Capítulo Once
TREVOR
Acabo de salir del ascensor privado en la planta baja tras una reunión tensa con el consejo financiero, ajustándome el nudo de la corbata de seda bajo la bata blanca, cuando el ruido de un altercado en el vestíbulo central corta la rutina pulida del hospital.
Los médicos adjuntos se han quedado parados a mitad del pasillo. Los residentes cuchichean apoyados en las columnas de mármol. Cerca de las puertas automáticas de cristal, una voz arrastrada, llena de sorna y de un veneno familiar, resuena demasiado alta para ignorarla:
—¡No seas ridícula, Mackenna! ¿Quién te crees que eres para hacerte la que no me conoce? ¿Piensas que porque te han colado en el cupo de caridad de este hospital puedes andar por aquí con la cabeza bien alta?
La sangre de mis sienes se hiela antes de hervir como plomo fundido.
Reconozco el tono arrogante antes incluso de ver la chaqueta de cuero italiano de doscientos mil dólares. Travis.
Mi hermano pequeño está plantado en medio de la recepción de mármol, con las piernas abiertas en postura de pijo contrariado. Con la mano derecha agarra el antebrazo de Mackenna con tanta fuerza que tiene los nudillos blancos.
Ella lleva una blusa sencilla de algodón verde, una falda vaquera gastada y el bolso raído de lona colgado al hombro. Mackenna intenta zafarse con violencia, pero Travis tira de ella para acercarla más, invadiendo su espacio con una prepotencia asquerosa:
—¡Me debes explicaciones, paleta descarada! ¿Tú te crees que puedes humillarme delante de todo el mundo y pasearte por el hospital de mi familia como si fueras la dueña de algo? ¡No eres más que una aprovechada de carretera que ha venido a chuparle las arcas a nuestra fundación!
Una empleada de recepción retrocede un paso, sin saber si llamar a seguridad privada contra el hijo de la dueña de la institución.
Pacientes del ala privada contemplan la escena con sonrisas de desprecio apenas disimulado, cuchicheando sobre la chica humilde a la que un heredero legítimo pone por fin en su sitio.
En ese preciso milisegundo, cualquier resto de control, de civismo médico o de prudencia dinástica que he cultivado durante treinta y ocho años se convierte en ceniza en el aire.
El animal protector y territorial que duerme en el fondo de mi alma rompe sus jaulas con la violencia de un tren de mercancías descarrilado.
Salvo la distancia que nos separa en zancadas largas, pesadas y asesinas. Mis zapatos de cuero restallan contra el suelo como disparos de escopeta. Los residentes se apartan despavoridos al ver la expresión de mi cara.
Antes de que Travis pueda abrir la boca para soltar una sola palabra sucia más, mi mano izquierda se cierra sobre su nuca como una tenaza de hierro macizo.
Arranco a mi hermano hacia atrás de un tirón brutal, y sus dedos se sueltan del brazo de Mackenna como si les hubieran quemado.
El cuerpo esbelto de Travis pierde el equilibrio, tropieza con sus propias piernas, pero no le permito caer al suelo.
Lo sujeto por la solapa de la chaqueta cara y lo levanto en el aire hasta que las puntas de sus botas apenas rozan el mármol.
—¡¿Trevor?! —Travis suelta un jadeo ahogado, con los ojos desorbitados de la impresión al reconocerme.
No le doy tiempo de respirar.
Mi puño derecho se cierra, denso y pesado, y viaja por el aire en una línea recta y despiadada.
El golpe estalla contra el lateral de su mandíbula con un chasquido seco y nauseabundo de cartílago y dientes entrechocando.
La mandíbula de Travis cruje con violencia.
El impacto le lanza la cabeza hacia un lado con tanta fuerza que un grueso hilo de sangre salpica la moqueta clara de la entrada.
—¡Doctor Kallahan! —grita a lo lejos uno de los jefes de cirugía, aterrado ante semejante quiebra del decoro en el vestíbulo principal.
Ignoro la voz. Ignoro el hospital entero. Presiono el antebrazo contra el pecho de Travis y lo empujo contra la columna de carga con una fuerza que hace crujir el hormigón bajo mi presión. Mi respiración sale corta, pesada, casi inhumana de odio:
—La has tocado —escupo cada palabra directamente en la cara pálida de mi hermano, mientras él gime con las manos en la mandíbula desfigurada por el golpe—. Has puesto tus zarpas sucias y blandengues sobre la mujer que he elegido, dentro de mi hospital, delante de todo el mundo.
Travis tose sangre, con el veneno narcisista intentando resistir incluso bajo el terror:
—Ella... ella es una estafadora, Trevor... una pordiosera que se me ofreció...
Mi mano le aprieta la garganta y le corta el oxígeno con una presión que le hace saltar las lágrimas, con la desesperación de quien está a punto de desmayarse:
—Cierra tu puta boca inmunda antes de que te rompa el resto de los huesos aquí mismo —gruño, y mi voz resuena con tanta autoridad que los guardias de seguridad que se acercaban se detienen a cinco pasos, paralizados por el peligro evidente—.
Si vuelves a mirar a esta mujer, si pronuncias el nombre de Mackenna o si pones un pie en cualquier instalación bajo mi mando, Travis, olvidaré que nuestra madre te parió y enterraré lo que quede de tu cuerpo donde nadie vuelva a encontrarlo.
Lo suelto del cuello con un empujón seco. Travis se desploma sentado en el suelo, gimiendo de dolor con la mano en la mandíbula hinchada y sangrante, humillado ante decenas de miradas atónitas.
—Sáquenme a este gusano de delante y llamen a una patrulla si intenta resistirse —ordeno a los guardias de seguridad privada, sin dignarme volver a mirar al suelo.
Giro el cuerpo despacio. El vestíbulo entero está en un silencio sepulcral. Nadie respira. Las recepcionistas se tapan la boca con las manos; los médicos adjuntos clavan la vista en el suelo, aterrados por la furia del jefe del departamento.
Camino hasta donde está Mackenna, con el pecho subiendo y bajando descompasado y el brazo marcado por el agarre violento de Travis.
Miro a los ojos a cada empleado, a cada paciente de traje y a cada médico que se haya atrevido a alimentar chismes venenosos sobre ella estos últimos días. Mi voz resuena clara, grave, cortante e incuestionable, retumbando por las altas paredes del Kallahan-Cross Memorial:
—Para que no quede duda alguna a ninguna persona que trabaje o respire bajo este techo: esta mujer se llama Mackenna Scott.
No es beneficiaria de ningún favor, no acepta migajas de nadie y es mi mujer.
Cualquier falta de respeto, cualquier susurro o cualquier insinuación contra ella la trataré como una agresión directa a mi persona y a mi posición en esta institución.
Cierro mis dedos largos alrededor de la muñeca de Mackenna con firmeza posesiva, pero sin hacerle daño, y la atraigo a mi costado:
—Tú te vienes conmigo.
MACKENNA
El sonido de la puerta doble de roble macizo cerrándose a nuestras espaldas es el único ruido capaz de perforar la tormenta ensordecedora que ruge dentro de mis oídos.
El cerrojo gira con un clic metálico definitivo. Estamos dentro del despacho de la jefatura de Neurocirugía Pediátrica, ese mismo santuario de caoba, estanterías de cuero y cristaleras panorámicas donde todo empezó, con mi hermano y un bolígrafo de titanio.
Las piernas me flaquean tanto que necesito apoyarme en el borde pesado de la mesa de trabajo para no desplomarme. El shock todavía me recorre las venas como agujas eléctricas.
Ha pegado a su hermano.
Le ha roto la mandíbula a un heredero Kallahan-Cross en mitad del vestíbulo principal.
Me ha llamado «su mujer» delante de decenas de testigos.
Ese médico frío, intratable, aristocrático hasta la médula de los huesos y aferrado a las apariencias como a un dogma sagrado...
ha tirado sin más la reputación de su linaje a la basura para protegerme de un canalla.
El escándalo va a barrer los periódicos y los clubes de Houston antes de que acabe la tarde.
Y él no ha dudado ni una fracción de segundo.
Junto a la puerta, Trevor se arranca la bata blanca empapada de tensión y la tira sobre el sofá con un movimiento violento.
El traje a medida está descolocado, la corbata torcida y el pelo oscuro le cae sobre la frente sudorosa.
Respira como un toro que acaba de salir de una arena sangrienta.
Los nudillos de su mano derecha están enrojecidos, con la piel desgarrada por el impacto contra el hueso de la mandíbula de Travis.
—¿Te ha hecho daño? —La voz de Trevor corta el aire como un látigo tenso, con los ojos azules dilatados por un hambre y una adrenalina salvajes que hacen que mi bajo vientre se contraiga en un espasmo instantáneo de calor.
Da tres zancadas largas, reduciendo la distancia entre nosotros a polvo, y me sujeta el antebrazo con un cuidado reverente, examinando la piel enrojecida donde apretaron los dedos de Travis.
—No... no me ha hecho daño —susurro, con la voz quebrándoseme en la garganta.
Miro su pecho ancho agitándose frente a mi rostro, su boca dura y manchada de furia, y siento cómo me traga entera una oleada de shock, sorpresa y puro éxtasis—.
¿Has perdido la cabeza, Trevor? ¿Sabes lo que acabas de hacer ahí abajo?
¡Has destrozado tu imagen pública! ¡Era tu hermano!
—¡Que se joda mi imagen y que se joda ese desgraciado! —ruge, con la voz ronca vibrando con una intensidad que me hace temblar las costillas.
Trevor no me da tiempo a pensar. Sus dos manos grandes y callosas se cierran sobre mi cintura con una fuerza casi brutal, me levantan del suelo como si no pesara nada y me tumban de espaldas sobre la superficie pulida de su monumental mesa de caoba.
Informes de alta, bolígrafos de lujo e historiales vuelan a la alfombra oscura con el impacto de mi cuerpo.
El contraste de la caoba fría contra mis muslos y el calor sofocante del cuerpo de Trevor, que se encaja con ferocidad entre mis piernas abiertas, me arranca un gemido agudo y sin pudor. Apoya las manos abiertas en la madera, una a cada lado de mi cadera, y me aprisiona bajo su peso macizo.