Capítulo Tres
GRANT
Llevo quince minutos parado frente al armario, el traje gris en la mano y el cerebro gritándome que esto es un error.
Un error monumental.
Elizabeth Ellis tiene veintiséis años. Veintiséis. Cuando ella nació, yo ya estaba en la facultad de medicina, ya había vivido una vida entera que ella ni se imagina. Es joven, probablemente llena de sueños románticos sobre el amor verdadero y los finales felices.
¿Y yo? Yo soy un hombre de cuarenta y dos años que aprendió de la peor manera posible que el amor verdadero es un cuento de hadas y los finales felices no existen.
Las mujeres con las que he salido estos últimos años lo saben. Son mujeres con experiencia, sofisticadas, que conocen las reglas del juego. Sexo sin compromiso. Sin ilusiones. Sin promesas vacías de algo más.
Limpio. Simple. Seguro.
Liz no es nada de eso.
Ella pone flores detrás de la oreja a desconocidos. Cita a su abuela muerta como si siguiera viva. Cree que las tormentas pasan y que las cosas hermosas crecen.
Es exactamente el tipo de mujer a la que voy a hacerle daño.
Cojo el móvil. Debería cancelar. Mandarle un mensaje educado diciéndole que han surgido complicaciones en el hospital. Lo entendería. Seguiría adelante. Y yo volvería a mi vida segura y controlada.
Mi dedo se queda suspendido sobre la pantalla.
Y entonces recuerdo el beso.
Joder.
Ese beso.
No fue simplemente bueno. Fue… incendiario. Devastador. El tipo de beso que te abrasa por dentro y deja marca.
La manera en que abrió la boca. Cómo gimió bajito cuando le jalé el cabello. Cómo encajó a la perfección en mi regazo, su cuerpo suave y cálido presionado contra el mío. Cómo me miró después —ojos oscuros y dilatados, respiración entrecortada, labios hinchados.
Se me puso dura de golpe. El pulso latiendo dentro de los pantalones. En un coche. Como un maldito adolescente.
¿Y lo peor? No fue el beso en sí. Fue lo que sentí durante el beso.
Placer. Puro, visceral, arrollador.
Más placer en treinta segundos besando a Liz que en noches enteras con mujeres infinitamente más experimentadas.
Y eso… eso es peligroso.
Porque si un beso me hace esto, ¿qué demonios va a pasar cuando la tenga desnuda debajo de mí?
Lanzo el móvil sobre la cama.
Voy a verla. Pero voy a dejar las cosas claras desde el principio. Sin juegos. Sin ilusiones. Solo honestidad brutal sobre lo que puedo y no puedo ofrecer.
¿Sexo? Sí. Sin duda. El mejor sexo de su vida, si consigo lo que estoy planeando.
¿Una relación? No. Nunca más.
Y si ella no acepta las condiciones, me voy. Así de simple.
Lo decido, me pongo el traje, me echo colonia, me miro al espejo.
Parezco exactamente lo que soy: un hombre que ha vivido demasiado, que ha visto demasiado, y que ahora está peligrosamente cerca de cometer un error que quizás no pueda deshacer.
Pero voy de todas formas.
Porque ese beso todavía me quema.
Y necesito saber si fue real o solo producto del agotamiento emocional de aquella noche.
Ella está esperando frente a la floristería cuando llego.
Y… Dios mío.
Un vestido azul marino que abraza cada curva. El cabello rubio cayendo en ondas sobre los hombros. Los ojos oscuros brillando al verme. Una sonrisa que ilumina la calle entera.
Preciosa. Simplemente preciosa.
Y joven. Tan absurdamente joven.
¿Qué demonios estoy haciendo?
Pero entonces ella baja los escalones y le doy un beso en la mejilla, y su perfume —algo floral y dulce— me invade los sentidos, y todas las objeciones racionales se evaporan.
Voy a hacer esto. Y voy a ser honesto. Y veremos qué pasa.
El restaurante es discreto, elegante sin resultar pretencioso. Exactamente dos tenedores, como prometí. Ella ríe al verlos, contándolos con teatral solemnidad.
—Cumpliste tu palabra. Estoy impresionada.
—Siempre cumplo mi palabra.
Nos sentamos en una mesa del rincón, con poca luz y velas parpadeando entre nosotros. Ella pide vino blanco. Yo, whisky. Viejas costumbres.
Charlamos de cosas intrascendentes unos minutos. La carta. El ambiente. Su día, que describe como «normal» de una manera que sugiere exactamente lo contrario, pero no insisto.
La tensión, sin embargo, sigue ahí. Eléctrica. Latiendo entre nosotros como algo vivo.
Tengo que hacerlo ahora. Antes de que pidamos la cena. Antes de que esto vaya más lejos.
—Liz. —Dejo el vaso de whisky sobre la mesa—. Necesito decirte algo.
Ella levanta los ojos de la carta, curiosa.
—Suena serio.
—Lo es.
—De acuerdo. —Cierra la carta y me dedica toda su atención—. Te escucho.
Abro la boca. La cierro. ¿Por dónde empiezo?
Ella sonríe, pícara.
—¿Es ahora cuando me confiesas que eres gay?
A pesar de la tensión, casi me río.
—Si fuera gay, no estaría teniendo los pensamientos absolutamente pecaminosos que estoy teniendo sobre ti ahora mismo.
Ella parpadea. Un ligero rubor en las mejillas.
—¿Qué… qué tipo de pensamientos?
Me inclino hacia delante, bajando la voz una octava.
—Pensamientos sobre lo que te haría. Aquí.
En esta mesa. —Señalo con el mentón la mesa que nos separa—.
Cómo te quitaría ese vestido despacio, descubriendo cada centímetro de piel.
Cómo probaría cada rincón que encontrase.
Cómo haría que gritaras mi nombre tan fuerte que tendríamos que salir de aquí antes del postre.
Se le enciende la cara por completo. Se muerde el labio inferior —un gesto inconsciente que hace que el pantalón me quede incómodamente ajustado.
Respiración acelerada. Pupilas dilatadas.
Está afectada. Es evidente.
Bien.
Me inclino todavía más, con la voz ronca:
—¿Quieres que siga?
Ella traga saliva.
—Creo… creo que es mejor que no. —Le tiembla un poco la voz—. Ya he entendido que definitivamente no eres gay.
Me recuesto en la silla y bebo whisky para controlar el calor que me sube por el cuerpo.
Concéntrate, Grant. Concéntrate.
—Lo que intento decirte es… que no se me da bien esto.
—¿Esto? —Todavía parece un poco aturdida.
—Las relaciones. El compromiso. —Pausa—. El amor.
La palabra sale amarga.
Ella se queda callada, esperando.
Respiro hondo. Hora de la verdad.
—Estuve casado. Cuando tenía treinta y dos años. Y estuve a punto de ser padre.
El impacto en su cara es inmediato.
—¿A punto? ¿Ella… perdió al bebé?
Me río. Con amargura. Sin ningún humor.
—No. —Bebo más whisky. Voy a necesitar la botella entera para esto—. Simplemente descubrí que no era mío. Era del abogado de ella. Que, en realidad, era su amante desde hacía años. Y a mí me eligieron, entre los dos, como… el idiota rico que lo pagaría todo.
—Grant… —Hay horror genuino en su voz.
—Todavía hay más. —Mi voz está fría ahora. Distante. Es la única manera de contarlo sin sentir nada—. El plan era conseguir que firmara un seguro de vida millonario. Con ella como beneficiaria, claro está.
Liz se queda completamente inmóvil.
—Iban a…
—¿Matarme? Probablemente. —Apuro el whisky de un trago—. Al parecer, un accidente de coche era la opción preferida. Limpio. Difícil de investigar.
—Dios mío. —Se lleva la mano a la boca—. ¿Cómo te enteraste?
—Viajé a Boston para asistir a un congreso médico. Regresé a Nueva York un día antes. —Sonrío sin alegría—. Quería darle una sorpresa a mi preciosa esposa italiana embarazada. Giuliana. Bonito nombre, ¿verdad?
Ella no responde. Solo me mira con esos ojos oscuros llenos de una compasión que no me merezco.
—Llegué a casa a media tarde. Oí voces en el dormitorio.
Pensé… no sé qué pensé. Que estaba hablando por teléfono, quizás.
—Pausa—. Pero eran dos voces. Ella y él.
En mi cama. Ultimando los detalles del plan.
Cuánto tiempo esperar después de la boda.
Cómo hacer que el accidente pareciera convincente. Cómo repartirse el dinero después.
—Grant…
—Estaban follando. —Continúo, implacable—. Entre conversación y conversación sobre cómo matarme, estaban follando. En la cama que compartí con ella durante dos años.
Silencio denso.
—Lo siento. —La voz de Liz es suave. Genuina—. Lo siento mucho.
—No hace falta. Fue hace catorce años. Lo superé.
Ella ladea la cabeza, estudiando mi cara.
—¿La querías?
La pregunta me pilla desprevenido.
Me quedo callado. Pensando de verdad.
¿Quería a Giuliana?
¿O solo quería la idea de ella? ¿La compañía? ¿El sexo, que era, lo admito, excepcional? ¿La ilusión de no estar solo?
—No lo sé. —Honestidad brutal—. Quizás solo estaba solo. El sexo era bueno. Muy bueno. Ella era guapa, encantadora, parecía entenderme. —Pausa—. Creo que confundí todo eso con amor.
Liz asiente despacio.
—¿Y desde entonces?
—Desde entonces, decidí no someterme nunca más a una relación. —La miro directamente a los ojos—. Por eso te lo cuento, Liz. Para que no te hagas ilusiones sobre mí. Sobre lo que puedo ofrecerte.
—¿Y qué puedes ofrecerme?
—Sexo. —Directo. Sin rodeos—. Sexo sin compromiso. Honestidad sobre lo que es y lo que nunca será. Y cuando alguno de los dos se canse, se acabó. Sin dramas. Sin reproches.
Ella se queda callada un buen rato. Procesando.
Bebe el vino. Todo. Pide otro.
Cuando por fin habla, su voz es tranquila:
—Terminé una relación hace poco. Tres meses.
No me lo esperaba.
—Era… abusivo. —Retuerce la servilleta entre los dedos—. No físicamente. Pero sí emocionalmente. Me rebajaba constantemente. Me decía que era una tonta por seguir con la floristería. Que era una pérdida de tiempo. Que debería buscar un trabajo «de verdad».
Una rabia súbita y caliente me sube por el pecho.
—Era un imbécil.
—Lo era. —Sonríe sin humor—. Y un egoísta. En todos los sentidos. También en la cama.
No debería preguntar. No es asunto mío.
Pero pregunto de todas formas:
—¿Te trataba mal?
—Me trataba como… un trámite. —Mira el vino—. Tres minutos. Cinco si tenía suerte. Siempre sobre lo que él quería. Nunca sobre mí. Nunca sobre lo que yo sentía. Y después se dormía, y yo me quedaba ahí, mirando al techo, preguntándome si eso era todo.
La rabia aumenta.
—Un imbécil, definitivamente.
Ella levanta los ojos. Y hay algo distinto en ellos ahora. Algo… retador.
—Tú tienes más experiencia.
—Sí.
—Entonces… —Se inclina hacia delante, bajando la voz hasta volverla seductora—. ¿Tienes más que mostrarme? ¿En una cama? Ya que eres tan experimentado.
El corazón me da un vuelco.
Ella se acerca todavía más, con la voz baja, ronca:
—Porque yo soy una chica a la que nunca han satisfecho de verdad. —Sus ojos oscuros me sostienen la mirada, desafiantes—. ¿Puedes con eso?
Joder.
Ese lado de ella —sensual, atrevido, completamente inesperado— me desarma del todo.
El pantalón me queda definitivamente ajustado.
Me inclino también, hasta que nuestras caras quedan separadas por apenas unos centímetros.
—¿Quieres comprobarlo tú misma?
Ella sonríe. Despacio. Con toda la promesa del mundo.
—Hay algo que tienes que saber sobre mí, Grant Hamilton. —Una pausa deliberada—. Nunca le huyo a un desafío.
Algo se rompe dentro de mí.
Toda la racionalidad. Toda la cautela. Todo el plan cuidadoso de establecer límites y tener conversaciones maduras.
Todo evapora con esa sonrisa desafiante.
—¿Nos vamos? —Me sale la voz ronca.
Ella asiente.
Levanto la mano, llamando al camarero.
Aparece enseguida, sonriente.
—¿Están listos para pedir?
—La cuenta. —Sin apartar los ojos de Liz—. Ahora.
—Pero… todavía no han cenado…
—La cuenta. —Saco la cartera y pongo tres billetes de cien sobre la mesa—. ¿Cubre con propina?
Él coge el dinero con los ojos como platos.
—Sí, señor. Por supuesto.
—Perfecto.
Me levanto y le tiendo la mano a Liz.
Ella la toma, sonriendo como si acabara de ganar algo.
Y quizás sí.
Porque yo, Grant Hamilton, cirujano cardiovascular, hombre controlado y racional, acabo de perder el control por completo.
Y lo único en lo que puedo pensar es en recorrer cada centímetro de su piel.
En hacerle olvidar el nombre del imbécil que la trató tan mal.
En demostrarle exactamente lo que significa ser satisfecha de verdad.
Salimos del restaurante a toda prisa.
Mi mano en la parte baja de su espalda. Quemando a través del tejido del vestido.
—¿Mi apartamento o el tuyo? —pregunto cuando llegamos al coche.
—El mío está encima de la floristería. —Me mira—. Pequeño. Sencillo. Probablemente no tiene nada que ver con el tuyo.
—Me da igual dónde. —Le abro la puerta—. Con que haya una cama. O un sofá. O una pared. En este momento no soy nada exigente.
Ella ríe, entrando al coche.
—Tan desesperado, doctor Hamilton.
Cierro la puerta, rodeo el coche, entro.
Antes de arrancar, la jalo hacia mí y la beso.
Duro. Exigente. Una promesa de lo que está por venir.
Cuando nos separamos, los dos jadeamos.
—Desesperado no es la palabra. —Le muerdo levemente el labio inferior—. Hambriento es más exacto.
Ella suelta un gemido suave.
—Entonces llévame a casa. Antes de que me lance encima de ti aquí mismo.
Arranco el motor.
Y conduzco más rápido de lo que debería.
Porque Elizabeth Ellis, veintiséis años, florista, soñadora, acaba de retarme.
Y yo nunca le huyo a un desafío.
Sobre todo cuando se trata de demostrar cuánto placer puedo dar.
Esto va a ser… interesante.
O un desastre absoluto.
Probablemente las dos cosas.
Pero en este momento, con su sabor todavía en los labios y el fuego corriéndome por las venas, me importa bien poco.