Capítulo Catorce
LIZ
El teléfono suena a las nueve de la mañana de un martes.
Estoy en medio de un arreglo de rosas blancas para una boda cuando veo el nombre en la pantalla: Mamá.
El estómago se me encoge. Ella nunca llama. Nunca.
En los últimos ocho meses desde que murió la abuela, habremos hablado tal vez tres veces. Siempre breve. Siempre superficial. Como desconocidas educadas que comparten ADN y nada más.
Descuelgo con las manos temblorosas.
—¿Sí?
—Así que es verdad. —Su voz corta como un cristal. Sin saludo. Sin preámbulo. Solo acusación pura—. Estás con él.
Me paralizo. Las tijeras suspendidas en el aire, los pétalos de rosa cayendo olvidados sobre el mostrador.
—Mamá, ¿de qué estás…?
—¡No me tomes por idiota, Elizabeth! —Grita. De verdad grita. La voz resonando a través del teléfono tan alto que lo aparto de la oreja—. ¡Vi las fotos! ¡Tú y ese… ese viejo saliendo de un restaurante caro!
Viejo.
La palabra se clava hondo. Exactamente donde duele.
Porque no es la primera vez que la oigo. Rebecca y Amanda lo dijeron con las miradas. Mi propia inseguridad me lo susurra cada noche cuando veo a la perfecta Giuliana en Instagram.
Pero viniendo de mi madre, duele diferente. Duele más.
—No es viejo. —Mantengo la voz firme aunque el corazón me late desbocado, golpeando irregular contra las costillas—. Y sí, estamos juntos. Desde hace unas semanas.
—Unas semanas. —Ríe. Sin humor. Solo amargura destilada en sonido—. ¿Y no creíste importante contármelo? ¿A tu propia madre?
Porque nunca te importó. Porque nunca preguntas por mi vida. Porque la última vez que intenté hablar contigo de algo importante, sobre cómo Ralph me hace sentir incómoda, me llamaste dramática y te pusiste de su lado.
Pero no digo eso. Porque discutir con Glenda Ellis es como gritar contra el viento. Inútil y agotador.
En cambio, respiro hondo y digo:
—No pensé que te importara.
—¡Claro que me importa! —Pausa. Oigo respiración agitada al otro lado. Un esfuerzo por controlarse. No funciona—. ¿Qué edad tiene, Elizabeth?
Me planteo mentir. Quitarle unos años. Hacer que parezca menos escandaloso.
Pero no voy a sentirme avergonzada de algo que me hace feliz.
—Cuarenta y dos.
Silencio.
Largo. Pesado. Tan denso que casi lo noto a través del teléfono.
Luego, cuando por fin habla, la voz es peligrosamente baja:
—Me estás tomando el pelo.
—No.
—Elizabeth Grace Ellis. —El nombre completo. Nunca es buena señal—. ¡Tiene casi veinte años más que tú! ¡Veinte! ¡Podría ser tu padre!
—Pero no lo es. —Aprieto el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos—. Es mi novio. Y le quiero.
La última parte sale sin planearla. Pero es verdad. Y de pronto necesito que lo sepa.
Necesito que alguien lo sepa.
—Amor. —Escupe la palabra como si fuera veneno—. ¿Conoces a ese hombre desde hace qué? ¿Unas semanas? ¿Y ya estás hablando de amor?
—Sí.
—Dios mío. —Oigo movimiento. Ella caminando. Probablemente ese andar nervioso que hace cuando está alterada—. ¿No ves lo que está pasando? ¿No ves cómo queda esto?
—¿Cómo queda? —Mi tono se vuelve peligroso. Porque sé lo que viene. Ya lo oí entre líneas en la cena con Rebecca y Amanda.
—¿Ese hombre rico, médico famoso, cirujano de éxito saliendo con una florista en quiebra de veintiséis años? —Pausa dramática—. ¿Y tú te crees que es amor de verdad?
La acusación me golpea como una bofetada.
—¿Qué estás insinuando?
—¡Estoy diciéndote que te está usando! —La voz sube de nuevo.
Perdiendo el control—. ¡Para tener a una chica joven, para inflar su ego, para lo que sea que quieren los hombres de esa edad cuando tienen una crisis de mediana edad!
¡Y cuando se canse de ti, cuando aparezca otra más joven y más guapa, te va a tirar como basura!
—No le conoces… —Intento defenderle, pero ella no para.
—¿Y tú sí? —Me interrumpe, implacable—. ¡Unas semanas, Liz! ¡Conoces a ese hombre desde hace unas malditas semanas y ya te estás haciendo ilusiones como una adolescente!
—¡No me estoy haciendo ilusiones!
—¡Que sí! —Continúa—. ¡Y encima te estás humillando! ¡Todo el que os ve juntos está pensando lo mismo!
—¿Y qué están pensando? —Pregunto, aunque sé la respuesta. Aunque no quiero oírla.
—Que estás con él por el dinero. Que eres una interesada. Que te estás aprovechando de un hombre mayor y rico. —Pausa. Respira—. Y yo no me voy a quedar aquí mirando cómo mi hija se convierte en… en eso.
Las lágrimas escuecen. De rabia. De dolor. De agotamiento.
—¿En qué, mamá? —Mi voz sale baja. Demasiado controlada—. Dilo. ¿Qué palabra estás evitando? ¿Interesada? ¿Prostituta?
—Elizabeth…
—No. —La corto—. Tú empezaste. Termina. Dime exactamente lo que crees que soy.
Silencio.
No lo dice. Pero las dos lo sabemos. Las palabras flotan entre nosotras, sin pronunciar pero devastadoras de todas formas.
Me seco la cara con violencia, limpiando las lágrimas que caen sin permiso.
—Te crié mejor que esto. —Dice por fin, con la voz quebrándose ligeramente. Pero no de arrepentimiento. De decepción—. Esperaba más de ti. Esperaba que te quisieras lo suficiente como para no tirarte en brazos del primer hombre rico que te prestara atención.
—No es el primero. —Digo, firme—. Es el único. El único que me ve de verdad. El único al que le importa lo que siento, lo que quiero. El único que no me rebaja ni me trata como…
—¿Como qué?
—¡Como tú me tratas! —Estallo—. ¡Como si fuera un fracaso! ¡Como si la floristería fuera un chiste! ¡Como si cada decisión que tomo fuera una decepción para ti!
—Eso no es…
—¡Que sí! —No la dejo terminar—. ¡Nunca has apoyado mis sueños! ¡Nunca! Cuando murió la abuela y me dejó la tienda, ¡te reíste! ¡Me dijiste que lo vendiera todo y buscara un trabajo de verdad! ¡Como si lo que hago no importara!
—Liz…
—¡Y ahora aparece alguien que valora lo que hago. Que me trata de igual a igual. Que me hace feliz. ¿Y tú no puedes simplemente… simplemente alegrarte por mí?
La voz se me quiebra en la última palabra. La vulnerabilidad expuesta. En carne viva.
Porque en el fondo… muy en el fondo… todavía tengo cinco años y solo quiero que mi madre me abrace y me diga que está orgullosa.
Pero Glenda Ellis no es ese tipo de madre.
Nunca lo fue.
—¿Alegrarme? —La voz, fría ahora. Distante—. ¿Cómo me voy a alegrar viendo a mi hija humillarse en público? Siendo la chica joven y guapita del brazo de un hombre mayor y rico. ¡Todo el mundo va a hablar! ¡Se van a reír de ti! ¡Y cuando te deje, te darás cuenta de que yo tenía razón!
—No me va a dejar.
—No lo sabes.
—¡Sí lo sé! ¡Porque me quiere!
—¿Eso dijo? —Tono escéptico—. ¿Realmente te dijo «te quiero»?
Vacilo. Solo un segundo. Pero es suficiente.
—Nos lo dijimos el uno al otro. —Me defiendo—. Y fue real.
—Claro que sí. —El sarcasmo goteando—. Apuesto a que fue justo después de algún regalo caro. O de llevarte a un restaurante que tú nunca podrías pagarte sola.
—No fue así. —Mi voz sale pequeña ahora. Vencida—. Por favor, solo… para.
—Solo intento protegerte…
—Mentira. —Miro al techo, intentando contener las nuevas lágrimas—. Intentas controlarme. Como siempre. No quieres que sea feliz. Quieres que sea desgraciada como tú.
Silencio mortal.
Luego:
—¿Cómo te atreves…?
—Te casaste con Ralph. —Continúo, porque ya he empezado y no puedo parar—.
Un hombre con el que te acostabas cuando todavía estaba casado.
Que te tuvo de amante durante años. Y ahora vives en ese apartamento frío que él paga, sin trabajar, sin vida propia, completamente dependiente. ¿Y tienes el descaro de juzgarme a mí?
—¡Tú no entiendes nada de mi matrimonio!
—Entiendo que elegiste a un hombre que te rebaja. Que te controla. Que flirtea con tu propia hija y tú finges que no lo ves.
La última parte se escapa antes de que pueda detenerla.
Silencio absoluto al otro lado.
Luego, una voz helada:
—Estás delirando.
—No. Y tú lo sabes. Siempre lo has sabido. —Las lágrimas cayendo libremente ahora—. Pero es más fácil fingir que me lo estoy inventando que admitir que elegiste a un hombre horrible.
—Esta conversación se ha terminado.
—Estoy de acuerdo. —Me seco la cara con el dorso de la mano—. Y no hace falta que vuelvas a llamar. No hasta que estés lista para pedirme disculpas.
—¿Disculpas? ¿Por intentar salvarte de un error enorme?
—Por no haber estado nunca, nunca de mi lado. —La voz quebrada, pero firme—. Adiós, Glenda.
No pude llamarla mamá al final. Porque quizás nunca lo fue para mí. Nunca conocí a mi padre. Si no hubiera sido por mi abuela, puede que nunca hubiera sabido lo que era el amor maternal.
Cuelgo.
Antes que ella. Por primera vez en mi vida.
Me quedo parada. El teléfono en la mano. El cuerpo temblando entero.
Las palabras resuenan. Penetrando. Hiriendo.
Interesada. Humillación. Todo el mundo va a hablar. Te va a dejar.
Porque una parte de mí —la parte insegura que buscó a Giuliana en Instagram, que se siente fuera de lugar en las cenas caras, que ve casi veinte años de diferencia como un abismo insalvable— está de acuerdo.
¿Y si tiene razón?
¿Y si Grant se cansa de mí?
¿Y si todo el mundo se ríe a mis espaldas?
El timbre de la puerta suena, arrancándome de mis pensamientos.
Me seco la cara rápidamente. Respiro hondo. Intento componer una expresión neutra.
Me giro para saludar al cliente.
Y me paralizo.
Porque no es ningún cliente.
Es Ralph.
Está parado en la entrada de la floristería. Un traje gris caro que probablemente cuesta más que tres meses de mi alquiler. El cabello canoso perfectamente peinado con ese gel que hace que parezca recién salido de un anuncio. La sonrisa que nunca, nunca, le llega a los ojos.
Los mismos ojos que me recorren ahora. De arriba abajo. Deteniéndose. Evaluando. Poseyendo con la mirada de una manera que me dan ganas de darme una ducha con agua hirviendo.
—Liz. —Mi nombre en su boca suena sucio. Untuoso. Como si saboreara cada sílaba—. Qué grata sorpresa encontrarte aquí.
Aquí. En mi propia tienda. Como si fuera una coincidencia.
Todo mi cuerpo se tensa. Los músculos bloqueándose. El instinto gritando: peligro.
—¿Qué haces aquí, Ralph?