Capítulo Dos
LIZ
El apartamento de mi madre huele a perfume caro y a mentiras.
Sé que debería estar acostumbrada. Veintiséis años con esta dinámica tendrían que haberme enseñado a no esperar nada distinto.
Pero aquí estoy, parada en la puerta con un ramo de peonías rosas —sus favoritas—, que me costaron más de lo que puedo permitirme, con esa esperanza idiota en el pecho de que quizás, solo quizás, hoy sea diferente.
Es su cumpleaños, al fin y al cabo. Cincuenta y dos años. Quizás esté sentimental. Quizás quiera reconectarse con la hija que apenas ha visto en meses.
O quizás yo sea una optimista incorregible.
—¡Liz! —Su voz llega desde el interior del apartamento, aguda y teatral—. ¡Entra, cariño! ¡No te quedes ahí parada en la puerta!
Respiro hondo y entro.
El lugar es exactamente como lo recordaba. Moderno, minimalista, todo en tonos de gris y blanco. Ninguna foto de familia. Ningún detalle personal. Podría ser la portada de una revista de decoración o la sala de espera de una clínica de lujo.
Todo lo que la floristería no es.
Mamá aparece desde la cocina con un vestido Chanel que probablemente costó el equivalente a tres meses de mi alquiler.
El cabello rubio platino —más claro que el mío, gracias a la coloración mensual— perfectamente liso.
El maquillaje impecable. Delgada de esa manera que solo es posible con entrenador personal y restricción calórica severa.
Es guapa. Siempre lo ha sido. Y siempre se ha encargado de que yo lo supiera.
—Feliz cumpleaños, mamá. —Le tiendo el ramo.
Ella toma las flores como si fueran algo venenoso, sosteniéndolas lejos del cuerpo.
—Ay, qué detalle. —El tono no es exactamente de agradecimiento—. ¡Ralph! ¿Puedes poner esto en algún jarrón, por favor?
Y ahí está él.
Ralph Maddison emerge de la cocina con dos copas de champán en la mano. Cincuenta y ocho años, el cabello canoso peinado hacia atrás, traje caro incluso para ser domingo por la mañana. Una sonrisa que nunca le llega a los ojos.
El hombre por el que mi madre destruyó el matrimonio. El hombre que era «socio de negocios» de mi padre hasta que se convirtió en algo completamente distinto.
—Liz. —Pronuncia mi nombre despacio, saboreando cada letra de una manera que me pone la piel de gallina—. Qué grata sorpresa.
No debería ser ninguna sorpresa. Es el cumpleaños de mi madre. ¿Dónde más iba a estar?
Pero no digo nada. Solo sonrío con educación y acepto el abrazo que me ofrece —un abrazo que dura dos segundos más de lo que debería, con sus manos bajando demasiado por mi espalda.
Me aparto rápido.
—Le traje las flores favoritas a mamá. —Mantengo la voz ligera, casual, intentando ignorar el malestar que se instala en mi estómago.
—Qué hija tan atenta. —Ralph sigue mirándome. Siempre lo hace. Esa mirada que me recorre el cuerpo como si estuviera tasando una mercancía—. Estás preciosa hoy. Ese vestido…
Es un vestido sencillo. Floreado. Sin nada de especial. Comprado en una tienda de segunda mano hace tres años.
—Gracias. —Miro a mi madre, esperando que diga algo. Lo que sea.
Está mirando el móvil.
—Siéntate, cariño. Ralph ha preparado brunch. —Ni siquiera levanta los ojos—. Aunque yo no voy a comer mucho. Necesito entrar en el vestido nuevo para el evento de mañana.
Claro que sí.
Me siento a la mesa intentando elegir la silla más alejada posible de Ralph. Pero él se sienta a mi lado de todas formas.
La mesa está llena de comida que mi madre no va a tocar. Cruasanes, frutas, quesos importados, salmón ahumado. Todo perfecto. Todo para aparentar.
Nada por amor.
—¿Cómo va… la floristería? —Mamá por fin guarda el móvil y toma medio fresón—. ¿Todavía aguantando?
«Todavía aguantando» es su manera de decir «todavía desperdiciando tu vida en ese tugurio en quiebra».
—Bien. Decoré una boda ayer. Quedó preciosa.
—Mmm. —Muerde el fresón con delicadeza—. Imagino que no habrán pagado mucho.
—Pagaron bien, la verdad.
—Supongo que tú y yo tenemos definiciones distintas de «bien».
Ralph suelta una carcajada. Esa risa condescendiente que me hace rechinar los dientes.
—Tu madre se preocupa por ti, Liz. —Pone la mano en mi muslo por debajo de la mesa—. Trabajando sola, en ese barrio, en ese edificio tan viejo…
Le aparto la mano de un manotazo disimulado, como si estuviera cogiendo la servilleta.
—Estoy bien. —Miro directamente a mi madre—. Me encanta lo que hago.
—El amor no paga las facturas. —Suspira de forma teatral—. Ya lo sabes. Ese sitio está hundido en deudas. Tu abuela no tenía cabeza para los negocios.
Aprieto las manos debajo de la mesa. No voy a morder el anzuelo. No voy a defender a la abuela delante de quien nunca la entendió.
—Me estoy arreglando.
—Mal. —Mamá coge otro trozo de fruta—. Deberías vender. O mejor, cerrar. Cortar las pérdidas antes de que te arrastre a ti también.
—No voy a cerrar Pétalos & Poesía.
—Pétalos & Poesía. —Pone los ojos en blanco—. Ese nombre tan ridículo. Tan… cursi.
—Era el nombre que eligió la abuela.
—Mi madre siempre tuvo la cabeza en las nubes. Siempre la tuvo. —Bebe champán—. Las flores y la poesía no ponen comida en la mesa, Liz. Tienes que ser más práctica. Más… realista.
Realista. Viniendo de ella, la mujer que se casó con un hombre rico y ahora se pasa los días en almuerzos benéficos y tratamientos estéticos.
—Soy realista. Trabajo catorce horas al día…
—En un tugurio. —Pronuncia la palabra con tanto veneno—. Podrías hacer tanto más. Eres guapa, joven. Podrías conocer a alguien que de verdad pudiera darte una buena vida.
Alguien rico, quiere decir. Alguien como Ralph.
Su mano está de vuelta en mi muslo. Más arriba que antes. Apretando.
Me levanto tan deprisa que la silla raspa el suelo.
—Tengo que ir al baño.
Mamá ni levanta la vista.
—Ya sabes dónde está.
Cierro la puerta del baño con llave y respiro. Las manos me tiemblan. El estómago revuelto.
Odio esto. Odio venir aquí. Odio la manera en que Ralph me mira, me toca, y cómo mi madre simplemente no lo ve. O peor. Lo ve y no le importa.
Me mojo la cara con agua fría. Me miro en el espejo.
Los ojos de la abuela me devuelven la mirada. Los mismos ojos oscuros. La misma obstinación en el mentón.
«No dejes que nadie apague tu luz, mi amor», solía decirme. «Sobre todo la gente que le tiene miedo a brillar.»
Respiro hondo y vuelvo.
Ralph está de pie junto a la ventana bebiendo champán. Mamá está mirando el móvil otra vez.
—Mamá. —Me quedo de pie. No me voy a sentar de nuevo—. ¿Puedo hablar contigo? A solas.
Ella suspira, pero se levanta.
—Ralph, cariño, ¿nos das un momento?
Él sonríe con esa sonrisa untuosa.
—Por supuesto. Voy a por más champán.
En cuanto estamos solas, lo suelto todo de golpe:
—No me gusta la manera en que Ralph me trata.
Ella parpadea.
—¿Cómo dices?
—Me… me mira de una forma muy rara. Me toca de manera inapropiada. Hace comentarios sobre mi cuerpo…
—Liz. —Ríe. De verdad se ríe—. Estás exagerando.
—No estoy exagerando. Mamá, me pone la mano en el muslo durante el almuerzo…
—Ralph es cariñoso. Es así. Lo estás malinterpretando.
—¡No lo estoy malinterpretando! —Mi voz sale más alta de lo que pretendía—. Sé perfectamente distinguir entre un gesto de cariño y… y esto.
Su cara se endurece. Esa expresión que conozco de sobra. El muro levantándose.
—Ya veo. —Voz glacial ahora—. Quieres arruinarme el matrimonio.
—¿Qué? ¡No! Solo…
—¿Crees que por ser joven y guapita puedes venir aquí a meterme estas ideas en la cabeza? —Se levanta, señalándome con el dedo—. Ralph me quiere. Me trata bien. Me da la vida que me merezco. No como tú, con tus celos y tus insinuaciones asquerosas…
—¿Celos? —No me puedo creer lo que estoy oyendo—. ¡Mamá, no quiero a tu marido! Lo que intento decirte es que me hace sentir incómoda…
—Porque te crees superior a mí. —Está gritando ya—. Siempre te lo has creído. Tú y tu abuela, con vuestras flores y vuestras poesías y vuestras ideas románticas tan estúpidas sobre la vida. Mirándome como si yo fuera… como si fuera menos, porque elegí la seguridad en vez de los sueños de cuento.
—Yo nunca he dicho eso…
—¡No hace falta que lo digas! ¡Se nota en cómo me miras! ¡En cómo juzgas mis decisiones! —Coge mi bolso y me lo tiende—. ¿Sabes qué? Creo que es mejor que te vayas. No quiero esto en mi cumpleaños. No quiero tu energía negativa arruinándome el día.
Me quedo paralizada. Procesando.
Me está echando.
—Mamá…
—Vete, Liz. —Señala la puerta—. Vuelve a tu tugurio. Húndete con él, si es lo que quieres. Pero no intentes arrastrar mi matrimonio contigo.
Las palabras son cuchillos. Cada una hundiéndose un poco más.
—Está bien. —Mi voz sale, sorprendentemente, en calma, mientras le cojo el bolso de la mano—. Feliz cumpleaños, mamá.
Salgo antes de que me vea llorar.
Ralph está en el pasillo. Sonriendo. Como si lo hubiera escuchado todo.
Seguramente sí.
—Hasta luego, Liz. —Se acerca, con la voz baja—. No seas así. Siempre serás bienvenida aquí.
Paso por su lado sin contestar. Bajo las escaleras. Salgo del edificio.
Y solo cuando estoy en la calle, sola, dejo que caigan las lágrimas.
La floristería parece más pequeña cuando estoy triste.
Cierro la puerta a mis espaldas y me apoyo en ella, deslizándome hasta quedar sentada en el suelo. El sitio está en silencio. Solo yo y las flores.
Y las deudas.
Porque mamá tiene razón, por mucho que duela admitirlo. La abuela no era buena con el dinero. Era buena con las flores, con la poesía, con hacer sonreír a la gente. Pero ¿las facturas? ¿Los impuestos? ¿La gestión financiera?
Dejó un agujero que no sé si soy capaz de tapar.
Miro a mi alrededor. Las paredes necesitan pintura. El suelo está desgastado. La nevera de las flores lleva semanas haciendo un ruido que no presagia nada bueno.
Todo se está cayendo a pedazos.
Igual que yo.
Quizás debería cerrar. Quizás debería ser práctica, realista, todas esas cosas que mi madre dice que tengo que ser.
Pero cuando miro la foto de la abuela en la pared —sonriendo en medio de las rosas que tanto quería—, no me imagino rindiéndome.
Ella no se habría rendido conmigo.
Mi móvil vibra.