Rechazada por el Doctor Capítulo Once
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Capítulo Once

GRANT

Me despierto con el sol entrando por los ventanales panorámicos y el peso delicioso de Liz enroscada en mí.

Su brazo cruzado sobre mi pecho. Su pierna entrelazada con la mía. La cara enterrada en la curva de mi cuello, la respiración cálida y suave contra mi piel.

Me quedo completamente inmóvil. Solo sintiendo.

Esto. Exactamente esto. Todas las mañanas durante los últimos quince días.

Quince días desde el cumpleaños de mamá. Desde que la traje a casa y juré, en silencio pero con cada fibra de mi ser, que no iba a dejarla irse otra vez.

Y se quedó.

No de manera oficial. No del todo. Sigue teniendo el apartamento encima de la floristería. Sigue pasando días enteros allí, trabajando, creando belleza con esas manos mágicas.

¿Pero las noches? Las noches son mías.

Nuestras.

Trae bolsas con ropa para la semana. Deja el cepillo de dientes en el baño. Productos para el cabello que ahora comparten espacio con los míos en el estante. Un albornoz rosa colgado junto al mío gris.

Pequeñas invasiones que transforman mi apartamento estéril en algo que parece… un hogar.

La observo dormir. El cabello rubio extendido en la almohada —mi almohada.

Las pestañas largas descansando sobre las mejillas, todavía levemente sonrojadas del sexo de anoche.

Los labios entreabiertos, haciendo ese sonido suave que no es exactamente un ronquido, pero que resulta adorable de todas formas.

Mi mano se mueve sola, apartando un mechón de su cara. Con delicadeza. Con una reverencia que todavía me sorprende.

Ella se mueve. Se acurruca más cerca. Murmura algo ininteligible.

Sonrío.

Esto. Esto es lo que hace completamente soportable despertarse a las seis de la mañana después de una guardia de doce horas.

Ella.

Elizabeth Ellis. Veintiséis años. Florista. Soñadora. Obstinada. Preciosa de maneras que van mucho más allá de lo físico.

Y mía. De alguna manera inexplicable, mía.

Aunque todavía me aterrorice la palabra «novia». Aunque algo dentro de mí se contraiga cuando pienso en hacer esto… oficial. Etiquetado. Real de una manera que invita a expectativas y posibles decepciones.

Pero ella no presiona. No exige definiciones. Simplemente… está aquí. Todas las noches. Sonriéndome cuando llego del hospital. Esperándome.

Como si eso fuera suficiente.

Como si yo fuera suficiente.

La alarma del móvil vibra suavemente en la mesita de noche. Las seis y cuarto. Hora de levantarse.

La apago antes de que la despierte. Le beso la frente —no puedo evitarlo— y me desenrosco con cuidado.

Ella gruñe, alcanza la almohada que dejo vacía, la abraza. Vuelve a dormirse.

Me voy al baño. Ducha rápida. Afeitado. Me pongo el traje —gris oscuro, camisa blanca, corbata azul marino.

Cuando vuelvo al dormitorio, está despierta. Sentada en la cama, el edredón hasta la cintura, sin camiseta, el cabello revuelto, los ojos todavía soñolientos.

Y sonriéndome.

El pecho se me aprieta de una manera que debería asustarme. Pero no me asusta. Simplemente… es.

—Buenos días. —Voz ronca de sueño.

—Buenos días. —Me acerco, inclinándome para besarla—. Perdona. Intenté no despertarte.

—No pasa nada. —Ella jala mi corbata, acercándome para otro beso. Más largo—. ¿A qué hora vuelves?

—A las siete, quizás las ocho. Tengo dos cirugías hoy. —Mi mano encuentra su cara, el pulgar trazando la línea de su mandíbula—. ¿Estarás aquí?

—Tengo que abrir la tienda a las nueve. —Se inclina hacia mi toque—. Pero puedo volver por la noche. Si quieres.

Si quieres.

Como si hubiera alguna duda.

—Siempre quiero. —Le beso la punta de la nariz—. Dejo la llave en la mesa. Trátalo como si fuera tu casa.

Veo algo cruzar su cara. Rápido. Incertidumbre, quizás. O miedo a asumir demasiado.

Pero pasa antes de que pueda comentarlo.

—De acuerdo. Hasta luego, entonces.

Un beso más. Lo bastante largo como para casi hacerme llegar tarde.

Cuando salgo, ella sigue en la cama. Desnuda. Preciosa. Mía.

Y por primera vez en catorce años, salgo a trabajar sonriendo.

El día es largo. Triple bypass a las nueve. Angioplastia de urgencia al mediodía. Consultas interminables. Papeleo que nunca acaba.

Pero en medio del caos, entre una cirugía y otra, hago una parada.

La cafetería del hospital hace un café terrible. Todo el mundo lo sabe. Pero hay una cafetería artesanal a tres manzanas que hace el mejor cappuccino de la ciudad.

Pido dos. Uno para mí. Uno para Liz, con canela extra, como a ella le gusta.

Y conduzco las tres manzanas hasta Pétalos & Poesía.

Aparco delante. La tienda está abierta, con luz suave entrando por las ventanas. Flores por todas partes, una explosión de colores que contrasta con el gris de la ciudad.

Entro. El timbre sobre la puerta suena.

Y Liz aparece desde el fondo, con una sonrisa iluminándole la cara al verme.

—¡Grant! —Se limpia las manos en el delantal cubierto de tierra—. ¿Qué haces aquí?

Levanto los vasos de café.

—Pausa entre cirugías. Pensé que necesitabas cafeína.

Prácticamente corre hacia mí. Coge el vaso, lo inhala profundamente.

—Eres un santo. En serio. —Bebe, cierra los ojos de placer—. Perfecto.

La observo saborear el café. Un pequeño placer. Un pequeño gesto.

Pero la manera en que me mira —como si le hubiera traído diamantes en vez de un cappuccino— hace que algo extraño y cálido se extienda por mi pecho.

—¿Cómo va el día? —Pregunto, mirando alrededor. La tienda está ordenada, limpia, pero… vacía. Sin clientes.

—Tranquilo. —Se encoge de hombros, pero noto tensión ahí—. Los martes suelen ser lentos.

—¿Has comido?

—Sí. —Mentira. Lo veo en sus ojos—. Comeré después.

Suspiro, sacando la cartera.

—Liz…

—No. —Ella pone la mano sobre la mía, deteniéndome—. No empieces con eso otra vez.

—Tienes que comer.

—Y voy a comer. Cuando tenga tiempo. —Sonrisa obstinada—. Para de tratarme como si fuera a romperme, doctor Hamilton.

Doctor Hamilton. Solo me llama así cuando está siendo deliberadamente provocadora. O cuando está evitando algo.

—Está bien. —Levanto las manos en señal de rendición—. Pero hay un táper en la nevera del hospital si cambias de idea.

—Eres imposible. —Pero está sonriendo.

—Y tú eres testaruda. —La jalo hacia mí, besándole la frente—. Combinación perfecta.

Ella ríe, acurrucándose contra mi pecho un momento. Breve. Pero suficiente para que yo sienta su agotamiento.

Está trabajando demasiado. Sola. Sin ayuda. Solo ella contra el mundo.

Y no me deja ayudar.

No de la manera que yo quiero.

Vuelvo al hospital con un sabor a frustración en la boca.

La cirugía de la tarde es complicada. Paciente mayor, múltiples comorbilidades, un corazón frágil.

Pero funciona. Tres horas después, está estable. Vivo. Unos años más con su familia.

Una victoria. Debería sentirme bien.

Pero lo único en lo que puedo pensar es en Liz. En la tienda vacía. En los hombros tensos. En cómo desvía la mirada cuando le pregunto por el dinero.

Está luchando. Y no me deja luchar a su lado.

A las siete, por fin termino. Me cambio de ropa. Conduzco hacia casa.

Pero paso antes por Pétalos & Poesía.

Las luces todavía están encendidas.

Aparco. Entro.

Liz está sentada detrás del mostrador, rodeada de papeles. La calculadora en la mano. El ceño fruncido. Mordiéndose el labio inferior de la manera en que lo hace cuando está concentrada o preocupada.

Probablemente las dos cosas.

—¿Liz?

Levanta la cabeza, sobresaltada. Por un segundo, solo un segundo, veo pánico puro en sus ojos.

Luego se recompone. Sonríe. Pero la sonrisa no le llega a los ojos.

—Hola. Has terminado pronto.

—Las siete no es pronto. —Me acerco, mirando los papeles esparcidos. Facturas. Recibos. Números en rojo—. ¿Qué es esto?

—Nada. Solo… cuentas de la tienda. —Empieza a recogerlo todo a toda prisa.

Cojo una hoja antes de que la esconda. Una factura de la luz. Tres meses de retraso. El importe en rojo gritando.

—Liz…

—No. —Ella me arranca el papel de la mano—. No es asunto tuyo.

—¿Cómo que no? —La frustración sube—. ¡Estás hundiéndote y no me dejas ayudarte!

—¡Porque no necesito ayuda! —Se levanta, los ojos brillando. ¿Rabia o lágrimas? No sabría decirlo—. ¡Puedo sola!

—¡No puedes! —Señalo los papeles—. ¡Tres meses de retraso, Liz! Si no lo pagas pronto…

—¡Lo sé! —Grita. De verdad grita—. ¿Crees que no lo sé? ¿Que no pierdo el sueño con esto? ¿Que no me quedo despierta todas las noches intentando descubrir cómo pagar todo?

Silencio. Pesado. Tenso.

Está temblando. Las manos cerradas en puños. Intentando no llorar.

Y yo me siento un completo idiota.

—Perdona. —Mi voz sale más suave—. No quería… es que estoy preocupado.

—Lo sé. —Suspira, volviendo a sentarse. Pareciendo agotada—. Pero no puedes arreglarlo todo, Grant. Algunos problemas son míos para resolver.

—Déjame ayudarte. —Me arrodillo frente a ella, tomando sus manos entre las mías—. Por favor. ¿Cuánto necesitas?

—No.

—Liz…

—¡No! —Retira las manos—. No voy a aceptar tu dinero.

—¿Por qué no? Yo lo tengo. De sobra. Y tú…

—¿Y yo qué? ¿Soy pobre? ¿Necesito que me salven? —Amargura en la voz.

—No. Necesitas ayuda. Hay diferencia.

—Para mí no. —Se levanta, alejándose. Los brazos cruzados. A la defensiva—. Si acepto tu dinero, eso lo cambia todo.

—¿Cómo?

—Cambia la dinámica. Tú te conviertes en el hombre rico ayudando a la chica pobre. Yo me convierto en… no sé. En la amante mantenida. En…

—Para. —Cruzo el espacio entre nosotros en dos zancadas. La giro hacia mí—. Nunca serías eso. Nunca.

—No sabes cómo piensa la gente.

—Me importa una mierda lo que piense la gente. —Le sujeto la cara, obligándola a mirarme—. Solo me importas tú. Nosotros.

—No hay un nosotros, Grant. —Voz pequeña. Vulnerable—. Ni siquiera… ni siquiera puedes llamarme tu novia.

La acusación me golpea de lleno.

Porque es verdad. Evito la palabra. Evito las etiquetas. Evito el compromiso incluso estando completamente comprometido con ella.

—Liz…

—No. Está bien. —Se aparta—. Dejaste claro desde el principio. Sin expectativas. Sin…

—Eres demasiado importante para mí.

Las palabras salen. Urgentes. En carne viva.

Liz se congela. Los ojos abiertos de par en par.

—¿Qué?

—Tú. —Doy un paso hacia ella—. Eres demasiado importante. Importante de una manera que me asusta porque no sé cómo manejarlo. Cómo manejarte a ti.

—Grant…

—No puedo decir la palabra. Todavía no. —Honestidad brutal—. No puedo llamarte novia ni ponerle etiqueta porque la última vez que lo hice, casi me matan. Literalmente. Y cada vez que pienso en hacer esto oficial, mi cabeza entra en pánico.

Lágrimas en sus ojos.

—Pero estás aquí. —Continúo, con la voz quebrándose levemente—. Todas las noches. En mi apartamento. En mi cama. En mi vida. Y cuando no estás, te echo de menos. Físicamente. Como si me faltara el aire. Y eso… eso es más real que cualquier palabra que pudiera usar.

—Grant… —Se seca la cara.

—Así que sí, le tengo miedo a las etiquetas. Le tengo miedo a estropear esto. Pero no te tengo miedo a ti. —Le sujeto la cara entre mis manos—. Solo necesito tiempo para llegar a donde tú ya estás. ¿Puedes darme eso?

Se queda callada durante un momento largo. Estudiando mi cara. Buscando… ¿qué? ¿Sinceridad? ¿Una promesa?

Luego asiente. Pequeño. Pero ahí.

—Puedo. —Voz suave—. Pero no me dejes caer, ¿de acuerdo? Porque yo también me estoy arriesgando aquí.

—No voy a dejarte. —Le beso la frente—. Lo prometo.

—Y yo también voy a confesarte algo. —Levanta la vista, con una sonrisa pequeña, temblorosa—. Tú también eres demasiado importante para mí. Demasiado importante, y eso me asusta.

El pecho se me aprieta de una manera que debería aterrorizarme.

Pero no me aterroriza.

Simplemente… es.

La beso. Largo. Profundo. Volcando todo lo que no sé decir con palabras.

Cuando nos separamos, los dos jadeamos.

—Ven a casa. —Susurro contra sus labios—. Deja esto para mañana.

—Grant, necesito…

—Necesitas descansar. Comer. Dormir. —Le beso la frente—. Lo demás puede esperar.

Vacila. Mira los papeles esparcidos.

—De acuerdo. —Una decisión—. Pero mañana vuelvo a esto.

—Y yo te admiraré desde lejos mientras luchas. —Le tomo la mano—. Porque eres la mujer más testaruda, obstinada e increíble que he conocido en mi vida.

Ríe. Por fin.

—Tienes una manera muy rara de hacer cumplidos.

—Es la única que sé. —Apago las luces. Cierro con llave la puerta—. Ven. Voy a preparar la cena.

—¿Tú? ¿Cocinar?

—Oye, sé hacer pasta. Y pedir a domicilio. —Entrelazamos los dedos—. Tú eliges.

—A domicilio. Sin duda. —Apoya la cabeza en mi hombro mientras caminamos—. No me fío de tus habilidades culinarias.

—Decisión sabia.

Y así, con su mano en la mía, las luces de la ciudad encendiéndose a nuestro alrededor, conduzco hacia casa.

Nuestra casa. Aunque ella no viva ahí de manera oficial. Aunque yo todavía no sea capaz de llamarlo por su nombre.

Porque Elizabeth Ellis me ha desarmado por completo.

Y por primera vez en catorce años, eso no me asusta.

O al menos, no demasiado.