso con cada respiración entrecortada—.

Él lo sabrá. Los ancianos lo sabrán. Y cuando lo hagan, estamos acabados los dos.

Me bajé de la mesa y el vestido volvió a caerme sobre los muslos. —¿Q-qué pasa? ¿Qué está pasando?

Se le abrió la boca, pero no dijo nada. Noté que el humo de su aliento se había vuelto acre, amargo, con un olor a miedo.

Y entonces el cielo comenzó a aclararse.

Sucedió lentamente... un gris tenue filtrándose en el negro del horizonte.

Pero era luz suficiente para distinguir los contornos de su rostro, el corte afilado de su mandíbula, el perfil aristocrático de su nariz.

El cabello pálido que parecía plateado a la luz de la luna era en realidad un rubio muy claro.

Se me cayó el estómago.

Conocía ese rostro.

De monedas, estandartes... y del enorme retrato a la entrada de la oficina del recaudador de impuestos, ese que había maldecido al menos una docena de veces cuando el salario no me alcanzaba.

El parecido encajó de golpe. Era la viva imagen del Rey Dragón, décadas más joven, con ojeras que hablaban de noches en vela.

—Eres Caspian Drakos —susurré.

El Príncipe Heredero del trono dragón. El que llevaba años fuera, en la Academia, entrenándose para ocupar el lugar de su padre. Un rostro que solo había visto en pinturas porque nunca venía a las fiestas de su hermano, nunca se mezclaba con lobos, nunca...

Oh, dioses.

Oh, dioses.

—Tú eres... Eres el hermano de Rhys —solté en cuanto la idea tomó forma.

Entrecerró los ojos y un destello peligroso, casi depredador, cruzó aquella mirada plateada. Soltó una risa corta y fría, tan cortante como una cuchilla.

—El hombre del que hablaste —dijo con voz baja y helada—. El que te humilló abajo.

Tragué saliva. —Sí.

Inclinó ligeramente la cabeza, estudiándome. —Y ese hombre es mi hermano.

No era una pregunta.

Dioses. De todos los hombres en esta montaña, de todos los dragones de este maldito reino, tenía que enredarme con el hermano de mi ex.

—Yo... —se me quebró la voz—. No lo sabía. No sabía que eras tú. Si lo hubiera sabido...

—¿Habrías qué? —Se rio con amargura—. ¿Te habrías quedado abajo con mi hermano? ¿Dejado que te humillara un poco más?

—Eso no es justo.

—Nada de esto lo es. —Se pasó una mano temblorosa por el pelo—. Esto no debía pasar. Tú no debías aparecer.

Las palabras dolieron. —¿Qué quieres decir con que yo no debía...?

—Necesito... —Se interrumpió, caminando hacia el borde de la plataforma de observación—. El trono. Si se enteran... ellos... —Se detuvo y tragó con dificultad.

Di un paso hacia él. —¿Ellos qué?

Caspian se giró para mirarme, y la primera luz del amanecer le iluminó el rostro por completo.

No se parecía en nada a su hermano.

Donde Rhys atraía a la gente con calidez y un encanto natural, Caspian era todo lo contrario. Cabello rubio blanquecino, ojos pálidos, pómulos marcados, un rostro tan parecido al que había estado maldiciendo toda mi vida. Frío, controlado, y de algún modo más peligroso por ello.

La oscuridad me había dejado sentirlo a trozos, pero la luz me lo entregaba todo de golpe.

Llevaba la camisa abierta desde que yo se la había desabrochado, dejando a la vista los músculos duros de su pecho, cubiertos de un vello claro.

Estaba hecho de la misma materia que la montaña sobre la que nos encontrábamos, como algo contra lo que te harías pedazos.

La gente decía que el heredero a la corona era frío. A un metro de él, no me parecía la palabra adecuada. Frío es vacío. Caspian era más bien como un fuego al que alguien había enseñado a quedarse quieto.

Y mi loba, que los dioses nos ayudaran a las dos, prácticamente se revolcó para mostrarle el cuello.

—Tienes que irte —dijo con voz tensa.

—¿Irme? Acabamos de... hay una marca en mi pecho...

Volvió a caminar de un lado a otro. —No entiendes de lo que es capaz mi padre. Lo que haría si descubriera que su heredero se había vinculado con...

—¿Con qué? —lo desafié—. ¿Una loba? ¿Una plebeya? Dilo.

Cuando volvió a mirarme, su rostro era una máscara. Me preparé mientras cambiaba de postura y se erguía en toda su estatura, echando los hombros hacia atrás.

—Yo, Caspian de la Casa Drakos, heredero de la llama y la corona... —dijo con frialdad.

Mi loba golpeó contra mi pecho con tanta fuerza que me tambaleé.

No.

—...rechazo el vínculo que el destino ha forjado entre nosotros...

No, no, no...

—...y te libero de todo derecho sobre mi corazón, mi casa y mi nombre.

Las palabras finales me golpearon en el pecho y caí de rodillas. Algo dentro de mí se desgarró, en algún punto entre las costillas y el alma. La marca sobre mi corazón se encendió y luego se atenuó hasta convertirse en un dolor sordo que se extendió por todo mi cuerpo.

No podía respirar.

Podía oír el peso del juramento asentándose sobre mí, sílabas rituales que habían sido pronunciadas durante miles de años por dragones demasiado cobardes para enfrentar su destino.

El vínculo de compañeros... aquello por lo que las manadas iban a la guerra, por lo que los reinos habían surgido y caído, lo que se suponía sagrado e inquebrantable, se agrietó por la mitad.

—Que encuentres paz en el olvido —termina Caspian, y su voz se quiebra en la última palabra.

Luego solo hay silencio total, y lo único que oigo es el martilleo en mi cabeza.

Estoy de rodillas en el suelo de piedra fría, con una mano presionada contra el pecho. Siento tanto dolor que quiero gritar, quiero llorar, pero no sale nada. Solo respiraciones entrecortadas.

Cuando levanto la vista, Caspian está de pie junto a la escalera.

Su mano aferra el marco de la puerta; la madera se astilla bajo sus dedos. Ni una sola emoción asoma en su rostro, ni siquiera en sus ojos, que se han oscurecido hasta un gris apagado. La máscara que se ha puesto lo convierte en todo un Príncipe Heredero.

—Olvídate de mí —dice en voz baja—. Será más fácil así.

Mi loba rechaza sus palabras. Intenta abrirse paso bajo mi piel, deshacer lo que fue cercenado. Incluso desgarrada, incluso sangrando, planta las patas sobre el extremo roto del vínculo e intenta salvar lo que queda.

Nunca aprendió a soltar algo que ha decidido que es suyo.

—¿Más fácil para quién? —me sale la voz ronca, desgarrada por lo que acaba de pasarme.

Su nuez sube y baja al tragar. Luego se da la vuelta y baja las escaleras sin volver a mirarme, y lo único que me queda es el eco de sus pasos en el descenso en espiral.

No sé cuánto tiempo me quedo allí, pero cuando vuelvo en mí, el sol ya ha salido del todo y baña el observatorio en tonos dorados.

Cierro los ojos con fuerza, intentando bloquear la luz.

Un vínculo de destino.

Lo más raro, lo más sagrado de nuestro mundo: un alma llamando a otra a través del ruido de mil conexiones menores. Las viejas historias dicen que un verdadero vínculo entre almas gemelas puede sobrevivir a la muerte misma.

Y sin embargo, él lo desechó.

Me miró y pronunció las palabras del rechazo.

Presiono la mano con más fuerza contra la marca desvanecida y solo siento un dolor sordo donde antes estaba esa conexión cósmica.

Algo por lo que lobos y dragones rezan toda su vida, y él lo descartó como si fuera una maldición.

Pero le temblaron las manos todo el tiempo.

Se le quebró la voz en la última palabra. Nada de esto tiene sentido.

Pero ahora mismo, el dolor en mi cuerpo es demasiado intenso para poder razonar, y mi loba aúlla tan fuerte que apenas puedo pensar.

Necesito ir a casa.

El aullido cesa en cuanto lo decido. «Casa», asiente ella, empujando bajo mi piel, extendiéndose ya hacia las piernas, los pulmones, mi forma. Por una vez en nuestras vidas, queremos lo mismo. Al fin y al cabo, somos la misma chica rota.

Me pongo de pie con las piernas temblorosas y me tambaleo hacia las escaleras. Solo necesito salir de aquí antes de que alguien me vea, antes de tener que enfrentarme a los invitados que presenciaron mi humillación, antes de...

Rhys.

Solo pensar en él hace que me suba la bilis a la garganta. Está aquí en algún lugar, probablemente todavía enredado con esa dragona rubia, probablemente riéndose de la vagabunda que lo abofeteó. Y ahora me he acostado con su hermano.

Bajo las escaleras de dos en dos; mi loba me presta velocidad incluso mientras el vínculo rechazado me desgarra el pecho. La torre del observatorio está vacía salvo por el personal de limpieza, que ni me mira. Para ellos, solo soy otra fiestera que vuelve a casa tambaleándose al amanecer.

En cuanto llego a la planta baja, me transformo.

El vestido viene conmigo; el algodón y el hilo se pliegan en la loba como todo lo demás.

El cambio en sí es pura agonía. Normalmente es un alivio, como estirarse después de estar atrapada en una piel demasiado pequeña.

Ahora mismo me desgarra como si me rompiera los huesos.

Cuando por fin aterrizo sobre cuatro patas, mi loba ya gime de pena.

«Corre», dice. «Solo corre».

Y eso hago.

Corro montaña abajo; las patas golpean contra piedra, tierra y finalmente hierba.

El palacio se encoge a mi espalda, luego la torre de la fiesta, luego las terrazas superiores donde los dragones viven en sus mansiones relucientes.

Corro más allá del distrito del mercado, más allá de los mojones que separan el territorio de los dragones del de los lobos.

Cuando llego a las laderas inferiores, las patas me sangran. Siento las piedras cortándome las almohadillas, pero no puedo parar. El vínculo rechazado es algo vivo en el pecho, que araña y se debate, y cada vez que aflojo el paso, amenaza con tragarme entera.

El sol ya ha salido del todo cuando por fin llego al borde del pueblo.

Silver Creek se extiende ante mí: casas de madera, calles embarradas y el olor familiar de los lobos. Mi casa está a solo unas manzanas. Una ducha caliente. Ropa limpia. Quizá si me froto con suficiente fuerza, pueda borrar todo lo que pasó esta noche.

O quizá, si tengo suerte, me despertaré y todo habrá sido un sueño.

Estoy a punto de volver a mi forma humana cuando un olor me golpea y me pongo en guardia instintivamente.

El Alfa Deacon está justo delante de su casa, vestido con ropa de correr para su carrera matutina por el sendero. Lleva el pelo gris recogido en una coleta, lo que deja a la vista la cicatriz irregular que le recorre la frente hasta el cuello.

Olfatea el aire y su sonrisa se ensancha.

—Estás fuera temprano —dice con voz suave—. Nuestra dulce Rory. ¿Has salido a correr esta mañana?

Vuelvo a mi forma humana; el vestido se asienta sobre la piel, arrugado y húmedo por la carrera. Bajo la mirada para no cruzarla con la suya.

—La fiesta se alargó —digo, esforzándome por mantener la voz firme—. Ya sabes cómo es.

Se le dilatan las fosas nasales y una sombra cruza su mirada.

—¿Ah, sí?

Da un paso hacia mí y tengo que contenerme para no retroceder. Su mirada me recorre: el vestido arrugado, el pelo despeinado, cómo evito apoyar los pies ensangrentados.

—Apestas a dragón —dice lentamente—. Y a algo... —inhala profundamente y su sonrisa se afila—. Vaya, vaya. Eso no es solo olor a fiesta, ¿verdad? Es olor a apareamiento.

Un escalofrío me recorre.

—No sé de qué hablas —aparto la mirada—. Había mucha gente. El olor de alguien se me habrá pegado.

Deacon entrecierra los ojos. Durante un largo momento, se limita a mirarme con una ceja enarcada.

Luego, lentamente, se aparta.

—Por supuesto —dice con suavidad—. Nada de qué preocuparse, pequeña. Nos vemos.

Bebe en la taberna donde trabajo casi todos los días. Dioses, espero que no insista cuando vuelva a verme, como si no tuviera ya bastante con el rechazo.

Me obligo a pasar junto a él con paso normal, aunque las piernas me gritan que corra. Siento sus ojos clavados en mí mientras bajo por la calle, quemándome la espalda como un hierro candente.

Sabe que algo va mal.

No sabe qué, pero tengo la sensación de que lo averiguará. Deacon siempre lo descubre. Eso es lo que lo hace peligroso. Por eso todos en Silver Creek le temen, incluso los lobos que fingen lo contrario.

Llego a casa con unas piernas que no parecen mías.

Nadie te cuenta lo que un vínculo roto le hace al cuerpo.

Las viejas lobas susurran sobre ello, compañeras de los caídos que dejaron de comer, dejaron de transformarse, dejaron de...

vivir. Pero nadie dice la verdad: que el vínculo no desaparece.

Solo se quiebra y permanece, como un hueso fracturado bajo la piel.

Mi loba aúlla sin cesar en torno a él, y siento un frío que no tiene nada que ver con la brisa.

Una loba rechazada es una loba herida.

Y las lobas heridas no duran mucho en el territorio de Deacon.

—Levántate, Rory. Nadie va a venir —me digo a mí misma.