Capítulo Cinco
GRANT
Antes incluso de abrir los ojos, extiendo el brazo. Mis dedos buscan esa curva familiar de su cintura, la piel cálida bajo las sábanas, la masa enredada de cabello rubio en la almohada de al lado.
Solo encuentro sábanas frías.
Abro los ojos de golpe. La luz del día, cruda y despiadada, invade el dormitorio, iluminando el espacio vacío a mi lado. La almohada todavía conserva una ligera huella, pero está fría. Mi corazón da un salto estúpido y alarmante contra las costillas.
—¿Liz? —Mi voz suena áspera por el sueño y por algo más —un atisbo de pánico que intento sofocar de inmediato.
Me incorporo apoyado en el codo, escaneando el dormitorio. El baño, vacío. La puerta entreabierta deja ver un pasillo en silencio. Ningún ruido de grifo, ningún olor a café. Solo el silencio pesado y absoluto de mi apartamento.
Me levanto de la cama sin preocuparme por mi desnudez. La madera fría del suelo me eriza los pies mientras cruzo la habitación.
—¿Elizabeth? —Llamo, un poco más alto, con las zancadas haciéndose más rápidas, más decididas.
Compruebo el baño. Vacío. La toalla que usé anoche sigue en el suelo.
La suya, colgada con precisión en el toallero, es la única prueba de que estuvo aquí.
Bajo las escaleras hacia el salón. Vacío.
La cocina, impecable y fría, también. Ningún rastro de ella.
Ningún bolso, ningún par de zapatos olvidado, ninguna nota pegada en la nevera.
Frunzo el ceño, una confusión irritada mezclándose con la preocupación que crece dentro de mí. Habíamos quedado. Yo la llevaría a casa. Ella lo había aceptado, con el cuerpo blando y satisfecho acurrucado contra el mío cuando murmuró esa promesa en la oscuridad.
Se ha ido sin decir una palabra.
Alcanzo el móvil, todavía cargando en la mesita de noche. La pantalla se ilumina. Ninguna notificación. Nada de ella. Ningún mensaje explicando nada, ninguna disculpa, ni siquiera un simple «Gracias por la noche».
Si no fuera por el tenue olor persistente que flota en el aire —el olor del sexo de anoche mezclado con su perfume único, algo parecido al jazmín y a tierra mojada— podría jurar que Elizabeth Ellis no fue más que un delirio, un fantasma sensual que se coló en mis sueños.
La frustración me sube como bilis por la garganta. Escribo rápido.
Buenos días. No me esperaste. Pensé que íbamos a desayunar juntos.
Envío. El mensaje aparece como «entregado». Pero el indicador de «en línea» junto a su nombre no aparece. ¿Me está ignorando? ¿O simplemente no está mirando el móvil?
Un baño largo, muy largo, con el agua casi hirviendo es mi siguiente intento de despejar la cabeza. Dejo que el chorro golpee mi espalda tensa, cerrando los ojos. Y es un error.
De inmediato me inundan las imágenes. Recuerdos tan vívidos que siento como si la estuviera tocando otra vez.
Su jadeo cuando la sujeté contra la puerta.
El sabor salado de su piel cuando lamí el sudor del valle entre sus pechos.
El sonido ahogado de sus gemidos contra mi hombro cuando la alcé y la encajé perfectamente en mí, contra la pared.
La expresión de puro y absoluto abandono en su cara cuando la hice llegar al clímax por tercera vez, su boca formando mi nombre sin emitir ningún sonido.
Mi cuerpo responde al instante, traicionero. Me pongo duro, tenso y dolorido, a pesar de las horas de sexo, de las múltiples veces que me vacié dentro y en ella. El recuerdo es más potente que cualquier satisfacción física.
Un gemido bajo se me escapa. La frustración de la mañana, la confusión, el recuerdo arrollador…
es una combinación explosiva. Mi mano baja, envolviéndome, y ya no hay pensamiento, solo necesidad.
Una necesidad de reconectar con la sensación que ella me dio.
Mi espalda se arquea contra el azulejo frío, el agua caliente cayendo sobre mi pecho.
Cierro los ojos con fuerza y la veo. Sus ojos oscuros clavados en los míos, sus labios entreabiertos, sus caderas moviéndose bajo las mías con una urgencia que correspondía a la mía.
Es rápido, brutal, casi violento. Los músculos se me tensan, un gruñido gutural se me arranca de la garganta cuando me corro —el orgasmo más un espasmo de rabia y deseo que de placer puro. Me quedo sin aliento, apoyado en la pared, el agua lavando la evidencia, pero no la huella que ella ha dejado.
Fue todo tan intenso. Una conexión carnal, visceral, que no había sentido en años.
Quizás nunca. Liz no fue solo receptiva.
Fue… participativa. A la par. Desafiante.
Deliciosa. Me devoró con los ojos, con las manos, con la boca, con el cuerpo, con el mismo hambre con que yo la devoraba.
Y que Dios me ayude, ella se entregó. Totalmente. Sin reservas en la oscuridad.
¿Y qué le dije yo? Es solo sexo. Nada más.
La frase me retumba en la cabeza, sonando ahora falsa y hueca.
Sigo creyéndolo. Necesito creerlo. El plan era simple, limpio, quirúrgico: atracción física, descarga, seguir adelante.
Pero algo… algo se agrietó. Algo dentro de mi armadura de hielo, mantenida con cuidado durante años, se agrietó con su entrega total.
La sentí derrumbarse, confiar, rendirse.
Y una parte minúscula y estúpida de mí se rindió con ella.
Me seco con movimientos bruscos, vistiéndome con la misma eficiencia automatizada con que realizo una cirugía. Necesito trabajar. Necesito concentrarme. El hospital es mi reino, mi territorio seguro, donde las emociones se controlan y los resultados son predecibles.
De camino, casi sin darme cuenta, reduzco la velocidad y me detengo un momento frente a «Pétalos & Poesía».
Las persianas de la tienda están bajadas, la puerta cerrada con llave.
Levanto la vista hacia las ventanas del piso de arriba.
Cerradas. Las cortinas, corridas. Puede que todavía esté durmiendo.
O que simplemente no quiera que nadie la vea.
La idea me irrita profundamente.
El día en el hospital es una tortura. Mis dedos, normalmente tan firmes y precisos, parecen torpes. Mi mente, siempre enfocada en el presente, en el paciente, en el procedimiento, divaga. Mis ojos se desvían hacia el móvil, colocado encima del armario de instrumental, cada cinco minutos. Silencio.
Durante una pausa, le mando otro mensaje. ¿Cómo estás?
Nada.
Por la tarde, la inquietud se convierte en una preocupación más densa, más pesada.
¿Y si le pasó algo? ¿Y si se arrepintió tanto que…
? No, para. No parecía arrepentida. Parecía…
transformada. Pero ¿y si hice algo? ¿Y si en mi ímpetu la lastimé sin darme cuenta?
El recuerdo de mis manos aferrando sus caderas con fuerza, de mi boca mordiéndole el hombro… Dios.
Escribo, con los dedos en tensión. ¿Estás bien? ¿Hice algo que no te gustó? ¿Te hice daño?
La doble palomita azul aparece casi al instante. Lo vio. Pero la respuesta no llega. Los tres puntitos que indicarían que está escribiendo no aparecen. Simplemente lo vio y lo ignoró.
La rabia ahora es algo vivo y espinoso en mi pecho, mezclada con una ansiedad que no consigo controlar. No soy ese hombre. No soy el tipo que está pendiente del móvil, que manda mensajes angustiados, que se preocupa porque una casi desconocida no responde.
Cuando por fin salgo del hospital, la noche ya ha caído sobre la ciudad.
Mis pies me llevan, casi por voluntad propia, de vuelta a aquel edificio de ladrillo visto.
Aparco al otro lado de la calle y me quedo mirando.
El piso de arriba está a oscuras. Completamente a oscuras.
Ninguna franja de luz bajo la puerta de la tienda.
No está. O está y no quiere que nadie lo sepa.
La frustración fermenta, convirtiéndose en una inquietud profunda. Conduzco a casa con los nudillos blancos en el volante.
Mi apartamento, siempre un santuario de orden y control, me parece ahora enorme y vacío de una manera que nunca había notado.
El silencio es agresivo. Me quito la chaqueta, desabrocho el primer botón de la camisa y voy directo a la estantería de los whiskies.
Me sirvo dos dedos de un single malt caro en un vaso bajo y bebo un trago, sintiendo el fuego bajarme por la garganta sin ningún placer en el gesto.
Normalmente, aquí es donde todo termina. Una noche, por muy intensa que sea, queda archivada. El interés se enfría. El deseo se sacia. La vida sigue.
Pero yo sigo deseando a Elizabeth Ellis.
Con una intensidad que resulta casi perturbadora.
Solo con pensar en la textura de la piel de su muslo, en el sonido que hizo cuando la penetré por primera vez, en cómo sus ojos se oscurecieron de puro placer…
me pongo duro otra vez. El vaso en mi mano tiembla ligeramente.
Es peligroso. Es ilógico. Es todo lo que evito.
Miro el móvil, tirado con desdén en el sofá de cuero. La pantalla está oscura y muda. Un rugido de pura frustración me sube al pecho. Camino hacia él, lo cojo con fuerza.
Necesito oír su voz. Necesito una explicación. Cualquier cosa es mejor que este silencio de vacío.
La llamo. El tono suena, largo y solitario, en mi oído. Una, dos, tres, cuatro veces. El buzón de voz. Su voz, como si estuviera sonriendo al grabarlo, me golpea: «Has llamado a Elizabeth Ellis. Como puedes notar, en este momento no puedo atenderte. Deja tu mensaje después de la señal».
El pitido suena como un desafío.
—Liz. Soy Grant. —Mi voz suena extraña, tensa. Hago una pausa, intentando controlar el tono—. Mira… solo quiero saber si estás bien. Tu silencio es… preocupante. Mándame un mensaje. Solo… dime que todo está bien. Por favor.
Cuelgo y vuelvo a tirar el móvil al sofá, sintiéndome expuesto y estúpido. Preocupante. Dije esa palabra. Le di ese poder.
Me quedo parado en medio del salón, mirando la ciudad iluminada a través de las ventanas de cristal, bebiendo el whisky como si fuera agua.
Quizás es mejor así. Quizás este distanciamiento súbito y total de ella sea una liberación.
Ya estoy afectado. Ya estoy pensando en ella mucho más de lo que es seguro, mucho más de lo que es sensato.
Prolongar esto… sería una estupidez. He visto lo que pasa cuando las líneas se difuminan, cuando el sexo se confunde con los sentimientos.
Es un camino directo al dolor, a la pérdida de control.
Es lo que intento obligarme a creer. Lo repito como un mantra interno mientras vacío el vaso.
Pero mi cuerpo… mi cuerpo es un traidor. Cada nervio parece sintonizado con el recuerdo de ella. Mis músculos, doloridos de cómo la sujeté, anhelan el mismo esfuerzo. Mi piel se siente fría sin el calor de la suya contra mí.
Estoy mirando el móvil —mi determinación de no volver a mirarlo disolviéndose con cada segundo que pasa— cuando la pantalla se ilumina.
Un ping suave, pero que suena como un gong en el silencio del salón.
El corazón se me para. Cojo el teléfono con una rapidez que es patética.
Es ella.
Estoy bien. No, no me hiciste daño.
Un suspiro de alivio que ni siquiera sabía que estaba conteniendo escapa de mis labios. Pero entonces aparece la siguiente parte del mensaje.
Solo necesito tiempo para pensar.
¿Pensar?
¿Pensar en qué?
La confusión regresa, redoblada. Lo único que consigo pensar es en una sola y devastadora posibilidad: no le gustó.
No le gusté yo. No le gustó el sexo. Y ahora, por lástima o por educación, no sabe cómo decírmelo.
Quizás toda esa entrega, esos gemidos sinceros, esa mirada de adoración en el momento cumbre…
quizás fue una actuación. Quizás interpreté todas las señales completamente mal.
La idea me destroza. No con tristeza, sino con una furia impotente y humillada. Porque juro que no fue fingido. Conozco el cuerpo de las personas, entiendo sus reacciones físicas. Su placer fue real. Tan visceral e innegable como el mío.
La frustración desborda. Tiro el móvil al sofá con fuerza, haciéndolo rebotar en el cuero. No se rompe. Maldita sea.
—Joder —le gruño al apartamento vacío.
Su distanciamiento es lo mejor. Es racional. Es seguro. Es lo que yo siempre he practicado.
Entonces ¿por qué cada centímetro de mi ser parece estar en llamas, clamando por ella?
¿Por qué el recuerdo de su olor en mi almohada es más vívido que el sabor del whisky caro en mi lengua?
¿Por qué el simple pensamiento de no volver a tocar esa piel, de no volver a oír mi nombre salir de esa boca entre gemido y gemido, parece no solo una decepción, sino una amputación?
Me quedo de pie frente al ventanal panorámico, el vaso vacío colgando de la punta de los dedos, observando las luces de la ciudad que nunca duerme. Y por primera vez en mucho, mucho tiempo, el silencio dentro de mí no es de paz ni de control.
Es el silencio ensordecedor de una caída libre, sin saber si hay algo —o alguien— ahí abajo para sujetarme.