Capítulo Doce
GLORIA
El zumbido suave del aire acondicionado central del ático de la Fundación Kallahan-Cross es lo único que rompe el silencio de mi despacho.
Desde aquí, en la planta veinte, con los ventanales panorámicos asomados al distrito financiero de Houston, la ciudad entera parece una maqueta insignificante hecha de bloques de cristal y de hormigas atareadas.
Exactamente como debería verse a la gente: desde arriba.
Mis dedos, de uñas impecablemente esmaltadas en color burdeos, tamborilean sobre la madera pulida de mi escritorio de ébano.
Frente a mí, Travis está tirado en uno de los sillones de cuero italiano, con una bolsa de hielo apretada contra el lado izquierdo de la mandíbula, donde la hinchazón amoratada y los puntos de la mejilla cuentan la historia vergonzosa de la tarde de ayer.
—¡Me pegó delante de todo el mundo, mamá!
—Travis escupe las palabras con dificultad, con la dicción arrastrada por el dolor y el odio puro—.
¡Trevor casi me rompe la mandíbula en mitad del vestíbulo del hospital!
¡Y todo por esa zorra pelirroja de los Scott!
¡Ha declarado delante de recepcionistas y de personal de limpieza que ella es su mujer!
Siento un pinchazo helado que me baja por la base de la nuca.
Trevor. Mi hijo perfecto. Mi primogénito, moldeado por mí desde la cuna para llevar la corona de la familia más rica y respetada de la medicina de este estado. El hombre brillante que heredé de mi difunto marido y que convertí en la joya de mi corona.
¿Levantarle la mano a su propio hermano por una cualquiera? ¿Rebajarse al nivel de un animal desbocado ante la plebe hospitalaria?
Pulso el botón del interfono de bronce:
—Cynthia, tráeme ahora mismo el dosier de la familia Scott.
Treinta segundos después, la secretaria ejecutiva entra con la cabeza gacha, deja sobre mi mesa una carpeta de tapa beige y sale sin atreverse a respirar fuerte.
Abro el informe con movimientos lentos, controlados y metódicos.
La foto grapada en la primera hoja muestra el rostro arrugado y abatido de Helena Scott, seguida de un extenso informe de espondiloartrosis lumbar severa con incapacidad motora progresiva.
En la página siguiente, la ficha de seguimiento multidisciplinar de Anthony Scott, dieciséis años, con trisomía del cromosoma 21.
Y, en la última hoja, como responsable legal y financiera de la inscripción en el cupo de gratuidad social de la Fundación Kallahan-Cross: Mackenna Scott.
Una camarera de restaurante. Una chica miserable de veintitrés años, con las manos callosas de la fritura y la ropa de rastrillo, cuya familia entera come las migajas que caen de la mesa de mi fundación filantrópica.
La sangre que corre por mis venas me arde de pura y enfermiza repulsión.
Mi Trevor... el hombre más codiciado por las herederas más nobles de Texas, acostándose con la beneficiaria de la caridad de la familia.
¿De verdad cree esta criaturita insolente que podía usar sus ojos verdes y su pelo color fuego para enlazar a mi niño?
¿Que podía meter sus pies descalzos y llenos de tierra de la periferia dentro de mi dinastía?
La obsesión que tengo con la trayectoria de mi hijo no admite manchas. Ninguna rata de alcantarilla va a tocar mi patrimonio ni a robarme la devoción del hombre que engendré para ser grande.
—Estudia en un community college de tres al cuarto que se cae a pedazos, mamá —sigue Travis, alimentando el horno, con los ojos brillando de una venganza mezquina—.
Trevor está ciego. ¡Se llevó a su hermano mongólico a tomar helado a nuestra cafetería privada!
Imagínate la vergüenza si esto llega a los accionistas.
—Cállate, Travis —lo corto con una voz gélida que hace tragar saliva incluso a mi hijo pequeño.
Cojo mi pluma estilográfica Montblanc con detalles en oro blanco. Con trazos firmes, anchos y crueles, escribo en mayúsculas en lo alto de la ficha de Helena Scott y de Anthony Scott:
CANCELACIÓN SUMARIA DE PRESTACIÓN SOCIAL POR REESTRUCTURACIÓN ADMINISTRATIVA DE PLAZAS. ALTA HOSPITALARIA INMEDIATA Y REVOCACIÓN DE TODO ACCESO A LAS TERAPIAS DE LA FUNDACIÓN.
Firmo con mi nombre completo justo debajo, sin que me tiemble un milímetro: Gloria Kallahan-Cross, Presidenta del Patronato.
Cierro la carpeta con un golpe seco que suena a sentencia de muerte.
—¿Quieres ver cómo se aplasta a una pordiosera sin mancharse los puños, Travis?
—miro a mi hijo pequeño con una sonrisa fina y desprovista de todo calor humano—.
Le cortas el oxígeno por donde respira. A ver si esa chica sigue con la lengua tan afilada cuando su madre esté gritando de dolor en el suelo y su hermanito no tenga adónde ir.
MACKENNA
El día ha amanecido con un cielo azul y limpio sobre Houston, pero en mi pecho aún arde el eco de la noche anterior.
Mis labios todavía conservan la dulce hinchazón de los besos de Trevor, y toda mi piel parece marcada a hierro por la urgencia con que me tomó sobre aquella mesa de caoba.
Por primera vez en meses, me he bajado del autobús llevando de la mano a Tommie sin ese peso asfixiante sobre los hombros.
«Eres mi chica ahora, Mackenna. Oficialmente».
La frase aún resuena como un escudo protector contra el mundo.
—¿Hoy toca la piscina de bolas en fisioterapia, Kenna? —pregunta Tommie, emocionado, dando saltitos mientras cruzamos la entrada del ala benéfica del hospital. Lleva puesta su mejor camiseta azul y abraza contra el pecho la mochila raída con los cuadernos de dibujo.
—Hoy toca el circuito de equilibrio, cariño. Si lo haces todo bien, a la vuelta pasamos por la panadería —prometo, sonriendo y revolviéndole el pelo castaño.
Camino con paso ligero hasta el mostrador de recepción de la fundación para recoger las hojas de atención de la sesión de Tommie y la autorización para retirar los medicamentos de alivio de mi madre.
La encargada de turno no es la joven simpática que suele atenderme, sino una señora de mediana edad con gafas de montura gruesa y una postura incómodamente rígida.
—Buenos días. Vengo a recoger la ficha de Anthony Scott para logopedia y la autorización del cupo de fisioterapia a domicilio de Helena Scott —digo, entregando los documentos plastificados sobre la encimera de granito.
La mujer teclea el número de historial en el sistema.
Sus ojos recorren la pantalla del ordenador y, al segundo siguiente, se queda helada.
Aprieta los labios en una línea fina, me mira de arriba abajo con una mezcla incómoda de lástima y frialdad burocrática, y me devuelve los documentos empujándolos hacia mi lado del mostrador.
—La atención a su familia está suspendida, señorita Scott.
El aire desaparece de mis pulmones de golpe.
—¿Qué? ¿Cómo que suspendida? ¡Mi madre tiene sesión de rehabilitación mañana y Tommie tiene cita ahora, a las nueve y media! Tiene que haber algún error en su sistema.
—No hay ningún error —responde la recepcionista, con la voz mecánica e impersonal—.
La ficha de Helena Scott y la matrícula terapéutica de Anthony Scott se han cancelado esta mañana.
El motivo registrado es la reestructuración de plazas prioritarias de la fundación.
Ya no forman parte del programa de amparo social de la institución.
El suelo parece abrirse bajo las suelas de mis zapatillas viejas.
—¿Reestructuración de plazas? —mi voz sube una octava, trémula de puro pánico.
Varias personas de la sala de espera giran la cabeza para mirar—.
¡Mi madre apenas puede dar tres pasos sin que se le bloquee la espalda!
¡Depende de ese tratamiento para no quedarse completamente paralizada en la cama!
¡Y mi hermano necesita el seguimiento para no perder el desarrollo motor que le ha costado dos años conseguir!
¡No pueden echar a dos pacientes a la calle sin previo aviso!
Tommie se agarra al bajo de mi blusa, asustado por mi tono de voz. Sus ojitos almendrados se llenan de lágrimas al notar la tensión:
—¿Kenna? ¿He hecho algo mal? ¿Ya no puedo jugar al flamenco en la sala de la doctora?
—No, cariño... no has hecho nada mal, nada —me agacho frente a él tres segundos, sujetándole la cara redonda con las manos, que me tiemblan sin control. Le beso la frente para calmarlo, pero el corazón me late en la garganta como una campana en llamas.
Me levanto de un salto, clavando las uñas en el mostrador de recepción:
—¡Exijo hablar con la trabajadora social responsable! ¡Quiero ver la orden administrativa que ha cancelado el tratamiento de mi familia! ¡Ahora mismo!
La encargada suspira con impaciencia, pero la insistencia furiosa de mis ojos la hace dudar. Imprime una carátula del sistema interno y la desliza por debajo del cristal protector:
—La orden no ha venido de asistencia social, señorita. Ha venido del patronato superior. No cabe recurso administrativo contra esta decisión.
Cojo la hoja con los dedos entumecidos de frío.
Mis ojos recorren desesperados las líneas formales del comunicado de baja, hasta detenerse en el pie del documento. Hay una anotación a mano, en tinta burdeos espesa, con una caligrafía elegante, aristocrática e implacable:
Cancelación sumaria y revocación inmediata de todo acceso.
Gloria Kallahan-Cross — Presidenta del Patronato.
La sangre huye de mi rostro de golpe y me deja completamente mareada.
GLORIA.
La madre de Trevor. La matriarca del clan.
Ya lo sabe. Se ha enterado de lo mío, de lo nuestro, y no ha necesitado ni veinticuatro horas para asestar el golpe más cobarde, bajo y destructivo que nadie podría concebir.
No me ha atacado a mí directamente. Ha apuntado a la espalda rota de mi madre postrada y al cerebro puro de mi hermano de dieciséis años.
Está usando la vida y la salud de quienes más quiero para recordarme quién soy: una pordiosera que se atrevió a tocar a su hijo de oro.
—¿Señorita? Tiene que dejar libre el mostrador para el siguiente paciente —la voz de la recepcionista corta el zumbido ensordecedor de mis oídos.
Miro el papel arrugado bajo mis nudillos blancos. Miro a Tommie, encogido a mi lado con el camioncito de plástico en la mano, llorando bajito sin entender por qué se han cerrado para siempre las puertas de la sala donde su amigo Trevor lo hacía reír.
Una oleada de desesperación y de humillación sofocante intenta tirarme de rodillas allí mismo, en medio de aquel mármol lujoso. Pero, bajo el dolor desgarrador, el fuego de mi lengua afilada y de mi orgullo de mujer empieza a arder en brasas vivas.
¿Se creen que pueden jugar con la vida de mi familia y salir impunes?
Aprieto la mano de Tommie con una fuerza inquebrantable, doblo la orden de expulsión firmada por esa víbora y me la meto en el bolsillo del pantalón.
Esta vez no voy a llorar a escondidas en el baño.