Capítulo Once #2
—Nadie te humilla, Mackenna —murmura, con la boca pegada a la curva de mi mandíbula y los dientes mordisqueándome la piel sensible del cuello con una posesividad que me hace arquear la columna entera—. Nadie toca lo que es mío y sale impune. Ni el puto de mi hermano.
—Trevor... —suplico, clavando las uñas en las solapas de su camisa de vestir y tirando de la tela hasta que dos botones de nácar saltan por el suelo del despacho.
La adrenalina de la pelea del vestíbulo se transforma en puro fuego desbocado dentro de esa sala cerrada con llave. Es una pasión volcánica, primitiva, sin el menor espacio para delicadezas ni defensas.
Trevor me sube el bajo de la falda vaquera hasta la cintura de un tirón brusco, y sus manos bajan con urgencia febril a los lados de mis bragas de encaje sencillo.
Rompe el elástico sin paciencia y lanza la tela fina lejos.
Cuando sus dedos grandes y expertos se deslizan hasta mi entrada y encuentran mi humedad desbordada y caliente como una brasa, suelta una maldición sucia y gutural contra mis labios:
—Tan mojada para mí... después de haber estado a punto de ver sangre en el vestíbulo, estás empapada así por mí, pelirroja.
—¡Cállate y fóllame ya, desgraciado arrogante! —grito sin ningún pudor, descarada, tirándole del pelo oscuro de la nuca para pegar mi boca a la suya en un mordisco voraz que mezcla el sabor de mi pintalabios con la ferocidad de su rabia.
Trevor se desabrocha el cinturón con un tintineo metálico desesperado, baja la cremallera del pantalón de sarga y saca un preservativo del bolsillo interior de la americana, tirada en el suelo a su lado.
Rasga el envoltorio con los dientes, desliza el látex en tres segundos de precisión ciega y, sin esperar un suspiro más, empuja la cadera de una sola vez hasta la raíz dentro de mí.
El grito que se me escapa de la garganta resuena en las altas paredes del despacho ejecutivo.
Es enorme, despiadado y grueso, y llena cada milímetro de mi interior con una fuerza que me hace ver estrellas en el techo pintado de aquel hospital.
Mis paredes internas se contraen alrededor de su miembro en espasmos desesperados de bienvenida, y Trevor cierra los ojos con una expresión de dolor y placer casi insoportable.
—Mía... —ordena con la voz ronca, empezando a marcar un ritmo hondo, pesado y devastador que hace crujir la pesada mesa de caoba contra el suelo a cada embestida brutal—. Eres mi chica, Mackenna. Para que todo el mundo lo vea. Para que todo este puto hospital lo sepa.
Se hunde con cada golpe, retirándose casi hasta la punta para volver a desgarrar mi calor con embestidas fuertes y acompasadas que me dejan sin aliento y sin suelo.
Mis piernas se cruzan alrededor de su ancha espalda, con los talones clavados en sus lumbares para atraerlo aún más hondo.
Nuestras pieles chocan con chasquidos húmedos y rítmicos.
Trevor lleva la mano derecha a mi cuello, sujetándome el rostro mientras baja la boca a mi escote abierto, y me muerde el pezón por encima de la tela fina de la blusa hasta hacerme retorcer entera sobre la mesa.
—Ya no hay sombras, Mackenna —jadea entre besos feroces, acelerando las embestidas hasta una velocidad que roza la locura—.
Ya no hay apartamento escondido, ya no hay encuentros a oscuras en una carretera desierta.
Eres mi novia. Y quien quiera derribarme por eso tendrá que pasar por encima de mi cadáver.
Esas palabras se me clavan en el alma más hondo que el propio sexo.
El alivio, la pasión y la rendición total estallan dentro de mí con la violencia de un alud.
Mi vientre se contrae en espasmos incontrolables de un clímax arrollador que me hace gritar su nombre contra el cuero de su hombro, bañando mi intimidad en calor puro.
Al sentir las paredes de mi cuerpo ordeñando su miembro con fuerza convulsa, Trevor suelta un rugido ronco, me aprieta las nalgas con las dos manos hasta dejarme marcas profundas y da cuatro embestidas finales salvajes, descargando toda su simiente dentro del preservativo, con la frente clavada en mi escote y el cuerpo entero estremeciéndose bajo la fuerza de su propia redención.
Nos quedamos tirados sobre la madera de aquella mesa de dirección durante largos minutos.
El aire acondicionado sopla contra nuestros cuerpos empapados de sudor.
Nuestros pechos pegados suben y bajan con la misma cadencia descompasada, y el silencio de la sala pesa como una calma sagrada tras la tormenta más brutal de Texas.
Trevor separa despacio el rostro de la curva de mi cuello. Sus dedos me limpian una lágrima caliente que me ha resbalado por la sien sin que me diera cuenta.
Me mira a los ojos con ese azul tormenta que ya no tiene nada de frialdad, solo una devoción absoluta, sombría e irrefutable.
Se deshace del preservativo con cuidado quirúrgico, me baja la falda cubriéndome las piernas y me sienta en su regazo, abrazando mi cuerpo cansado contra su pecho desnudo, donde los latidos de su corazón rugen firmes y fuertes.
Una media sonrisa cansada, irónica y cargada de un desafío absoluto al mundo curva los labios marcados del cirujano.
Me besa en lo alto de la cabeza pelirroja con una ternura casi dolorosa y murmura pegado a mi oído:
—Eres mi chica ahora, Mackenna. Oficialmente. Y que Dios nos libre de la furia de Gloria Kallahan-Cross.