Rechazada por el Doctor Capítulo Diez
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Capítulo Diez

GRANT

Me apoyo en el escritorio, intentando procesar los últimos minutos. El corazón todavía me late desbocado. Las manos me tiemblan ligeramente. Por primera vez en años, no tengo control sobre nada, y la sensación es aterradora y liberadora a partes iguales.

La puerta del baño se abre. Liz emerge, la cara lavada, el vestido ligeramente arreglado. Todavía está sonrojada, todavía parece sacudida. Preciosa.

—Tu turno —dice, con la voz todavía ronca.

—No desaparezcas —le pido, y odio cuánto suena a súplica.

—No voy a hacerlo.

Entro al baño. Agua fría en la cara, respiración profunda. Cuando salgo, está exactamente donde la dejé, esperando.

Cruzo los pocos pasos que nos separan. Mis manos encuentran su cara, grandes cubriéndole las mejillas, los pulgares acariciándole los pómulos. Sus ojos oscuros, todavía brillantes, encuentran los míos.

—Brujita —susurro, con la voz todavía temblorosa—. ¿Qué me has hecho?

—No lo sé —responde, sincera—. ¿Qué me has hecho tú a mí?

—No he dejado de pensar en ti ni un segundo. —La confesión sale más fácil ahora—. Me despertaba pensando en ti. Me dormía pensando en ti. Me masturbaba en la ducha, por la mañana, por la tarde, imaginando que eras tú a mi alrededor.

Se sonroja, pero no aparta la mirada.

—Yo podría preguntarte lo mismo, señor Hamilton. —Su voz es suave, pero hay un toque de humor ahí—. No sabe lo difícil que fue mantenerme alejada.

La jalo hacia mi pecho, envolviéndola en mis brazos. Entierro la cara en su cabello, aspirando su olor. Jazmín. Tierra mojada. Liz.

—¿Todavía tienes miedo? —pregunto contra sus mechones.

La noto vacilar. Luego, su cuerpo se relaja contra el mío.

—Aterrada —admite—. ¿Y tú?

—Yo también.

Silencio. Su corazón late contra el mío.

—Pero ya no quiero huir de esto —termino.

Se aparta lo justo para mirarme. Sus ojos recorren mi cara, buscando dudas, vacilaciones.

—¿Estás seguro?

Me río. Un sonido nervioso, sincero.

—No. —Veo el miedo parpadear en sus ojos y me apresuro a continuar—. Pero estar lejos de ti fue una tortura. Y estar cerca de ti… —Pauso, buscando las palabras—. Estar cerca de ti es lo único que tiene sentido.

Respira hondo. Despacio, una sonrisa nace en sus labios. Pequeña, frágil, pero real.

—De acuerdo.

—¿De acuerdo?

—De acuerdo. —Me aprieta la mano—. Vamos a intentarlo.

La beso de nuevo. Esta vez no hay prisa, no hay desesperación. Es un beso de reconocimiento, de promesa. Sus labios son suaves, pacientes, y me pierdo en ellos durante un largo, largo momento.

Cuando nos separamos, recuerdo de golpe dónde estamos.

—La fiesta. —Suspiro, frotándome la cara—. Mi madre me va a matar.

Liz sonríe, una sonrisa genuina que le ilumina toda la cara.

—Es su cumpleaños, Grant. No puedes simplemente desaparecer.

—Grace estará tan ocupada siendo el centro de atención que ni notará mi ausencia. —Le tomo la mano, entrelazando nuestros dedos—. Ven conmigo.

—¿A dónde?

—A mi apartamento. —Empiezo a caminar hacia la puerta, jalándola suavemente—. Necesito una ducha. Y tú necesitas ropa limpia.

—Grant…

—Después podemos volver. O no. —Me detengo en la puerta, mirándola—. Solo necesito un poco más de ti. Solo eso.

Me mira durante un momento largo. Luego me aprieta la mano de vuelta.

—Solo eso —repite.

Salimos por la puerta trasera, evitando el salón principal, los invitados, el personal. Su furgoneta está aparcada en la entrada de servicio. Ella vacila, mirando el vehículo modesto, luego mi Audi.

—Déjame a mí —digo, tendiendo la mano—. Alguien de mi equipo te trae la furgoneta mañana.

Me entrega las llaves.

El trayecto hasta mi apartamento transcurre en silencio, pero no es un silencio pesado. Su mano está en la mía, sobre la consola, y mis dedos trazan patrones lentos en su piel. La ciudad pasa a nuestro lado, un borrón de luces y sombras.

Cuando la puerta de mi apartamento se cierra tras nosotros, hay un suspiro colectivo. Como si los dos hubiéramos estado aguantando la respiración desde que nos reencontramos en el salón de mi madre.

—La ducha —anuncio, jalándola hacia el dormitorio—. Juntos.

Ella no opone resistencia.

El agua caliente cae sobre nosotros, el vapor empañando el box de cristal.

Le enjabono el cuerpo despacio, con reverencia, como si estuviera realizando un ritual sagrado.

Mis dedos trazan cada curva, cada cicatriz invisible, cada lugar que memoricé aquella primera noche y revisité en sueños todas las demás.

Ella corresponde. Sus manos pequeñas se deslizan sobre mi pecho, bajando por el abdomen, envolviéndome con una familiaridad que me sorprende. Como si siempre hubiera estado aquí. Como si sus manos estuvieran hechas para tocarme.

—No sabes —susurra, la cara levantada hacia el agua— cuánto soñé con esto.

—Cuéntame.

—Soñaba que estabas dentro de mí. —Su mano aprieta suavemente—. Y me despertaba mojada, jadeando, y tú no estabas.

Se me escapa un gemido.

—Mira lo que me haces cuando dices esas cosas… —Bajo la vista, donde mi polla, apoyada en su vientre, apunta hacia su cara.

Liz sigue mi mirada, luego me mira mordiéndose el labio, un aire de desafío formándose en su semblante, y se arrodilla en el mármol del box. El agua cae sobre sus hombros, y me toma en la boca.

La visión es tan erótica que las rodillas me tiemblan. Entierro los dedos en su cabello mojado —no para guiar, solo para sentir— mientras ella me devora con una devoción que me desarma.

El agua cayendo sobre sus hombros, escurriendo por su espalda, formando riachuelos que desaparecen en la curva de su trasero. La visión es tan erótica, tan absurdamente íntima, que las rodillas me tiemblan. Literalmente. Tengo que apoyarme en la pared fría para no desplomarme.

Ella levanta la mirada hacia mí. Sus ojos oscuros, líquidos como el agua que le escurre por la cara, encuentran los míos. Y entonces su boca se abre y me envuelve.

—Liz… —el gemido se me escapa, áspero, casi doloroso.

No tiene prisa. Es lo que más me desarma. No es el hambre desesperada de la primera noche, no es la urgencia de devorarnos. Es devoción. Pura, lenta, deliberada devoción. Como si estuviera realizando un ritual sagrado y yo fuera el altar.

Su lengua traza un camino lento de la base a la punta, contorneando venas, explorando texturas.

Me prueba como quien degusta un vino raro, con los ojos cerrados, saboreando cada matiz.

Cuando me envuelve por completo, el calor húmedo de su boca es tan intenso que veo estrellas explotar detrás de mis párpados.

Entierro los dedos en su cabello mojado. Los mechones resbaladizos se enroscan entre mis dedos como algas. No guío, no controlo. Solo sujeto, como quien se aferra a una tabla en medio de un naufragio voluntario.

Ella establece un ritmo. Lento, profundo, devastador. Su cabeza se mueve en un vaivén hipnótico, y el agua sigue cayendo, escurriendo por su cara, escurriendo por mí. A veces tiene que parar, toser levemente cuando le entra agua, pero sonríe —sonríe conmigo todavía en la boca— y continúa.

—¿Así? —pregunta, la voz amortiguada, vibrando contra mi piel.

—Sí. Dios, sí.

Acelera ligeramente. Su mano libre sube, me encuentra abajo, masajeando con una precisión que me hace arquear la espalda contra el azulejo. El contraste —su boca caliente y húmeda, sus dedos firmes y pacientes, el agua enfriándose de la ducha olvidada— es casi insoportable.

Siento la presión crecer. Esa espiral familiar que empieza en la base de la columna y sube, sube, hasta alojarse detrás de los ojos.

—Liz… voy a…

No se detiene. Al contrario. Redobla el esfuerzo, su boca bajando más, llevándome hasta el fondo de su garganta con una audacia que me arranca su nombre como una plegaria profana. Su mano aprieta, su ritmo se acelera, y sus ojos —Dios, sus ojos— siguen fijos en los míos.

Hay poder ahí. Hay posesión. Hay una pregunta silenciosa: ¿Confías en mí?

Y confío. Por primera vez en años, desde que Giuliana destruyó mi capacidad de confiar en cualquier mujer, me entrego. Totalmente.

—¡Liz! —Rujo su nombre cuando el orgasmo me golpea, violento y catártico.

Mi cuerpo se contrae, una vez, dos veces, la espalda arqueándose, la cabeza golpeando el azulejo. Ella no se aparta. Permanece, recibiendo cada pulsación, cada espasmo, con la misma devoción silenciosa. El agua lava lo que se escapa, pero no borra lo que acabo de entregarle.

Cuando por fin me aparto, tembloroso, sin aliento, ella se incorpora despacio. Sus labios están hinchados, rojos. Su cara está mojada —agua, lágrimas, no sabría decirlo. Sus ojos oscuros encuentran los míos, y hay una sonrisa pequeña y radiante en sus labios.

—Listo —susurra, como quien acaba de completar una tarea importante—. Tenía curiosidad por tu sabor.

Las piernas por fin me ceden. Me deslizo por la pared, sentándome en el mármol frío del box, jalándola hacia mi regazo. Ella viene, con una risa baja, acomodándose contra mí mientras el agua sigue cayendo sobre nosotros.

—Me vas a matar —murmuro contra su hombro—. Y va a ser la muerte más feliz de la historia.

Su risa resuena en el box, mezclándose con el sonido del agua. Y yo también río —un sonido ronco y sorprendido—, porque no recuerdo la última vez que reí después de correrme. No recuerdo la última vez que me sentí tan expuesto y tan seguro al mismo tiempo.

Ella hunde la cara en mi cuello, sus labios encontrando mi piel mojada.

—Entonces no puedo esperar para matarte otra vez —susurra.

Le sujeto el mentón y la obligo a mirarme.

Y la beso, porque estoy sediento de sus besos y creo que nunca me saciaré.

Noto mi sabor en su boca y eso me pone todavía más posesivo.

Sus brazos suben para rodearme el cuello y sus pechos se aprietan contra mi pecho.

Mis manos recorren su espalda mojada, atrayéndola más hacia mí.

Ella gime contra mi boca y eso le hace algo a mi mente, a mi cuerpo.

Noto su sonrisa en medio de nuestro beso cuando mi polla, ya completamente erguida de nuevo, le roza el vientre.

—¿Qué es esto, doctor? ¿Tres seguidas?

Sonrío de lado y le pellizco un pezón.

—Es tu poder sobre mí, Elizabeth Ellis. —Me pongo de pie y le tiendo una mano—. Levanta —pido, con la voz quebrada.

Ella obedece. La giro contra la pared fría, el agua caliente contrastando con el mármol. Entro en ella por detrás, en un movimiento fluido y profundo, y ella grita, las manos apoyándose en la pared.

—Así es como te quiero —murmuro contra su oído, mi ritmo lento, deliberado—. Mojada. Abierta. Mía.

—Tuya —confirma, y la palabra es una rendición.

Hacemos el amor en el agua hasta que se enfría, luego en la cama, luego otra vez en el sofá del salón. Pierdo la cuenta de cuántas veces la hago gemir mi nombre, de cuántas veces me pierdo dentro de ella. No importa. El tiempo ha dejado de existir.

Cuando por fin el agotamiento nos vence, estamos entrelazados en las sábanas arrugadas, la ciudad brillando al otro lado de las ventanas de cristal. Su cuerpo encaja en el mío, su espalda contra mi pecho, mi mano abierta sobre su corazón.

—¿Grant? —Su voz está soñolienta, suave.

—¿Hm?

—¿Qué pasa ahora?

Le beso la nuca, aspiro su olor, que ahora se mezcla con el mío, y me encanta.

—Ahora dormimos.

—¿Y mañana?

Pienso un momento. No tengo respuestas. No tengo certezas. Solo el peso cálido de ella en mis brazos, y la convicción creciente de que dejarla ir ya no es una opción.

—Mañana lo descubrimos juntos.

Se gira, sus ojos encontrando los míos. Hay miedo ahí, sí. Pero también esperanza, brillando terca.

—Juntos —repite.

—Juntos.

Sus ojos se cierran. Su respiración se ralentiza, volviéndose profunda y regular.

Me quedo despierto un rato más, contemplando la ciudad que nunca duerme, sintiendo su calor contra mí. Por primera vez en años, el silencio de mi apartamento no me parece vacío.

Me parece lleno. De promesas. De posibilidades. De ella.

Y por primera vez en años, no siento el impulso de huir.