Capítulo Treinta y Uno
MACKENNA
El reloj de péndulo del salón marca las doce y tres minutos de la noche cuando un chasquido seco resuena fuera de la casa, seguido de un silbido eléctrico agudo.
Al segundo siguiente, la electricidad muere.
Todas las luces de la casa principal se apagan de golpe y sumergen la casona de piedra en una oscuridad impenetrable.
Los aparatos de mi madre sueltan dos pitidos de emergencia antes de que las baterías auxiliares asuman el ritmo en silencio.
Hasta el zumbido del motor de los generadores automáticos del patio trasero, que deberían haber entrado en funcionamiento en tres segundos, simplemente no existe.
Los han cortado. Sabotaje.
El aire de mis pulmones se hiela al instante. El instinto visceral de supervivencia toma el control absoluto de mis músculos; no hay sitio para el temblor, no hay sitio para el pánico.
Me muevo en la penumbra como una sombra ligera.
En el cuarto infantil, saco a Sophie de la cuna con un movimiento firme y silencioso.
Mi niñita gruñe, adormilada, pero la aprieto contra mi pecho mientras cruzo el pasillo hacia la suite principal.
Allí, tras el falso panel de roble, está la habitación del pánico que Trevor mandó blindar con acero balístico y con suministro independiente de oxígeno.
Dejo a Sophie en la pequeña cuna acolchada del suelo del compartimento, la tapo con su manta de lana y le beso la frente sudorosa con labios firmes:
—Quédate quietecita, mi amor. Mamá está aquí.
Cierro el primer cerrojo de acero por fuera y me vuelvo hacia el cuarto de al lado.
Tommie ya está de pie en el centro de la habitación de mi madre, con los hombros anchos contraídos y las dos manos aferradas al mango de una llave inglesa pesada que ha traído del taller.
Sus ojos almendrados brillan en la oscuridad, empañados de tensión, pero su cuerpo es una muralla protectora frente a la cama de doña Helena.
—Kenna... se ha apagado todo —susurra con la voz grave y atragantada, con el pecho subiendo y bajando deprisa—. Es el hombre malo, ¿verdad?
—Es él, Anthony —digo en un susurro cortante e innegociable, sujetando los hombros de mi hermano con la fuerza justa para obligarlo a mantener la postura firme—.
Escucha bien lo que te voy a decir ahora: te quedas aquí dentro.
Echa el cerrojo doble por dentro. Si alguien llama pidiendo que abras, a menos que sea la voz de Trevor, no abres.
Si alguien intenta forzar esta madera, usas esa llave con toda la fuerza que tengas en los brazos. ¿Lo has entendido, Tommie?
Se traga el llanto, asiente con un movimiento seco de la cabeza ancha y aprieta el metal:
—Yo protejo a mamá. Nadie la toca, Kenna.
—Buen chico —susurro, dando un paso atrás y tirando de la pesada puerta de madera maciza.
El doble clic del cerrojo interior suena como una sentencia definitiva.
Mi familia está a resguardo. Ahora solo queda la depredadora.
Voy hasta la encimera de la cocina de puntillas, con los pies descalzos, deslizando los dedos sobre el cajón de los cuchillos hasta encontrar la hoja más larga y afilada, de acero damasco.
El metal frío es pesado y sólido en mi mano derecha.
Apoyo la espalda en la pared de piedra del pasillo que da al salón principal, respirando despacio por la nariz, esperando al monstruo en la oscuridad.
TRAVIS
El agua de la lluvia me resbala por el pelo empapado, pegándome mechones sucios a la frente y escociéndome en los ojos inyectados de sangre.
El guardaespaldas que patrullaba la parte trasera ni siquiera tuvo tiempo de sacar la pistola de la funda táctica.
Me acerqué por detrás, aprovechando el ruido ensordecedor de los truenos sobre el tejado de zinc, y descargué la barra de hierro macizo con las dos manos directamente sobre su nuca.
El sonido del hueso al quebrarse quedó amortiguado por la tormenta.
El hombre cayó al barro como un saco de arena sin huesos.
Le quité el cuchillo táctico de combate de hoja serrada que llevaba sujeto al cinturón y mandé de una patada su arma corta al monte. Aún no quiero usar el revólver; los disparos llaman demasiado la atención desde la carretera. Quiero oír cómo se les detiene la respiración, despacio.
Subo a trompicones los escalones de piedra del porche trasero.
El efecto de las pastillas mezcladas con el bourbon me hierve en las arterias como aceite en llamas. La mandíbula me tiembla en espasmos incontrolables, con una risa histérica y descompasada tirándome de los labios resecos por el frío.
Están a oscuras. He apagado el corazón de esta casa desgraciada.
Miro a través de la gran puerta de cristal doble del salón. Todo lo de dentro es una mancha de sombras profundas y de silencio fúnebre.
—Trevor te ha dado un palacio, ¿verdad, pelirroja? —murmuro al cristal, con la voz saliéndome en un gruñido áspero, desfigurada por la locura—. ¡Un rancho precioso... mientras yo duermo con ratas y putas en San Antonio!
No pierdo el tiempo buscando manillas. Levanto la barra de hierro con los dos brazos y golpeo el centro del panel de cristal templado con un alarido salvaje.
El estruendo es brutal.
Miles de esquirlas gruesas de cristal explotan hacia el interior del salón y llueven sobre el entarimado. Le doy una patada al marco de aluminio retorcido y piso los cascos puntiagudos con las suelas embarradas de mis botas, invadiendo la casona como una peste desbocada.
La lluvia entra tras de mí y moja las caras alfombras de Trevor.
Cambio la barra de hierro por el cuchillo militar en la mano derecha, sujetando la hoja a la altura de la cintura con los nudillos blancos de la fuerza. Mis ojos barren las sombras densas del amplio salón, buscando la silueta de la mujer que me arrancó la vida:
—¡Sal, Mackenna! —berreo, y el sonido arañó las paredes de piedra como garras de acero—. ¡Tu príncipe cirujano no está aquí para salvarte! ¡Se acabó la comedia de la familia feliz! ¡Vamos a ajustar cuentas ahora mismo!