Capítulo Ocho #2
Charlamos unos minutos más. Ella pregunta por la floristería, por mi vida, por mis sueños. Escucha de verdad. No solo esperando su turno para hablar, sino escuchando de verdad.
Y entonces suelta la bomba.
—¿Sabes?, hoy estoy celebrando, pero también estoy un poco triste. —Mira alrededor del salón—. Todo esto es precioso. Pero siento que falta algo.
—¿Qué?
—Nietos. —Ríe, pero hay tristeza real ahí—. Mi hijo es… complicado. Brillante, exitoso, maravilloso. Pero reacio a las relaciones. Al matrimonio. Dice que nunca va a tener hijos.
Algo frío me recorre la espalda. Un presentimiento que no sé cómo nombrar.
—¿Por qué?
—Le hicieron mucho daño. Hace años. Una mujer terrible. —Grace suspira—. Y desde entonces ha levantado muros tan altos que nadie consigue escalarlos. Me parte el corazón verle solo. Se merece amor. Se merece una familia.
Las palabras resuenan. Demasiado familiares. Demasiado imposibles.
—¿Cómo se llama? —Mi voz sale extraña. Tensa—. Su hijo.
Grace sonríe, abriendo la boca para responder, cuando sus ojos se fijan en algo detrás de mí.
—¡Hablando del rey de Roma! —Hace un gesto con la mano—. ¡Grant! ¡Grant, cariño, ven a conocer a mi nueva amiga!
El mundo se detiene.
Completa, absolutamente se detiene.
Porque no puede ser. No puede. Sería demasiada coincidencia, demasiado cruel, demasiado imposible.
Me giro despacio. Tan despacio que cada grado parece una eternidad.
Y ahí, parado en la entrada del salón, con traje gris oscuro y los ojos azules abiertos de par en par por el shock absoluto, está Grant Hamilton.
Mirándome.
Como si hubiera visto un fantasma.
O un sueño.
O su peor pesadilla y su mayor deseo al mismo tiempo.
Nuestras miradas se cruzan a través del enorme salón.
Y todo —todo el aire, toda la lógica, todo pensamiento racional— se evapora.
Grant.
Grant Hamilton.
Hijo de Grace.
Aquí.
Ahora.
Mi boca se abre. Se cierra. No sale ningún sonido.
Él está igual de mudo. Paralizado. Solo mirándonos como si el resto del mundo hubiera desaparecido.
Grace mira entre los dos, con la confusión creciendo en su cara amable.
—Vosotros… ¿vosotros os conocéis?
Ninguno de los dos responde.
Porque conocerse es una palabra demasiado pequeña, demasiado insuficiente para lo que ocurrió entre nosotros.
Conocerse no abarca haber tenido a alguien dentro de ti, rompiéndote y rearmándote, dejando marcas que no se borran.
Grant por fin se mueve. Un paso. Dos. Cruzando el salón como si caminara sobre un campo minado.
Se detiene frente a mí. Lo bastante cerca para que sienta su calor. Huela su colonia. Vea cada detalle del rostro que ha visitado mis sueños todas las noches durante tres semanas.
—Liz. —Su voz sale ronca. Quebrada—. ¿Qué… cómo es que…?
No termina. Porque no sabe qué preguntar.
¿Cómo estoy aquí? ¿Cómo es que de todas las mansiones en todos los alrededores de Nueva York, he acabado en la casa de sus padres?
El universo se está riendo de mí. Tiene que ser eso.
—¿Grant? —Grace mira a su hijo, luego a mí, con esos ojos azules demasiado perspicaces—. ¿Os conocéis o no?
—Nosotros… —Vacila. Por primera vez desde que le conozco, Grant Hamilton parece completamente perdido—. Sí. Nos conocemos.
—¿Cómo? —pregunta Grace, y hay algo en su voz. Curiosidad, sí. Pero también… ¿esperanza?
Grant me mira. Preguntando. ¿Cuánto cuento?
Le devuelvo la mirada. No sé. Decide tú.
—Ella… —Traga saliva—. Ella es la florista. La dueña de Pétalos & Poesía. La que está frente al hospital.
Verdad. Pero no toda la verdad.
Grace mira entre los dos otra vez. Y por la manera en que le brillan los ojos, estoy absolutamente segura de que lo sabe.
Quizás no los detalles. Pero sabe que hay algo.
Algo grande.
Algo que deja a su hijo —el hijo que nunca se altera— completamente desarmado.
—¡Qué coincidencia tan encantadora! —Aplaude, con la sonrisa de vuelta—. Tienes que quedarte, Elizabeth. Es absolutamente necesario. Quiero saber todo sobre tu floristería.
—Yo no… —Empiezo.
—Insisto. —Hay acero amable en su voz—. Lo considero mi regalo de cumpleaños.
¿Cómo le digo que no a eso?
Miro a Grant. Él me está mirando con una intensidad que quema. Los ojos recorriendo mi cara, mi cuerpo, como si estuviera catalogando cambios, memorizando, asegurándose de que soy real.
Y lo veo. En la manera en que aprieta la mandíbula. En cómo cierra los puños a los lados del cuerpo.
Me desea.
Todavía. A pesar de tres semanas. A pesar del silencio. A pesar de todo.
De la misma manera devastadora en que yo le deseo a él.
Y estamos aquí. En casa de sus padres. En un cumpleaños.
Sin escapatoria.
—Voy a… voy a pensarlo. —Oigo mi propia voz, distante, temblorosa—. Necesito terminar aquí y…
—¡Por supuesto, por supuesto! —Grace aplaude, con la sonrisa todavía radiante—. Os dejo hablar. De todas formas tengo que revisar la cocina. —Me da una palmadita en el brazo y le da un beso en la mejilla a Grant—. Sé amable con ella, cariño.
Y se va.
Dejándonos solos.
En medio del enorme salón.
Silencio absoluto, ensordecedor.
Grant da un paso más. Ahora está demasiado cerca. Invadiendo mi espacio. Haciendo que el aire se vuelva escaso.
—Liz. —Mi nombre en su voz suena como una oración y una maldición al mismo tiempo.
No puedo hablar. Solo le miro, memorizando cada detalle. Las ojeras. La mandíbula tensa. La manera en que sus ojos devoran mi cara como si llevara muerto de hambre semanas.
—Tres semanas —dice, con la voz baja, ronca—. Tres malditas semanas.
—Lo sé.
—¿Por qué te fuiste?
La pregunta me golpea en el pecho. Directa. Sin rodeos.
—Sabes por qué.
—No. No lo sé. —Se acerca un poco más—. Explícamelo. Porque llevo tres semanas intentando entenderlo y no puedo.
La garganta se me cierra. Las lágrimas amenazan.
—Grant…
—Dime que no fue solo para mí. —Su voz se quiebra levemente—. Dime que tú también lo sentiste.
Le miro a los ojos. A ese azul imposible.
Y no puedo mentir.
—Lo sentí. —Susurro—. Dios, lo sentí todo.
Algo en él se rompe. Lo veo en su cara. En la manera en que cierra los ojos un instante, como si fuera alivio o dolor —no sabría decirlo.
Cuando los abre de nuevo, están ardiendo.
—Entonces ¿por qué…?
—Porque dijiste que era solo sexo. —Las palabras salen quebradas—. Y para mí no lo fue. Y no puedo… no puedo hacer eso. No puedo ser casual contigo cuando cada parte de mí está gritando que eres todo menos casual.
Silencio.
Grant me mira. De verdad me mira.
Y por primera vez, veo miedo en sus ojos.
Miedo real. Vulnerable. En carne viva.
—Liz… —Extiende la mano, vacilante, como si no estuviera seguro de si tiene permiso para tocarme.
Pero antes de que llegue, voces resuenan desde el pasillo. Los invitados están llegando.
Deja caer la mano.
—Quédate —susurra—. Por favor. Solo… quédate. Tenemos que hablar. De verdad.
Le miro. La súplica en sus ojos. La vulnerabilidad que nunca le había visto.
Pero entonces el pánico me invade, la respiración se me acelera, y antes de darme cuenta estoy corriendo —sin saber adónde voy. Y aunque no estoy mirando atrás, sé que él va detrás de mí.