Rechazada por el Doctor Más Despiadado de Texas Capítulo Diecisiete
55%

Capítulo Diecisiete

MACKENNA

El viento cortante de la madrugada me azota el rostro mojado mientras me bajo del último autobús de la línea de las afueras. Mis piernas avanzan por la calle de tierra apisonada como si fueran de plomo puro.

El sonido del plástico de las pruebas crujiendo bajo la suela pesada de la bota de Trevor sigue resonando en mi mente como un disparo a quemarropa.

Aquella mirada gélida, cargada de odio ciego y de repugnancia absoluta, arrancó hasta el último pedazo de la mujer enamorada e ingenua que fui hasta hace pocas horas.

Solo queda una carcasa entumecida por el dolor, sostenida por el instinto más primitivo que existe: proteger la vida diminuta que late, silenciosa y frágil, bajo la palma de mi mano pegada al vientre.

Cuando doblo la esquina de mi calle, un nudo helado me aprieta el estómago.

Dos todoterrenos negros, de cristales blindados y motor silencioso, están aparcados de forma invasiva sobre la acera de gravilla, frente a nuestra valla de madera. Los faros delanteros encendidos en luz baja rasgan la oscuridad del barrio humilde con la imponencia de depredadores al acecho.

Dos hombres de traje oscuro, hombros anchos y facciones talladas en piedra están plantados junto a la puertecilla chirriante del porche.

Acelero el paso, con el terror ahogando lo que quedaba de mi llanto:

—¿Qué hacéis en la puerta de mi casa? —exijo, con la voz ronca y trémula, pero cargada de desesperación—. ¡Apartaos de mi verja! ¡Mi madre está enferma ahí dentro!

El más alto, con una cicatriz fina que le cruza la ceja izquierda, da medio paso al frente sin mostrar la menor prisa. Saca las manos de los bolsillos de la americana y me mira con el desprecio burocrático de quien cumple una orden de limpieza.

—¿Señorita Mackenna Scott? —su tono es bajo, cortante y desprovisto de todo calor humano.

—¡Responde a lo que te he preguntado! ¿Quién os ha mandado?

El otro guardaespaldas da un paso lateral y bloquea con su cuerpo macizo el acceso al porche:

—La señora Gloria Kallahan-Cross tiene un recado muy claro para usted, señorita. Y sería prudente que lo escuchara con mucha atención si quiere preservar lo que le queda de familia.

El nombre de aquella víbora cae sobre la acera como veneno concentrado. El corazón se me dispara contra las costillas, en puro pánico. Mi madre postrada. Tommie.

—Ya ha conseguido lo que quería... —susurro, con los dientes castañeteando de frío y de pavor—. Trevor me ha echado. Se ha creído el montaje enfermizo de Travis. ¡Se acabó todo! ¿Qué más quiere esa mujer de mí?

El hombre de la cicatriz saca una carpeta negra de cuero del interior de la chaqueta y la abre bajo la luz amarillenta de la farola:

—La señora Kallahan-Cross no deja cabos sueltos, señorita Scott.

Aquí tenemos una notificación extrajudicial lista para presentarse en la Fiscalía al amanecer.

Una denuncia formal por estafa y fraude contra la administración de la fundación hospitalaria, por uso indebido de recursos del cupo de caridad.

La detendrán en menos de cuarenta y ocho horas.

—¡Esto es una locura! ¡Trevor autorizó hasta el último céntimo de las medicinas de mi madre! Él firmó...

—El doctor Kallahan-Cross no firmó nada formalmente en la fundación, señorita —lo corta el hombre con una frialdad despiadada—.

Y, después del escándalo de esta noche, no moverá un dedo para defender a una mujer a la que considera una traidora repugnante.

Además, tenemos ya encargados los informes periciales de asistencia social.

Si insiste en quedarse en esta ciudad o intenta contactar de nuevo con la familia, se emitirá contra su hermano, Anthony Scott, una orden de incapacitación e ingreso forzoso.

El aire huye de mis pulmones de golpe. Se me nubla la vista y el suelo gira bajo mis pies:

—¿Ingresar... a Tommie?

—Un psiquiátrico público estatal en el norte de Texas —replica el hombre, guardando la carpeta con un clic metálico definitivo—. Sabe perfectamente cómo funcionan esos sitios para jóvenes con su condición. El chico no duraría ni seis meses encerrado en una de esas celdas.

Me llevo las manos a la cabeza, sofocando un grito de horror desgarrador que me quema la garganta.

No tienen límites. No tienen alma. A Gloria Kallahan-Cross no le ha bastado con romperme el corazón y tirarme al barro a los pies de su hijo; está dispuesta a triturar a mi hermano vulnerable y a meterme en una penitenciaría estatal solo para asegurarse de que no vuelva a respirar el mismo aire que su corte de oro.

—Tienen hasta la salida del sol para vaciar esta casa y desaparecer del condado de Harris —la voz del hombre suena como una sentencia de muerte ejecutada en susurros—.

Un billete solo de ida lejos de Texas. Si mañana a las ocho hace falta una sola denuncia, vendrá la policía a llevársela a usted y los funcionarios de sanidad se llevarán al chico. Elija con sabiduría, señorita Scott.

Los dos hombres dan media vuelta, suben al primer todoterreno y cierran las puertas blindadas con un golpe amortiguado. El coche da marcha atrás con suavidad y se detiene en la esquina, vigilando la calle como buitres posados en lo alto.

Entro en casa a trompicones, echo el cerrojo y apoyo la espalda en la madera contrachapada, deslizándome hasta el suelo frío. Lloro en silencio durante dos minutos, mordiendo la manga de la blusa hasta notar el sabor de la sangre en la boca para no despertar a mi madre.

Han ganado. De momento, el dinero y el poder sucio han ganado. Pero no pienso permitir que le pongan las manos encima a mi hermano.

Me limpio la cara con el paño de cocina con movimientos rápidos y brutales. No hay tiempo para el duelo. No hay tiempo para el dolor.

Saco del trastero del cuartito del fondo dos maletas viejas de tela desgastada y empiezo a meter las mudas de ropa de mi madre y las medicinas de rescate que quedan.

Doña Helena sigue durmiendo pesado, sedada por la última inyección que me puso aquel médico desgraciado antes de destruirme.

Llamar a una ambulancia clandestina para trasladarla hasta la estación de autobuses me costará hasta el último céntimo de los ahorros que escondo en el colchón, pero no tengo elección.

Cuando entro en el cuartito de Tommie para recoger sus camisetas y sus abrigos, la puerta se abre despacio.

Mi hermano está de pie bajo el marco, frotándose los ojitos almendrados hinchados de sueño.

Lleva el pijama de franela azul desteñido y aprieta contra el pecho el camioncito de plástico amarillo y la miniatura pesada del tractor de hierro fundido, el regalo exclusivo que Trevor le trajo del rancho y le puso en las manos hace unos días.

—¿Kenna? —susurra con su vocecita arrastrada, mirando las maletas abiertas sobre la cama y la ropa esparcida por el suelo—. ¿Por qué estás metiendo mis camisetas en la maleta grande? ¿Nos vamos de vacaciones?

Me trago el llanto, que me sube como cristal molido por la garganta.

No puedo contarle la verdad. No puedo decirle que el hombre al que idolatraba, el médico gigante que le enseñó a mirar las estrellas y lo llamaba «compañero», nos ha tirado a la cuneta llamando bastardo asqueroso al hijo que llevo en el vientre.

Destrozaría para siempre el corazón puro de mi hermano.

Me arrodillo frente a Tommie sobre la madera gastada del suelo, sujetándole los bracitos tibios con las manos trémulas:

—Es un viaje, cariño... nos vamos a mudar —intento forzar una sonrisa suave, pero la voz me vacila en cada sílaba—. Nos vamos a un sitio muy tranquilo, en el campo... lejos del ruido de la ciudad. Le irá mucho mejor a la espalda de mamá y tú tendrás un patio enorme de hierba verde para correr.

Tommie abre los ojos y parpadea, confuso. Mira las maletas, luego la ventana, donde los faros de los coches de los guardaespaldas aún iluminan la valla, y un temblor infantil empieza a apoderarse de sus labios gruesos:

—Pero... ¿y el hospital, Kenna? ¿Y la doctora de la piscina de bolas? ¿Y el cole?

—Buscamos otro cole allí, Tommie. Uno mucho más bonito.

Baja los ojos hacia el tractorcito de hierro fundido que tiene en sus manos regordetas, acariciando las ruedas de goma con el pulgar. Dos lágrimas gruesas y silenciosas le resbalan por las mejillas redondas:

—¿El amigo Trevor viene con nosotros? —la pregunta sale en un hilo de voz quebrada que corta el aire del cuartito como un cuchillo afilado—.

Lo prometió, Kenna. Promesa de meñique de hombre, ¿te acuerdas?

Dijo que me iba a llevar a montar en el tractor grandote de su rancho y que nunca más nos iba a dejar solos en la oscuridad... ¿va en el mismo autobús que nosotros?

El dolor de mi pecho es tan lacerante, tan físico y aplastante, que tengo que clavarme las uñas en el muslo para no gritar de agonía delante de mi hermano.

El monstruo prometió cuidar de él. Hizo juramentos de honor a un chico con síndrome de Down mientras planeaba desecharme al primer soplo de sospecha.

Atraigo a Tommie hacia mis brazos con una fuerza desesperada y entierro mi rostro en su pelo castaño mientras él empieza a sollozar alto contra mi cuello, apretando el juguete de hierro contra mis costillas.

—No viene, cariño... —susurro, con las lágrimas empapándole el pijama y la voz hecha pedazos, pero firme como una roca esculpida por el odio y la supervivencia—.

El amigo Trevor tiene mucho trabajo en el hospital...

no puede venir con nosotros. Pero yo estoy aquí. Yo nunca te voy a dejar, Tommie. Nunca.

—¡Pero es mi mejor amigo, Kenna! —llora Tommie, aferrado al tractor de hierro, con el cuerpecito sacudido por sollozos dolorosos—. El amigo Trevor prometió cuidarnos... ¿por qué no quiere venir con nosotros? ¿Por qué?

Cierro los ojos con fuerza, sintiendo cómo las lágrimas se secan bajo la furia gélida que se apodera de mi sangre.

Miro la maleta cerrada en el suelo. Miro el vientre plano que alberga al heredero al que el despiadado doctor Trevor Kallahan-Cross ha aplastado bajo su bota.

—Porque no lo necesitamos, Anthony. Solo nos necesitamos a nosotros mismos.

Levanto a mi hermano del suelo, le seco las lágrimas con el puño de la manga y cierro la cremallera de la última maleta justo en el instante en que los primeros rayos pálidos del alba empiezan a cortar el horizonte de Texas.