Capítulo Ocho
LIZ
Tres semanas desde que huí del apartamento de Grant Hamilton como una cobarde.
Y pensé —Dios mío, qué ingenua fui al pensar— que con el paso de los días él desaparecería de mi mente. Que el recuerdo se iría borrando como tinta expuesta al sol. Que eventualmente despertaría sin pensar en él lo primero.
No pasó.
En absoluto.
Si acaso, empeoró.
Me sumergí en el trabajo con la desesperación de quien se está ahogando y se aferra a cualquier cosa que flote.
Me levantaba a las cinco de la mañana. Abría la floristería a las seis.
Trabajaba hasta medianoche. Hacía arreglos que nadie había encargado.
Reorganizaba el almacén de manera compulsiva.
Limpiaba cada centímetro de la tienda hasta que me sangraban las manos.
Y cuando el trabajo no era suficiente —y nunca lo era— fui a los bancos.
Tres bancos. Quince reuniones. Horas y horas sentada en sillas incómodas, negociando, suplicando, elaborando hojas de cálculo que demostraban que Pétalos & Poesía era viable, que solo necesitaba tiempo, una oportunidad.
Conseguí renegociar dos deudas. Amplié los plazos. Reduje los intereses. Pequeñas victorias que deberían haberme hecho sentir orgullosa, poderosa, con el control.
Pero no sentí nada más que vacío.
Porque nada —ni el trabajo agotador, ni las pequeñas conquistas financieras, ni el cansancio absoluto— logró borrar a Grant Hamilton de mi mente.
Está ahí. Siempre. Constante. Como una canción que no puedo dejar de tararear, como un sabor que no desaparece de la lengua.
Me despierto pensando en él. Me duermo pensando en él. Y entre esos dos momentos, pienso en él cada maldito segundo.
Y Dios, los sueños.
Me despierto a mitad de la noche, sudada, jadeando, con las sábanas pegadas al cuerpo, con su sabor todavía en la boca aunque sea imposible.
Sueño que estoy de vuelta en su cama, su cuerpo enorme cubriendo el mío, sus manos grandes sujetando mis caderas mientras me penetra tan hondo que veo estrellas.
Sueño que estoy contra la pared, las piernas enroscadas en su cintura, gimiendo su nombre mientras me folla con esa precisión devastadora.
Me despierto excitada. Empapada. Palpitando.
Y sola.
Tan cruelmente sola.
Nunca en mi vida había echado tanto de menos el sexo. Nunca. Tres años con Tyler y no lo eché de menos cuando lo dejé. Para nada.
¿Pero una noche con Grant? ¿Una sola noche? Y ahora estoy sedienta. Hambrienta. Desesperada por algo que probé una vez y sé que nunca voy a olvidar.
No es solo el sexo. Aunque Dios sabe que fue… trascendental.
Es él.
El cuerpo grande, musculoso en su justa medida. No exagerado como un culturista, sino definido, duro, fuerte. Unos brazos que me levantaron como si no pesara nada. Un pecho ancho donde mi cara encajaba a la perfección. Una espalda que arañé hasta el fondo cuando me hizo llegar por tercera vez.
Y su tamaño. Dios mío, su tamaño.
Todavía me tiene impresionada. Aturdida. Un poco asustada, en retrospectiva.
Porque Grant Hamilton es… grande. No solo en longitud, aunque Dios sabe que es largo, sino en grosor. Tan grueso que cuando lo vi desnudo por primera vez —desnudo y completamente erecto, apuntándome como una acusación y una promesa— pensé: Esto no va a caber.
Había estado con dos hombres antes que él. Tyler y un novio de la universidad. Ninguno de los dos se le acercaba. Ni remotamente.
Grant es diferente. En todo. También en eso.
Me acuerdo del momento exacto en que me penetró por primera vez. La presión. El estiramiento. La sensación de que me estaban abriendo, invadiendo, llenando más allá de mi capacidad.
Hubo resistencia. Mi cuerpo protestando, diciéndome demasiado, demasiado, no va a caber.
Pero él fue despacio. Con paciencia. Las manos sujetando mis caderas, la voz ronca en mi oído: «Respira, Liz. Déjame entrar. Puedes. Estás hecha para mí.»
Y cuando por fin estuvo completamente dentro —cada centímetro imposible de él enterrado tan hondo que lo sentí en el alma—, la sensación fue tan deliciosa, tan arrolladora, que los ojos se me fueron hacia atrás. Literalmente.
Y entonces empezó a moverse.
Dejo de cortar el tallo de la rosa al darme cuenta de que me tiemblan las manos. Que estoy mojada. Otra vez. Solo de recordar.
—Para —me susurro a mí misma—. Para ya.
Pero no puedo.
Porque ahora que he probado algo bueno de verdad —no, no bueno, extraordinario—, no puedo conformarme con nada menos.
Y no existe nada menos. Existe Grant. Y existe todo lo demás, que ahora me parece pálido, insípido, insignificante.
Tiro la rosa al cubo de basura con más fuerza de la necesaria.
Me voy a volver loca. Oficial, completamente loca.
El teléfono suena y me salva de mis propios pensamientos. Descuelgo sin mirar quién es.
—Pétalos & Poesía.
—¡Liz! —La voz de Danielle es aguda, un poco desesperada—. ¡Gracias a Dios que cogiste!
Danielle es una organizadora de eventos que de vez en cuando me contrata para arreglos más grandes. Buena clienta. Siempre paga puntual.
—Hola, Dani. ¿Todo bien?
—¡No! ¡Nada bien! —Casi grita—. Se me ha caído el equipo. La gripe. Tres personas enfermas al mismo tiempo. Y esta noche tengo un evento. Grande. Importante. Una mansión en las afueras de Nueva York. ¿Puedes salvarme?
Miro a mi alrededor. No tengo nada urgente. Y necesito el dinero.
—¿Qué tipo de evento?
—Un cumpleaños. Una señora elegante, familia adinerada, quieren flores por todas partes. Ya tengo los arreglos, solo necesito a alguien que ayude a montarlos y colocarlos. Te pago el doble de tu tarifa habitual.
El doble. Eso pagaría… muchas cosas.
—¿A qué hora?
—¿Ahora? ¿Puedes ser ahora? El evento es a las siete, necesito tenerlo todo listo a las seis.
Miro el reloj. Las dos de la tarde.
—¿La dirección?
Me dispara la información. Mansión. Afueras. GPS.
—Estaré allí en una hora.
—¡Eres un ángel! ¡Te quiero! —Y cuelga.
Cierro la tienda, cojo la furgoneta, programo el GPS.
Y conduzco, agradecida por la distracción. Por algo, lo que sea, que aparte a Grant Hamilton de mi cabeza durante unas horas.
La mansión es… impresionante.
No. Mansión se queda corto. Esto es una propiedad. Verjas de hierro forjado, entrada pavimentada serpenteando entre jardines meticulosos, fuentes, árboles centenarios.
La casa en sí parece sacada de una película de época. Colonial, tres plantas, columnas blancas, terrazas con balaustradas.
Dinero. Mucho dinero.
Danielle me recibe en la entrada de servicio y prácticamente me arrastra hacia dentro.
—¡Gracias a Dios! ¡Ven, ven! Te necesito en el salón principal.
Me lleva a través de pasillos inmensos. Todo es mármol, madera oscura, arañas de cristal. Arte en las paredes que probablemente vale más que toda mi floristería.
El salón principal es del tamaño de una cancha de baloncesto. Enormes ventanales dan a los jardines. Ya está parcialmente decorado —mesas redondas con manteles blancos, sillas doradas, un pequeño escenario para música en vivo.
Y flores. Por todas partes. Pero todavía sin colocar.
—Necesito que pongas los arreglos centrales en cada mesa. Después los grandes en los pedestales junto a las ventanas. Y los ramos pequeños en las mesas de entrada. —Danielle va de un lado a otro, revisando su lista—. ¿Puedes?
—Puedo.
Y me sumerjo en el trabajo.
Es bueno. Trabajo físico, repetitivo, que exige atención pero no pensamiento profundo. Cojo cada arreglo —rosas blancas, lirios, hortensias, exactamente el tipo de cosa elegante que gusta a la gente adinerada— y los coloco con cuidado.
Ajusto. Compruebo los ángulos. Me aseguro de que cada mesa tenga visión despejada entre los arreglos.
Estoy terminando la última mesa cuando escucho pasos detrás de mí.
—¡Qué preciosidad! —Una voz femenina, mayor, llena de calidez genuina.
Me giro.
Una mujer de unos sesenta, no, espera, Danielle dijo que era un cumpleaños, así que quizás casi setenta, está ahí. El cabello gris cortado en un bob elegante. Los ojos azules brillantes. Un vestido sencillo pero claramente caro. Una sonrisa amable.
—Gracias —digo, sonriéndole—. Espero que le guste.
—¡Me encanta! —Se acerca y toca con delicadeza un pétalo de rosa—. ¿Hiciste tú todos estos arreglos?
—Algunos. Otros son del equipo de Danielle. Pero sí, los monté y los coloqué yo.
—Talentosa. —Me mira con una atención que va más allá de la cortesía social—. ¿Trabajas con flores?
—Tengo una floristería. Pequeña. En la ciudad. —No sé por qué se lo cuento. Pero tiene esa manera maternal que invita a las confidencias.
—¡Qué maravilla! —Genuino. Sin condescendencia—. Siempre he admirado a las personas que trabajan creando belleza. El mundo lo necesita.
El corazón se me encoge. Porque son exactamente las palabras que diría la abuela.
—Gracias. Eso… significa mucho.
Ella sonríe más ampliamente.
—Soy Grace, por cierto. La cumpleañera. Sesenta y ocho hoy.
—¡Feliz cumpleaños! —Le tiendo la mano—. Liz. Elizabeth Ellis.
Ella toma mi mano, pero en vez de estrecharla, la sostiene entre las suyas. Cálida. Reconfortante.
—Encantada, Elizabeth. Espero que te quedes a la fiesta.
—Ah, no. Yo solo… solo estoy ayudando con la decoración.
—Tonterías. Has creado la mitad de la belleza que hay aquí. Te mereces disfrutarlo. —Sigue sosteniendo mi mano—. Además, me gustaría seguir hablando contigo. Rara vez encuentro jóvenes tan entregadas a su trabajo.
No sé qué responder. Una parte de mí quiere quedarse. Es… adorable. Me recuerda a la abuela de una manera que duele y reconforta a la vez.
—Lo pienso —digo, amable pero sin comprometerme.
—¡Perfecto! —Por fin me suelta la mano, pero sigue sonriendo—. ¿Sabes? Me recuerdas a alguien. No sé a quién. Pero algo en la manera en que miras las flores. Como si fueran más que decoración.
—Mi abuela solía decir que las flores son promesas. De que incluso después del invierno más frío, la belleza vuelve.
Los ojos de Grace se llenan de lágrimas al instante.
—Qué precioso. Tu abuela debía de ser muy sabia.
—Lo era. —Pasado. Todavía duele—. Murió hace ocho meses.
—Lo siento mucho, cariño. —Y parece genuino—. Pero qué bendición que te dejara su sabiduría.