Capítulo Veinticuatro #3
Ella gime en respuesta, un sonido ahogado y necesitado que me envía una descarga de pura electricidad directa a la entrepierna.
El deseo me golpea con la fuerza de un huracán.
Todo el arrepentimiento, toda la culpa, todo queda eclipsado por este momento de piel contra piel, de respiración compartida.
Me desea. Todavía me desea. Podemos arreglar esto.
Mis manos suben para sujetarle la cara, inclinando su cabeza para profundizar el beso, queriendo devorarla, queriendo borrar California de la existencia.
Pero entonces, la niebla del sueño y la adrenalina se disipa.
Siento el momento exacto en que la realidad la golpea con la fuerza de un puñetazo. Su cuerpo se pone rígido contra el mío. Las manos, que antes me jalaban con hambre, ahora se aplanan contra mi pecho, empujándome.
Sus ojos se abren de par en par, completamente despierta, desorbitados y llenos de una confusión aterrorizada.
Se aparta de mí de un tirón, rompiendo el beso de manera abrupta. El aire frío inunda el espacio entre nosotros. Retrocede, arrastrándose por la alfombra hasta apoyar la espalda contra el borde de la cama.
Se abraza las propias piernas, jalando las rodillas contra el pecho, formando una barrera física y emocional impenetrable. Sus labios, rojos e hinchados por los míos, tiemblan. El arrepentimiento que brilla en sus pupilas húmedas es un cuchillo girando entre mis costillas.
—Yo… lo siento —le falla la voz, aguda y llena de vergüenza. Niega con la cabeza repetidamente, incapaz de mirarme directamente. La mano le sube a cubrirse la boca—. Dios mío… lo siento, Grant. No sé qué me pasó. La pesadilla, el agotamiento… no debí hacer esto.
Cada palabra de disculpa es un puñetazo doble en el estómago. Quiero gritar que nunca debe disculparse por besarme. Que daría mi propia vida porque lo volviera a hacer.
Pero me trago el ego. Asfixio mi dolor. Está frágil y me niego a ser el hombre que se aprovecha de eso otra vez.
—Está bien, Liz —la interrumpo, la voz saliéndome ronca, pero increíblemente firme. Levanto las manos en un gesto pacificador, retrocediendo unos centímetros para no amenazar su espacio—. Está bien. Fue el susto. No te preocupes por eso, no te disculpes.
Me levanto despacio, usando toda la fuerza de voluntad que me queda en el universo para no desplomarme en el suelo y suplicarle que vuelva hacia mí otra vez. Le extiendo la mano, ofreciéndole ayuda para que se levante o al menos se recomponga.
Mira mi mano, vacila durante un segundo largo y torturador, y luego la acepta, dejando que la jale de vuelta hasta el borde de la cama. El contacto dura solo un instante antes de que retire los dedos rápidamente, como si mi piel estuviera hecha de brasa.
Me aclaro la garganta, arreglándome la camisa arrugada y metiéndome las manos en los bolsillos, encerrando mi deseo visceral de volver a tomarla en brazos.
—Acabo de pasar por la UCI para revisar a Chloe otra vez —cambio de tema deliberadamente, trayendo nuestra realidad de vuelta al único terreno seguro que nos queda ahora—.
Su frecuencia cardíaca está completamente estable.
Está yendo increíblemente bien, Liz. Los análisis de sangre de la madrugada están perfectos.
El cuerpo de Liz se relaja visiblemente. Los hombros le caen, la tensión extrema escurriéndose hacia el suelo. Cierra los ojos y suelta un suspiro tembloroso.
—Gracias a Dios —susurra.
—Me voy a casa ahora. Necesito ducharme y cambiarme de ropa. —Doy un paso hacia atrás, hacia la puerta—. Pero estaré de vuelta a primera hora de la mañana. Cualquier cambio, cualquier cosa que necesites, Claire sabe cómo encontrarme en un instante.
Liz levanta la mirada. Sus ojos oscuros e insondables evalúan mi postura cansada.
—Gracias, Grant —dice, la voz más controlada, pero todavía impregnada con la sombra pesada de lo que acaba de pasar en el suelo de esa habitación—. Buenas noches.
—Buenas noches, Liz.
Le doy la espalda y salgo de la suite, cerrando la puerta con un clic apagado.
No miro atrás, pero lo siento. Su mirada clavada en mi espalda mientras cruzaba la habitación es un peso físico. Y sé perfectamente todo lo que esa mirada contenía. Una mezcla volcánica de deseo reprimido, una confusión abrumadora por la atracción mutua, y una culpa pesada, espesa como brea.
Quiere odiarme por todo lo que le hice hace cuatro años, pero su cuerpo recuerda lo que fuimos. Su alma sabe, igual que la mía, que estábamos hechos el uno para el otro.
Camino por el pasillo vacío del hospital, el corazón martilleándome contra las costillas en el mismo ritmo cadencioso del de mi hija recién arreglada.
Me paso las manos por el cabello y me roza el pulgar sobre los propios labios.
Su sabor todavía está grabado en mi piel.
El fuego que encendió en mis venas no se va a apagar esta noche. Ni la próxima. Ni nunca.
Todavía me desea. El beso la delató.
La culpa y el dolor pueden dictar sus palabras y sus retiradas, pero la pasión y la necesidad son instintos que el cerebro no consigue censurar a tiempo para esconder la verdad.
Llego a los ascensores y aprieto el botón de bajada con una fuerza renovada.
Empezamos completamente mal. Quemamos todo alrededor. La destruí. Pero el destino, con su sentido del humor distorsionado y cruel, ha vuelto a poner a estas tres mujeres en mi camino, en mi hospital, en mis manos.
Esa mirada suya me va a perseguir el resto de esta larga madrugada. Va a asediar mi cama fría. Me va a dejar en llamas.
Y, mientras las puertas del ascensor se cierran separándome de mi familia, me hago un juramento silencioso a mí mismo y al universo.
Voy a usar cada segundo que me queda de vida. Voy a tragarme cada resto de mi ego y aceptar toda la rabia y todo el castigo que ella quiera lanzarme. Voy a curar el corazón de nuestra hija y, después, voy a hacer lo imposible para curar el de su madre.
Voy a hacer todo lo que haga falta. Todo. Hasta que esa mirada confundida se transforme, única y exclusivamente, en deseo.
Han vuelto a mí. Y prefiero detener mi propio corazón antes que dejarlas huir a California otra vez.