Rechazada por el Doctor Más Despiadado de Texas Capítulo Siete
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Capítulo Siete

TREVOR

El líquido ámbar me baja rasgándome la garganta mientras contemplo, sin ver, el cristal de la ventana panorámica, tragada por la niebla fría que se arrastra sobre los pinos de Conroe a las cuatro de la madrugada.

Miro por encima del hombro. En el amplio sofá de cuero oscuro, bajo la manta de cuadros que le eché por encima, Mackenna duerme boca abajo.

Un mechón espeso de pelo rojo le cae sobre la curva pálida del hombro desnudo, salpicado de las pecas que he memorizado centímetro a centímetro en las últimas horas.

Su respiración es mansa, profunda, con el pecho subiendo y bajando en una paz que no existe en ninguna habitación en la que yo haya puesto un pie en los últimos treinta y ocho años.

Las bragas de encaje rotas siguen tiradas en la alfombra, junto a mis zapatos de cuero. La piel de mi pecho todavía me escuece donde sus uñas me marcaron con una ferocidad sin vergüenza.

Pero la adrenalina se ha esfumado. Y lo que queda en el silencio de la madrugada es la realidad cruda, fría y asfixiante de mi mundo.

Kallahan-Cross.

Ese apellido no es solo una firma en lo alto de una receta ni la marca de un hierro candente en el ganado de los pastos de Texas; es una máquina de triturar reputaciones.

El consejo de administración del hospital se reúne el miércoles que viene para votar mi nombramiento definitivo como presidente ejecutivo de la red.

Si la prensa texana o los accionistas conservadores huelen que el heredero primogénito anda enredado con una camarera de veintitrés años cuya familia sobrevive de los donativos de la fundación social... el escándalo será devastador.

Y luego está Gloria.

Solo con pensar en el nombre de mi madre, me llega a la boca un sabor amargo y metálico.

Mi madre no conoce límites cuando se trata de mantener el control sobre mí.

Trata mi carrera como un monumento propio y mi vida personal como una extensión de sus ambiciones dinásticas.

Si Gloria descubre la existencia de Mackenna, no se limitará a intentar separarnos; cazará a esa chica, removerá la vida miserable de los Scott, suspenderá los tratamientos de su madre en la fundación y mandará a la policía a su chabola sin pestañear.

No puedo permitir que eso ocurra. Pero, mirando la curva de la cadera de Mackenna bajo la sábana, sé con una certeza aterradora que tampoco soy capaz de dejarla marchar.

Suelto el aire despacio y dejo el vaso de whisky en la encimera. La solución quirúrgica y lógica se dibuja en mi mente con claridad pragmática: discreción absoluta.

Unos pasos suaves crujen en la madera a mi espalda.

Me vuelvo. Mackenna está de pie, envuelta en la manta mullida hasta las axilas, con los pies descalzos, blancos contra el entarimado oscuro. El pelo le cae voluminoso alrededor del rostro adormilado, y los iris verdes parpadean contra la luz tenue del aplique.

—¿Trevor? —La voz le sale ronca de sueño y de los gemidos de anoche—. ¿Qué hora es? ¿Por qué estás despierto ahí, a oscuras?

Apoyo las caderas en el borde de la encimera de granito y cruzo los brazos sobre la camisa blanca, todavía desabrochada. Me pongo mi máscara habitual de control, la misma que me pongo antes de abrirle el cráneo a un paciente terminal.

—Las cuatro y veinte. A estas horas no llega aquí ningún Uber; le diré al capataz que prepare una pickup para llevarte antes de que amanezca.

Ella frunce el ceño, y el calor de sus ojos cede ante una punzada sutil de extrañeza.

—¿A qué viene tanta prisa? ¿Va a venir alguien?

—No va a venir nadie —respondo con firmeza metódica—.

Pero tenemos que dejar claras algunas cosas antes de que cruces esa puerta, Mackenna.

Lo que ha pasado aquí esta noche... ha sido extraordinario.

Sabes lo que me has provocado. Pero tenemos que ser adultos y afrontar los hechos de cómo funcionan las cosas fuera de esta propiedad.

Se detiene a dos pasos de mí, sujetando la manta con firmeza contra el pecho. El sueño desaparece de golpe, sustituido por esa postura atenta y defensiva de quien ya ha aprendido a esperar lo peor de la vida.

—¿Cómo funcionan las cosas, Trevor? Sé directo.

Respiro hondo, escogiendo las palabras con una frialdad cuidadosa:

—Soy un hombre de treinta y ocho años, jefe del departamento quirúrgico más influyente del estado y heredero directo de un conglomerado multimillonario.

Mi familia es un nido de víboras dispuestas a saltar a la menor señal de debilidad, y mi madre, en especial, vive para controlar cada movimiento mío.

Si lo nuestro llega a la sociedad o a la prensa, las crueles convenciones de este estado convertirán tu vida y la de tu familia en un infierno en la tierra.

Mackenna no parpadea. Su barbilla empieza a elevarse, milímetro a milímetro.

—¿Adónde quieres llegar con esta charla corporativa?

—Quiero seguir contigo —digo, avanzando un paso y bajando el tono de voz para hacerlo más persuasivo—.

Quiero volver a verte. Muchas veces. Podemos usar este rancho, o puedo alquilar un apartamento reservado en el centro de Houston, con toda la comodidad y la seguridad.

Nos veríamos por las noches, sin reproches, sin etiquetas, sin el peso del mundo de ahí fuera estorbándonos.

Como amantes. En secreto. Nadie tiene por qué saberlo, nadie sale herido y tenemos exactamente lo que queremos el uno del otro.

El silencio que se instala en la sala es tan denso y gélido que parece congelar el humo en el aire.

Por una fracción de segundo, veo cómo salta una chispa de decepción cruda en el fondo de sus ojos verdes. Pero dura apenas un parpadeo. Lo que viene después es pura pólvora ardiendo.

MACKENNA

Sus palabras me entran por los oídos y me bajan por la garganta como ácido sulfúrico concentrado.

Amantes.

En secreto.

Un apartamento en el centro.

La sangre me ruge en las sienes con tanta fuerza que el sonido del viento en los pinos de fuera desaparece por completo.

El cuerpo que hace unas horas temblaba bajo el mío, gimiendo mi nombre como si yo fuera la única salvación de su alma, está ahora ahí plantado, con las piernas abiertas en postura de mando, ofreciéndome un contrato de concubina de lujo como si me estuviera haciendo un generoso favor.

Se me escapa de la garganta una risa fría, afilada y desprovista de cualquier humor.

—¿Qué pasa? —pregunta, juntando las cejas oscuras en un gesto de disgusto por mi reacción—. Estoy siendo realista, Mackenna. Te estoy protegiendo...

—¿Protegiéndome? —Doy un paso hacia él, con la voz baja, pero cargada de un veneno tan puro que veo cómo se le tensa la mandíbula—. No me estás protegiendo de nada, doctor Kallahan-Cross. Estás protegiendo tu vidita perfecta y almidonada de heredero cobarde.

—Mackenna, mide tus palabras...

—¡No mido nada! —rujo, soltando la manta con una mano para clavarle el dedo índice, en alto, en el pecho desnudo.

La punta de mi uña se hunde en su carne rígida y lo hace retroceder medio centímetro por puro reflejo—.

Te pasas la noche entera de rodillas entre mis piernas, llamándome hechizo, devorándome como un animal famélico, ¿y cuando el sol amenaza con salir te conviertes en este cobarde encorbatado que se muere de miedo de lo que pensará su mamaíta?

—¡Esto no tiene nada que ver con el miedo a mi madre!

¡Tiene que ver con preservar mi nombre y con tu seguridad!

—replica, con la voz subiendo de tono por primera vez, el pecho ancho agitado mientras sus ojos azules chispean de irritación—.

¡No tienes ni idea del poder que tiene Gloria, chica! Si te pone los ojos encima...

—¡Pues que me los ponga! ¡No le tengo miedo a una mujer rica con tacones!

—le escupo en la cara, con el rostro en llamas y las lágrimas de humillación tragadas por mi furia voraz—.

¡El que tiene miedo eres tú! Treinta y ocho años a la espalda, casi dos metros de estatura, mandas sobre cientos de médicos con mano de hierro, ¡pero no eres más que un perrito amaestrado que esconde lo que siente bajo la alfombra para no perder la asignación ni la palmadita en la espalda de la alta sociedad texana!

Trevor da un paso rápido hacia delante y me sujeta la muñeca en el aire con fuerza posesiva:

—¡No soy un cobarde, joder! ¡Estoy intentando encontrar la manera de tenerte sin destruir tu vida por el camino!

Tiro del brazo con tanta violencia que la piel me arde y le arranco la muñeca de los dedos.

—¡No me vas a tener de ninguna manera, Trevor!

—grito, y el sonido rebota en las altas vigas de madera del techo—.

¿Qué te creías? ¿Que porque vivo en la periferia, porque mi madre necesita la caridad del hospital de tu familia y porque trabajo sirviendo mesas en un restaurante iba a aceptar ser tu secretito sucio?

¿Que me quedaría encerrada en una jaula de oro esperando a que tuvieras un hueco entre tus brillantes operaciones para venir a follarme a oscuras?

—No es eso lo que quería decir...

—¡Es exactamente lo que has dicho! —Le doy la espalda y marcho a paso duro hasta el sofá.

Recojo mi blusa de algodón del suelo y me la meto por la cabeza de un tirón brusco, sin importarme que durante dos segundos esté desnuda delante de él.

Me subo los vaqueros por las piernas y me abrocho la cremallera con las manos temblorosas de pura rabia—.

Puedo ser pobre, doctor Kallahan-Cross. Puedo contar los céntimos para comprar medicinas y tener las manos callosas de fregar suelos de grasa.

Pero tengo una cosa que tu dinero podrido nunca podrá comprar: decencia y dignidad.

—Mackenna, deja de comportarte como una loca y siéntate aquí a hablar como una adulta —ordena, con la voz ahora cortada por una nota de pánico que intenta enmascarar a toda costa con autoridad.

Camina hacia mí con las manos abiertas, intentando contenerme—.

¡No puedo presentarte mañana en una cena benéfica, y lo sabes!

—¿Y quién ha dicho que yo quiera pisar esas cenas fútiles y llenas de falsedad?

—Me calzo las zapatillas viejas de un tirón, cojo del suelo mi bolso de lona gastado y me giro para mirarlo una última vez.

Los ojos me arden en llamas verdes—. Yo te quería a ti, Trevor.

Quería al hombre que se sentó en el suelo con mi hermano y lo trató como a un ser humano.

Pero ese hombre no existe. Solo queda este pelele rico y miedoso que se avergüenza de la persona que se acuesta en su cama.

Se queda clavado en mitad de la sala, como si le hubieran dado un culatazo en la sien. Las líneas duras de su rostro se contraen en una expresión de impacto y de dolor genuino.

—Mackenna... espera.

—No te acerques a mí —aviso, retrocediendo hasta la puerta de roble macizo y girando el pomo con fuerza—.

Si esto era lo que tenías que ofrecerme, la respuesta es nunca.

No volveremos a vernos. Y si vuelves a poner un pie en el restaurante o cerca de mi casa, gritaré para que toda la ciudad se entere de la clase de canalla que eres.

Abro la puerta de golpe. El aire gélido y húmedo de la madrugada me da en la cara como una bofetada reconfortante y disipa el olor a sexo y a humo que aún impregna mi ropa.

—¡Ahí fuera está oscuro, la carretera tiene kilómetros de tierra hasta la autovía! —Trevor viene detrás y se detiene en el umbral del porche, descalzo y con la camisa abierta al viento—. ¡Deja que mande a un chófer a llevarte, al menos eso!

—¡Prefiero morirme congelada en el barro de esta carretera antes que respirar el mismo aire que tú un segundo más!

Cierro de un portazo la puertecilla de madera del porche con un estruendo sordo y bajo los escalones con paso firme.

Me interno en la oscuridad del camino de tierra, sintiendo cómo las piedras puntiagudas me atraviesan la suela fina de los zapatos y cómo las primeras lágrimas calientes me lavan por fin las mejillas, sin mirar atrás ni una sola vez.