Rechazada por el Doctor Capítulo Uno #2
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Capítulo Uno #2

—Encantada, Grant Hamilton. —Me tiende la mano con una formalidad ridícula, teniendo en cuenta que ya me ha vendado las heridas y que estamos rodeados de flores destrozadas a las tres y media de la madrugada—. Gracias por destruir mi trabajo y luego ofrecerte a arreglarlo.

Me río. De verdad. No recuerdo la última vez.

—Encantado, Elizabeth Ellis. Gracias por no denunciarme.

Trabajamos en silencio un rato. Ella pone música baja, algo indie que no reconozco. La lluvia sigue afuera, pero aquí dentro hace calor, huele a flores y a tierra mojada, y hay algo extrañamente apacible en cortar tallos y ordenar pétalos.

—¿Puedo preguntarte qué pasó? —Su voz es suave—. En el hospital.

Me detengo, el tallo en la mano.

—Perdí a un paciente.

—Lo siento.

—Yo también.

Silencio. Luego:

—¿Era joven?

—Cuarenta y dos años. Dos hijas. Tenía mi edad. —Vuelvo a cortar, con más brusquedad de la necesaria—. Insuficiencia cardíaca aguda. Intentamos un trasplante de emergencia, pero el cuerpo lo rechazó. Hicimos todo bien, seguimos todos los protocolos, pero…

—Pero su corazón se rindió.

La miro. Hay comprensión real en su mirada. No lástima. Comprensión.

—Sí.

—No fue tu culpa.

—Lo sé.

—Saber y creer son cosas distintas.

Me toca de lleno. Tiene toda la razón.

—¿Siempre eres así? —le pregunto.

—¿Así cómo?

—Sabia. Amable con desconocidos que te arruinan el trabajo.

Ríe, tomando un lirio y empezando a retirarle los estambres.

—Mi abuela siempre decía que la amabilidad no cuesta nada y puede salvarle la vida a alguien. —Pausa—. Además, no pareces peligroso. Pareces… triste.

—Triste.

—Agotado. Como si llevaras el peso del mundo encima. —Me mira de reojo—. ¿Cuántos años tienes, Grant Hamilton?

La pregunta me toma por sorpresa.

—¿Por qué?

—Curiosidad. Tienes cara de alguien que ha vivido mucho.

—Cuarenta y dos.

Suelta un silbido suave.

—Veinte años de diferencia.

Trago saliva. Ahí está. La realidad.

—Tú tienes…

—Veintiséis. Los cumplí el mes pasado. —No parece perturbada en lo más mínimo—. ¿Problema?

Debería serlo. Casi veinte años es… es toda una generación. Podría ser su padre. Soy lo suficientemente mayor como para haber vivido una vida entera antes de que ella naciera.

—Debería serlo —admito.

—¿Pero no lo es? —Arquea una ceja, desafiante.

—Todavía no lo sé.

—Bien. —Vuelve al trabajo—. Me avisas cuando lo decidas. Mientras tanto, ayúdame con estas hortensias.

Y así seguimos. Pasan las horas. Preparamos café fuerte y malo en su cafetera vieja.

Comemos galletas que saca de una lata abollada.

Hablamos de todo y de nada: ella me cuenta lo de su abuela, lo de heredar la floristería y las deudas, lo de intentar mantener vivo un sueño que quizás sea demasiado grande para ella.

Yo le hablo de la medicina, de la presión de salvar vidas, de cómo a veces siento que no soy humano, apenas un par de manos y conocimiento técnico.

Y, claro está, no le cuento nada personal, nada de mi desastrosa vida amorosa, la que me hizo perder la fe en el amor y no querer ninguna relación seria con ninguna mujer en los últimos años.

Solo sexo. Ese es mi credo ahora. Soy el tipo de hombre que necesita sexo.

Que necesita un cuerpo femenino para devorar y saciar, pero nada serio.

Ya no. Y, evidentemente, mis instintos llevan un rato gritándome que Elizabeth Ellis bien valdría la pena ser adorada con mis manos, con mis labios, pero una parte sensata de mi cerebro me dice que ella no es para mí.

No para lo que necesito. Tomar y partir.

Además, tiene edad para ser mi hija. Eso me descoloca.

Nunca he sido de los que se interesan por chicas tan jóvenes.

—Eres humano —dice ella con firmeza, sacándome del ensimismamiento—. Los humanos se equivocan. Los humanos se cansan. Los humanos necesitan flores detrás de la oreja de vez en cuando.

Toco la rosa que todavía sigue ahí, milagrosamente intacta.

—Esto es ridículo.

—Es encantador.

—Tengo cuarenta y dos años.

—¿Y qué?

—Y que los hombres de cuarenta y dos años no llevan flores detrás de la oreja.

—Este sí. —Sonríe, volviendo a los arreglos—. Además, te queda bien. Contrasta con todo ese… peso.

—¿Qué peso?

—Ese aire de «cargo el mundo sobre mis hombros y no puedo permitirme mostrar debilidad». —Imita una postura rígida, con el ceño fruncido—. Muy estoico. Muy serio.

—Soy cirujano. Tengo que ser serio.

—No a las cuatro de la madrugada en una floristería armando ramos. Aquí puedes ser simplemente… Grant.

Simplemente Grant.

¿Cuándo fue la última vez que fui simplemente Grant? No el doctor Hamilton. No el jefe del departamento. No el brillante cirujano. Solo… yo.

No lo recuerdo.

A las seis de la mañana, terminamos. La floristería parece un jardín, con arreglos por todas partes, cada uno más bonito que el anterior. Lirios y rosas, hortensias y peonías, todo perfectamente equilibrado.

—Tienes talento para esto. —Liz contempla mi trabajo con aprobación—. Las manos de cirujano también sirven para las flores.

—Para intentar no destrozarlas, querrás decir.

—Lo hiciste genial. —Bosteza, estirando los brazos—. Gracias. En serio. Salvaste mi boda.

—¿Tu boda? —levanto una ceja, sorprendido y… ¿decepcionado?

—La boda que voy a decorar. —Ríe—. No estoy tan loca como para casarme. Todavía.

Todavía.

La palabra queda suspendida entre nosotros.