Capítulo Cuatro #3
—Más que una florista. Más que una herencia. Más que lo que tu madre te ha hecho creer que eres.
Las palabras me golpean como un puñetazo en el estómago.
—¿Cómo sabes…?
—Me lo contaste. En la floristería. Lo de tu madre, lo de que no te entiende. —Frota el pulgar sobre mi muñeca—. Y conozco bien ese tipo de gente. Gente que cree que el valor viene de las cosas. Del dinero. Del estatus.
Los ojos se me llenan de lágrimas, pero no las dejo caer.
—¿Y de dónde viene, entonces? ¿El valor?
—De luchar por lo que quieres —dice, simple, directo—. De levantarte cada día y hacer algo que importa, aunque solo importe para ti. De poner flores detrás de la oreja de un desconocido triste porque crees que puede ayudarle.
Las lágrimas caen ahora, silenciosas, mezclándose con el agua de la bañera.
—Te acuerdas de eso.
—Me acuerdo de todo de aquella noche —murmura, jalándome hacia él hasta que nuestros cuerpos se rozan bajo el agua caliente—. Fue lo primero bonito que me pasaba en meses.
Y entonces me besa, y ese beso es distinto a todos los demás. Es dulce. Es agradecido. Es… peligroso.
Porque besando así a Grant Hamilton, en el agua caliente, con la ciudad iluminada de fondo, es fácil olvidar.
Olvidar que él no quiere amor.
Olvidar que esto es temporal.
Olvidar que mi corazón es frágil y su pasado es una fortaleza.
Cuando nos separamos, los dos respiramos con dificultad.
—Grant —susurro, mi frente apoyada en la suya.
—Liz —responde él, y es un suspiro, una rendición.
—¿Qué estamos haciendo?
Cierra los ojos, como si la pregunta le doliera.
—No lo sé. —Los abre de nuevo, y están llenos de conflicto—. Y ahora mismo prefiero no pensarlo.
Yo tampoco.
Entonces, en vez de hablar, lo beso otra vez.
Y esta vez el beso lleva a otras cosas. A sus manos en mi cuerpo, enjabonadas, explorando.
A mi boca bajando por su pecho, por su vientre, encontrándolo de nuevo en el agua caliente.
A los gemidos ahogados, a los jadeos, a una segunda vez más lenta, más profunda, más cargada de emoción que la primera.
Esta vez, cuando llegamos al clímax, es juntos, mirándonos a los ojos, y veo algo en su mirada que me asusta.
Algo que se parece al principio de mi ruina.
Más tarde, envueltos en albornoces suaves, estamos en su cocina abierta. Él prepara té —té de verdad, en una tetera, no en el microondas— y me pasa una taza.
Lo observo mientras se mueve por el espacio, cómodo, dueño de todo eso. Coge dos manzanas del frutero de la isla y me ofrece una.
—Para reponer fuerzas —dice, con una sonrisa torcida.
Me río y le doy un mordisco. Tengo hambre, me doy cuenta. Mucha hambre.
—Se te da bien esto —digo, mirando a mi alrededor.
—¿El qué? ¿Cocinar? Solo sé hacer lo básico.
—No. Esto. —Hago un gesto circular con la manzana—. Cuidar. Hacer que la persona se sienta… vista.
Se detiene, la taza en la mano.
—Te veo, Liz —dice, simplemente—. Más de lo que imaginas.
El corazón se me acelera.
—¿Qué ves?
Deja la taza, viene hacia mí, me toma la cara entre las manos.
—Veo a una mujer fuerte. Más fuerte de lo que ella misma sabe. Veo a alguien que crea belleza en medio del caos. Veo unos ojos que guardan tormentas enteras y aun así consiguen sonreír. —Pausa—. Veo a alguien que me da miedo.
—¿Por qué te doy miedo?
—Porque me haces querer cosas que juré no volver a querer nunca.
La sinceridad de las palabras queda suspendida entre nosotros, pesada, cargada.
No sé qué decir. Así que hago lo único que parece correcto: me inclino y lo beso.
Es un beso dulce, lento, lleno de todo lo que no estamos diciendo.
Cuando nos separamos, apoya su frente en la mía.
—Quédate —dice, con la voz ronca—. Quédate esta noche.
—Tengo que abrir la floristería mañana temprano.
—Yo te llevo. Me levanto contigo.
Lo miro —los ojos cansados pero brillantes, la boca que conoce mi cuerpo mejor que ninguna otra, el hombre que es una paradoja viva— y pienso en todas las razones para decir que no.
La diferencia de edad.
Mi corazón roto.
Su corazón blindado.
La realidad que nos espera ahí fuera.
—De acuerdo —digo, porque soy una tonta, porque soy una soñadora, porque soy exactamente la mujer que mi madre cree que soy—. Me quedo.
Su sonrisa es lo más bonito que he visto nunca.
Me lleva de vuelta al dormitorio, a la cama grande y suave, y me envuelve en sus brazos, mi cuerpo encajando perfectamente en el suyo.
—Gracias —susurra en la oscuridad, mucho después, cuando ya creo que está dormido.
—¿Por qué? —susurro de vuelta.
—Por no tenerme miedo. —Pausa—. Por hacerme sentir humano otra vez.
Se me cierra la garganta. Me giro y lo miro en la oscuridad.
—Eres humano, Grant. Más humano que la mayoría.
No responde. Solo me atrae más hacia él, y cierro los ojos, escuchando el latido de su corazón, sintiendo el calor de su cuerpo, respirando su perfume mezclado con el mío.
Y pienso, mientras me quedo dormida, que esta es la tormenta más peligrosa de todas.
Porque no es la que ocurre ahí fuera.
Es la que está ocurriendo aquí dentro.
Dentro de él.
Dentro de mí.
Y no tengo la menor idea de cómo sobrevivir a ella.