Capítulo Uno #3
El sol está saliendo. Luz dorada que entra por las ventanas e ilumina su cara, su cabello rubio ahora seco y cayendo en ondas despeinadas. Está preciosa. Cansada, con ojeras, la ropa arrugada, pero preciosa de una manera natural que me desarma por completo.
—¿A qué hora es la boda? —pregunto.
—A las siete de la tarde.
—¿Vas a cargar todo esto sola?
—Tengo una furgoneta. Pequeña, pero funciona.
—Déjame ayudarte.
—Grant, ya has hecho demasiado…
—Quiero ayudar. —Y es verdad. No quiero que esto termine. No quiero volver a la realidad todavía—. Por favor.
Estudia mi cara. Buscando qué, no lo sé.
—De acuerdo. Pero primero vas a casa a descansar. Tienes pinta de que te vas a desmayar.
—Tú también.
—Yo vivo arriba. —Señala una escalera estrecha al fondo—. Me doy una ducha, duermo tres horas y estoy lista. ¿Tú?
Le doy la dirección. La anota en el móvil.
—¿Te paso a buscar a las cinco?
—Perfecto.
No lo es. Nada de esto lo es. Debería irme y no volver jamás. Ella es demasiado joven. Todo es demasiado complicado. Liz vive en un mundo completamente distinto al mío.
Pero cuando sonríe, nada de eso importa, y mi cuerpo reacciona de una manera que me avergüenza.
Las cinco de la tarde. Estoy frente a la floristería, con mi Audi negro, sintiéndome ridículo y nervioso como un adolescente.
Liz baja con la primera caja. Lleva un vestido sencillo y floreado que no debe de haber costado más de cincuenta dólares, pero que le sienta a la perfección. El cabello recogido en una coleta. Sin maquillaje. Preciosa.
—Puntual. —Sonríe—. Eso me gusta en un hombre.
La ayudo a bajar las cajas. Dieciocho en total. Mi coche nunca había llevado flores. Ahora va lleno de ellas.
La boda es en una finca a las afueras de la ciudad. Liz trabaja durante dos horas transformando un granero rústico en algo salido de una revista. Yo ayudo en lo que puedo, principalmente cargando cosas y alcanzando los lugares altos.
—Eres útil. —Se seca el sudor de la frente—. Deberías plantearte un cambio de carrera.
—Creo que me quedo con la medicina.
—Allá tú.
Cuando terminamos, el lugar es mágico. Flores por todas partes, luz suave, perfección.
—Eres increíble en esto —digo, con total sinceridad.
—Aprendí de la mejor. —Mira a su alrededor con satisfacción—. A mi abuela le habría encantado.
La novia llega para dar el visto bueno. Llora de felicidad. Abraza a Liz. Le paga el doble de lo acordado.
De vuelta a la ciudad, Liz está radiante.
—Esto. Es por esto que hago lo que hago. —Mira por la ventana con una sonrisa—. Hacer feliz a la gente. Crear belleza. Vale cada deuda, cada noche sin dormir.
Me detengo frente a la floristería. Debería dejarla bajar sin más. Darle las gracias. Irme.
Pero no puedo.
—Liz…
Se vuelve hacia mí sonriendo, y algo dentro de mí simplemente… se rinde.
La jalo hacia mí. Rápido. Un beso rápido, superficial, apenas un roce de labios antes de que la razón vuelva y me eche atrás.
Ella se queda completamente inmóvil. Ojos muy abiertos. Boca entreabierta.
Mierda.
—Perdona. —Me aparto más, pasándome la mano por el cabello—. Perdona, no debería haber… eso fue… —Sonrío, avergonzado, absurdamente avergonzado—. Completamente inapropiado.
Sigue mirándome. Procesando.
Debería irme. Ahora mismo.
Ya estoy alcanzando la manija cuando ella me jala de vuelta.
Y me besa.
De verdad esta vez.
No es superficial. No es educado. Es… Dios mío.
Abre la boca y me pierdo por completo. Las manos en su cabello, jalando, sintiendo la textura sedosa entre mis dedos. Ella gime contra mi boca y ese sonido… ese sonido debería ser ilegal.
Sus manos en mi cuello, arañando apenas, acercándome más. Nuestros cuerpos pegados, el espacio reducido del coche haciendo todo más intenso, más urgente.
Sabe a café y a algo dulce. Besa como si no hubiera un mañana. Como si esos casi veinte años de diferencia no importaran absolutamente nada.
Y quizás no importan.
Cuando nos separamos, los dos jadeamos. Ella está en mi regazo —no recuerdo haberla jalado hacia mí, pero ahí está—. Labios hinchados, ojos oscuros y dilatados, respiración acelerada.
—Vaya —susurra.
No puedo hablar. Solo la sostengo por la cara, intentando memorizar cada detalle.
—A cenar —logro decir por fin—. Mañana por la noche. Cena conmigo.
—¿A qué hora?
—¿A las nueve?
—Perfecto.
Baja del coche, se arregla el vestido, se pasa la mano por el cabello. Sigue mirándome como si yo fuera algo fascinante.
—Hasta luego, Grant Hamilton.
—Hasta luego, Elizabeth Ellis.
La observo hasta que desaparece por la puerta y sube las escaleras hacia el apartamento. Después me quedo ahí, en el coche parado, intentando entender qué diabos acaba de pasar.
Hace veinticuatro horas estaba perdiendo a un paciente, hundiéndome en la desesperación, convencido de que solo sé destruir cosas hermosas.
Ahora tengo sabor a flores en los labios y una cita con una mujer casi veinte años menor que yo, que usa la poesía como nombre para su floristería.
Nada de esto tiene sentido.
Absolutamente nada.
Pero cuando me toco los labios y todavía la siento ahí, no me importa.
Para nada.