Rechazada por el Doctor Capítulo Cuatro
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Capítulo Cuatro

LIZ

La puerta del apartamento se cierra con un clic suave y definitivo, y antes de que mi mirada pueda perderse en la inmensidad de mármol, cristal y luz tenue, él me gira y aprieta mi cuerpo contra la puerta.

No hay preámbulo. No hay contemplación arquitectónica.

Solo su boca, voraz, sobre la mía, sus manos ya bajo mi vestido, subiéndome por los muslos, aferrándose a mi piel como si fuera suya —como si siempre lo hubiera sido.

—Grant —intento decir, pero su nombre se disuelve en un gemido cuando sus dedos encuentran el borde de mi ropa interior.

—Silencio —susurra contra mis labios, la voz una orden áspera y deliciosa—. Esta noche no es para hablar. Es para sentir.

Su toque es una afirmación. No una pregunta. Desliza la tela a un lado —no la quita, solo la desplaza— y dos dedos largos, firmes, de cirujano, me encuentran completamente empapada, lista, suplicante.

Arqueo la espalda, la cabeza golpeando contra la puerta. Los ojos se me cierran solos.

—Dios, qué receptiva eres —murmura, observando mi cara mientras sus dedos empiezan a moverse. Un movimiento circular, lento, exacto. No es una exploración. Es una cirugía. Está diseccionando mi respuesta, estudiando cada temblor, cada contracción—. Muéstrame. Muéstrame cómo te gusta.

No puedo articular palabras. Solo me inclino hacia su mano, mis dedos hundiéndose en la tela cara de su chaqueta.

Acelera el movimiento, la presión perfecta, y entonces introduce un dedo dentro de mí. Es profundo, es inmediato, y un sonido ronco se me escapa de la garganta.

—Así —me incita, su aliento cálido en mi oído—. No te contengas. Quiero escucharlo todo.

Añade un segundo dedo, y la sensación de llenura me hace sentir abierta, invadida, maravillosamente plena. Sus dedos se curvan dentro de mí, encontrando un punto que hace que me tiemblen las rodillas. Un choque eléctrico, blanco y ardiente, me dispara desde la base hasta el cráneo.

—Ahí —grito, mi cuerpo retorciéndose—. Ahí, por favor.

Él sonríe —una sonrisa de pura satisfacción masculina— y se concentra en ese punto, bombeando los dedos con un ritmo implacable y hábil.

La fricción, la profundidad, la precisión…

es diferente a todo. No es una caricia. Es una afirmación.

Me está reclamando con la mano, demostrándome que mi cuerpo puede responder de maneras que ni yo conocía.

La ola empieza a formarse, baja y profunda en el vientre, una presión arrolladora.

—Voy a… Grant, voy a…

—Todavía no —ordena de pronto, y se detiene.

La retirada es una tortura. Suelto un gemido, una queja de pérdida, mi cuerpo latiendo vacío.

Él se lleva los dedos —brillantes de mi excitación— a la boca y los lame, despacio, con los ojos cerrados, como si estuviera saboreando un vino raro.

—Perfecta —murmura, y su mirada me deja desnuda de una manera que la falta de ropa nunca conseguiría.

Entonces se arrodilla.

Aquí, en el inmenso recibidor de su apartamento de millones, se arrodilla ante mí como un devoto.

Y usa la boca.

Sus labios presionan la cara interna de mi muslo, besos cálidos y húmedos que me hacen temblar. Aparta la ropa interior con los dientes, y entonces su aliento caliente está sobre mí, y suelto un grito que retumba en el espacio abierto.

—Shh —dice, mirando hacia arriba. Sus ojos son pozos de oscuridad, de pura intención lasciva—. Agárrate a la puerta.

Obedezco, las manos aplastadas contra la madera fría, los dedos buscando algo a lo que asirse.

Y entonces se sumerge.

Su lengua es ancha, plana, y me lame entera, de una vez, como si estuviera probando algo precioso. Se demora, explorando, bebiéndome, y sus dedos vuelven a unirse, dos de ellos entrando en mí mientras su lengua traza círculos frenéticos en el punto más sensible.

La sensación doble es demasiado. Es incontrolable. Mi cadera se retuerce, intentando escapar, intentando buscar más, y él me sujeta con fuerza, inmovilizándome contra la puerta.

—Quieta —ordena, su voz vibrando contra mi piel—. Deja que lo haga. Deja que te dé esto.

Lloro. Lágrimas de puro éxtasis, de rendición, de una entrega tan total que duele. Las piernas me tiemblan, las entrañas se me retuercen en una espiral de placer exquisito.

Nota el cambio, la caída inminente. Acelera la lengua, aumenta la presión de los dedos, y entonces hace algo —una succión suave y rítmica combinada con un movimiento preciso— que destruye por completo mis límites.

El orgasmo me golpea no como una ola, sino como una ruptura.

Como si algo dentro de mí estallara, fragmentándome en mil pedazos de sensación pura.

Grito con un sonido que no reconozco como mío, ronco e interminable.

Mi cuerpo se arquea violentamente, aferrándose a su boca, a sus dedos, intentando fundirlos dentro de mí.

Un hormigueo eléctrico recorre cada nervio, desde la punta de los pies hasta las raíces del cabello.

Me desplomo, resbalando por la puerta, pero él me sostiene, me sujeta, continuando su devoción gentil hasta el último temblor, hasta el último suspiro convulso.

Cuando por fin se aparta, estoy blanda, derretida, incapaz de sostenerme. Las rodillas ceden.

Se incorpora en un movimiento fluido, me coge en brazos —el vestido todavía arrugado en la cintura, las piernas colgando sin fuerzas— y me lleva hasta el enorme sofá del salón.

Me tiende sobre el terciopelo oscuro y suave, y solo entonces empieza a desnudarme con calma, quitándome el vestido, el sujetador, la ropa interior deshecha.

Sus ojos recorren mi cuerpo desnudo, todavía temblando en el eco del placer, y hay reverencia en su mirada, sí, pero también una posesión feroz.

—Preciosa —dice, con la voz ronca—. Completamente deshecha por mí. Y todavía no hemos empezado de verdad.

Mi mente está nublada, mi cuerpo es pura sensación. Solo puedo mirarlo a él, al volumen evidente e imponente que presiona contra el pantalón.

Él sigue mi mirada y sonríe. Se pone de pie y, ante mí, empieza a desnudarse. Cada prenda cae con una solemnidad que aviva el deseo que ya debería estar saciado pero que solo se ha transformado en un hambre nueva.

Cuando se queda desnudo, se me corta la respiración.

Es… monumental. No solo en longitud, sino en grosor. Es grueso, veteado, una afirmación imponente de masculinidad que hace que el estómago se me encoja en una mezcla de miedo y deseo arrollador.

—¿Voy a poder contigo? —la pregunta se me escapa, cruda, sin filtro, nacida del asombro y de la excitación.

Él se acerca, su peso hundiéndose en el sofá a mi lado. Una mano grande y cálida acaricia mi muslo todavía tembloroso.

—Lo vamos a descubrir —dice, con un tono de promesa peligrosa—. Pero primero…

Se inclina y captura un pezón entre los labios.

No es una caricia suave. Es una devoración.

Me lame, chupa, muerde con una precisión que me arranca un grito.

Su mano grande envuelve el otro pecho, apretando, moldeando, los dedos pellizcando el pezón hasta que queda duro y dolorido —un dolor que se convierte al instante en placer líquido que se derrama entre mis piernas.

Alterna entre los dos pechos, dedicándole la misma atención intensa a cada uno, como si fueran lo único que importara en el mundo.

Su barba raspa mi piel sensible; su boca es implacable.

Es posesión. Es marca. Y mi cuerpo, traidor y ansioso, responde con un nuevo flujo de humedad y un gemido continuo y bajo que parece no tener fin.

—Te gusta —observa, sin preguntar—. Te gusta sentir mi boca en ti, saber que mañana llevarás mis marcas aquí.

Es verdad. La idea de llevar sus marcas secretas en el cuerpo me excita de una manera primitiva.

Cuando parece satisfecho con lo que ha hecho en mis pechos —hinchados, enrojecidos y supersensibles—, sus besos descienden. Por el estómago, por el hueso de la cadera. Abre mis piernas, todavía temblorosas, y se posiciona entre ellas.

Pero esta vez no usa la boca. Se arrodilla, se sujeta por la base y, con la punta amplia y oscura, empieza a rozarme.

Es una tortura celestial. La sensación de él, tan duro y caliente, deslizándose sobre mi clítoris ya sobreestimulado, por los labios hinchados y sensibles. Me retuerzo, suplico.

—Por favor… Grant… por favor…

—¿Qué quieres, Liz? —su voz está tensa, un hilo de control a punto de romperse—. Tienes que pedirlo.

—Te quiero dentro —gimo, sin vergüenza, levantando las caderas para buscar su empuje—. Ahora. Por favor.

Él saca un preservativo de no sé dónde, se lo pone con rapidez, me sujeta las caderas con firmeza y se posiciona. La punta presiona mi entrada, el aviso de una invasión inminente.

Me mira a los ojos.

—Respira —ordena con suavidad.

Inspiro hondo.

Y se hunde.

Es un llenado lento, implacable y abrumador.

Es enorme, y mi cuerpo se estira, se acomoda, arde en una mezcla de dolor y placer tan aguda que lloro.

Se detiene cuando está completamente dentro, sumergido hasta el fondo, y los dos nos quedamos inmóviles, jadeando, unidos de una manera que parece mucho más que física.

—Dios mío —masculla entre dientes, un músculo palpitando en su mandíbula—. Eres… me aprietas perfectamente.

Empieza a moverse. Despacio al principio, dejando que se sienta cada centímetro. Es profundo. Es transformador. Cada embestida alcanza un lugar dentro de mí que no sabía que existía y que responde con espasmos electrizantes.

Mis brazos lo rodean, mis piernas se enroscan en su cintura, atrayéndolo más adentro. Nuestras bocas se encuentran en un beso desesperado y salado, y su ritmo se intensifica.

Me da la vuelta, me pone a cuatro en el sofá, y el nuevo ángulo es todavía más profundo. Sus dedos se entrelazan con los míos, presionando mis manos contra el terciopelo. Su cuerpo cubre el mío, su boca en mi nuca, sus palabras un mantra ronco y sucio en mi oído.

—Estás tan preciosa así… tan apretada… eres mía… vas a correrte otra vez, voy a hacerte correrte conmigo…