Rechazada por el Doctor Más Despiadado de Texas Capítulo Seis
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Capítulo Seis

MACKENNA

La pantalla de mi móvil roto se enciende sobre la encimera de la cocina a las siete de la tarde, mientras ayudo a Tommie a recoger los lápices de colores.

El número no lo tengo guardado, pero el mensaje es corto, seco y rebosa una arrogancia que reconocería en cualquier rincón de Texas:

T.K.C.

Ni una petición educada. Ni una explicación. Solo la orden cifrada y las tres iniciales clavadas al final.

—No voy a ir —murmuro al vacío de la cocina, tirando el aparato al bolso raído—. Ni aunque se congele el infierno.

Me paso las dos horas siguientes repitiéndomelo.

Me lo repito mientras baño a mi madre y la ayudo a meter sus piernas débiles en la cama adaptada.

Me lo repito mientras le pongo a Tommie el plato de gachas y espero a que se duerma con su cochecito de plástico en la mano.

Me lo repito hasta que el reloj de la pared marca las ocho y cuarto.

A las nueve en punto, el coche del VTC frena sobre la gravilla gruesa.

Cuando me bajo, el viento de la noche trae un olor fresco a pino y a tierra apisonada.

Miro la construcción monumental que se alza ante mí y el estómago se me cae a los pies: aquello no es solo una finca rural; parece una urbanización privada de lujo, con vallas de madera noble iluminadas, estatuas de caballos en bronce y una casa inmensa levantada con vigas rústicas y enormes paños de cristal.

—Solo has venido hasta aquí para decirle a ese desgraciado que te deje en paz —me repito en voz baja para calmar el temblor de las rodillas—. Solo para eso.

Subo los tres escalones del porche y toco el timbre con la mano helada.

Dos segundos después, la puerta de roble macizo se abre hacia dentro. Y todo el discurso ensayado se me muere en la garganta.

Trevor está de pie bajo la luz cálida del recibidor.

No lleva la bata impecable ni el traje a medida de ejecutivo.

Solo una camisa de lino blanco con los primeros botones desabrochados, que deja ver la piel morena y el arranque de un pecho ancho, definido, cubierto de vello oscuro; un pantalón de sarga negro desabrochado en la cintura y los pies descalzos sobre la madera rústica.

El pelo oscuro, revuelto, desgreñado, como si se hubiera pasado los dedos por él docenas de veces, de pura frustración.

Trago saliva. El bajo vientre se me contrae con tanta fuerza que siento una punzada casi dolorosa de calor entre las piernas. Sé, con una claridad aterradora, que ya estoy perdida.

Antes de que pueda retroceder, su mano grande y áspera me rodea la muñeca con firmeza. Tira de mí hacia dentro de un tirón rápido, cierra la pesada puerta con el talón y me acorrala contra la madera lisa del marco.

Su calor es una hoguera. Trevor baja la cabeza con urgencia, buscando mi boca, pero yo giro la cara en el último segundo, y su respiración pesada y caliente me quema la mejilla. Me escurro bajo su brazo, me libero y me alejo dos pasos temblorosos.

—No he venido para esto —disparo, con una voz más trémula de lo que mi orgullo querría admitir.

Se queda clavado en el sitio, respirando hondo por la nariz. Sus manos suben despacio y se hunden en el pelo ya revuelto, tirando de los mechones con exasperación.

—¿A qué has venido, entonces? —pregunta, y su voz grave y ronca rompe el silencio de la casa inmensa.

Me clavo las uñas en la palma para anclarme:

—Tenemos que hablar.

Trevor suelta un suspiro pesado, mirando al techo una fracción de segundo antes de devolverme esos iris azul tormenta.

—Yo tampoco te he llamado para eso —confiesa, y la voz le baja una octava, cruda, desarmada—. Es solo que te pongo los ojos encima y me vuelvo irracional.

Su declaración me cae en el pecho como una llamarada. Se me corta la respiración; el aire parece desaparecer de la sala.

—¿Por qué me has hecho venir, entonces? —pregunto, con la voz convertida en un susurro quebrado.

Resopla una risa corta, amarga y sin humor, y da un paso lento hacia mí:

—No lo sé. —Otro paso, calmado, deliberado, con la majestuosidad de un depredador que sabe que no hay escapatoria—. Somos distintos, Mackenna.

—En tantos niveles... —termino yo, notando cómo mi espalda topa con el borde de mármol de la barra de bebidas del salón.

Da otro paso y cierra el espacio que nos separa:

—Esto nunca funcionaría.

—Nunca.

Otro paso más. Ahora está a pocos centímetros. Su olor a jabón amaderado, café y pura testosterona me envuelve como una niebla densa.

—Pero es que no soy capaz de mantener las manos ni la boca lejos de ti.

—Trevor... —mi cuerpo se encoge un poco contra la barra, con la boca seca y el corazón martilleándome las costillas.

—Y quiero follarte otra vez —suelta, sin ningún filtro, y la crudeza de sus palabras me sube la sangre en llamas hasta las orejas—. Pero no te tocaré si tú no me dejas.

Me quedo inmóvil, pegada a la piedra fría de la barra, con las piernas flojas y las bragas empapándose sin remedio mientras tiemblo ante este nuevo enfoque. No me intimida con su poder ni me fuerza como en el hospital. Se está desnudando ante mí.

—Y, si yo fuera tú, me iría ahora mismo —continúa, dando el último paso, milimétrico.

Su respiración, caliente y entrecortada, me golpea los labios entreabiertos.

Los ojos oscuros y hambrientos de Trevor no parpadean, clavados en mi boca.

Apoya la frente en la mía con un cuidado reverente.

Sus brazos siguen inmóviles a los lados del cuerpo, con los puños apretados con tal fuerza que veo cómo se le marcan los tendones de los antebrazos por el esfuerzo absurdo de contenerse.

—Dios, Mackenna. Dime que puedo besarte —suplica en un murmullo ronco, con el pecho ancho temblándole bajo el lino blanco—. ¡Por favor!

La última barrera de mi orgullo se desmorona hecha polvo. Ante esa súplica sincera del hombre más despiadado del estado, me entrego por completo.

Me pongo de puntillas y rozo sus labios con los míos, casi con timidez.

Trevor

Ese roce tímido e incierto de su boca es la chispa que arroja una cerilla encendida al barril de pólvora de mi cordura.

El control que he intentado mantener a toda costa se resquebraja como un cristal fino. Mis brazos se disparan solos, rodean la cintura suave de Mackenna con una voluptuosidad brutal, la arrancan del suelo y pegan su cadera con violencia contra mi entrepierna palpitante.

Mi boca invade la suya sin una pizca de clemencia.

Tomo sus labios con hambre animal, profundizo el beso con la lengua, succiono, muerdo con la fuerza justa para arrancarle un gemido ronco y ahogado de la garganta.

Mackenna entrelaza las piernas alrededor de mis caderas mientras camino con ella a ciegas hasta el amplio sofá de cuero del salón.

—Trevor... —jadea cuando bajo los besos por su mandíbula fina, mordisqueando la piel sensible de la garganta, que huele a jabón dulce y a puro hechizo.

La tumbo sobre la tapicería oscura. Mis dedos le arrancan la blusa por la cabeza y la lanzan al suelo antes de concentrarme en el cierre de aquel sujetador de encaje sencillo.

Cuando la tela cede y sus pechos se derraman libres ante mí, llenos, erguidos, con las aréolas rosadas y los pezones ya duros de pura excitación, el aire huye de mis pulmones.

Las pecas esparcidas por su escote y sus hombros me marean.

Ninguna mujer en toda mi vida me había provocado semejante tormenta en la sangre.

—Me has hechizado, pelirroja del demonio —murmuro contra la piel suave de su vientre.

Bajo la cabeza y me meto uno de sus pechos en la boca. Mi lengua gira alrededor del pezón henchido antes de tirar de él con fuerza hacia dentro, succionando, mordisqueando la punta rígida con una voluptuosidad desbocada, mientras mi mano aprieta y moldea el otro con firmeza posesiva.

Mackenna arquea toda la espalda sobre el sofá y suelta un gemido agudo y sin pudor, hundiéndome los dedos en el pelo con tanta fuerza que podría arrancarme las raíces.

—Dios... Trevor, sí... —suplica, con el pecho agitado mientras alterno mi boca voraz entre los dos pezones, dejándolos brillantes de saliva y dolorosamente sensibles al roce del aire fresco del salón.

Tiro de la cinturilla de sus vaqueros con una impaciencia brutal, bajo la cremallera y arrastro la tela por sus piernas largas y perfectas junto con las bragas húmedas, y lo lanzo todo a un rincón de la alfombra.

Está completamente desnuda bajo la luz cálida del aplique. Sus piernas se abren sin vacilar, con el descaro escrito en esos iris verdes, dilatados de hambre cruda.

—Pues demuéstrame cuánto te he hechizado, doctor —me desafía, con la respiración entrecortada, clavándome las uñas en el antebrazo—. Deja de hablar y hazlo.

Un gruñido me desgarra la garganta. Pero, en lugar de cubrir su cuerpo de inmediato, me deslizo hacia abajo y caigo de rodillas en el suelo, entre las piernas abiertas de Mackenna.

Recorro con las manos grandes sus muslos suaves y los abro aún más, hasta que su cadera queda en el borde del asiento, expuesta del todo para mí.

El olor a mujer, a deseo concentrado y a esa humedad abundante me golpea de lleno. Su clítoris está hinchado, brillante del líquido viscoso que le resbala por la hendidura rosada.

—Mira lo que me haces, mujer —gruño bajo, antes de hundir la cara directamente en su sexo.

La primera lamida es larga, firme y lenta, y sube desde el fondo hasta la punta henchida. Mackenna suelta un grito ahogado que resuena en las vigas del techo, y sus piernas se cierran, rígidas, en torno a mis hombros anchos.

No tengo aquí ninguna prisa quirúrgica; tengo voracidad.

Meto la punta de la lengua en la entrada estrecha y caliente, probando el sabor salado y dulzón de su excitación, antes de subir y succionar su clítoris con una firmeza implacable.

Uso la boca, los labios y la presión exacta de la lengua para volverla loca.

Con una mano, le meto dos dedos gruesos y largos de un empujón profundo, estirando sus paredes mientras mi lengua marca un ritmo enloquecedor sobre la punta expuesta.

—¡Trevor! No... para... ¡joder, Trevor! —suplica, ondulando contra mi boca, con la cabeza golpeando el cojín de cuero mientras las caderas se le elevan en espasmos desesperados.

No intenta fingir recato. Mackenna gime alto, sin vergüenza, empujando el sexo contra mi lengua como si quisiera fundirse con mi cara. Los dedos dentro de ella encuentran el punto exacto de la pared anterior, curvándose en un ritmo implacable, y en pocos segundos su cuerpo se tensa como un arco.

El orgasmo la golpea con la fuerza de una descarga de alto voltaje.

Las paredes internas de Mackenna aplastan mis dedos con una violencia convulsa, y un chorro caliente de humedad me baña la mano y la barbilla mientras grita mi nombre, deshaciéndose en temblores que sacuden cada músculo de sus piernas.

Me relamo los labios con su fluido al incorporarme, con los ojos en llamas, viendo cómo su pecho lleno sube y baja sin control.

Aún palpitando de agonía por el clímax brutal, me meto la mano en el bolsillo del pantalón de sarga y saco el pequeño envoltorio metalizado de un preservativo.

Rasgo el plástico con los dientes y desenrollo rápido el látex sobre mi erección latiente y absurdamente rígida.

Puede que esté loco, ciego de lujuria, pero proteger a Mackenna es una ley innegociable grabada a fuego en mi cerebro.

Me arrodillo en el sofá y alineo mi cuerpo con el suyo mientras ella aún se estremece bajo las oleadas del orgasmo. La sujeto con firmeza por la cintura, apoyo la punta de mi polla en su entrada empapada y me hundo de una sola embestida lenta, densa y despiadada.

—Joder... —la cabeza se me va hacia atrás, con la mandíbula apretada en el dolor y el placer indescriptible de abrirme paso por aquel calor.

Está tan caliente, tan estrecha y tan empapada que la sensación parece abrasarme la punta.

La presión de sus paredes alrededor de mi polla es casi asfixiante, ordeñando cada milímetro que invade su interior.

Mackenna suelta un jadeo ronco contra el hueco de mi cuello, clavándome las uñas en la espalda desnuda mientras sus piernas se cruzan sobre mi cintura y me encierran en lo más hondo de ella.

—Mírame —ordeno con la voz ronca por el esfuerzo, sujetándole la barbilla con firmeza mientras retiro la cadera y empiezo a embestir con fuerza, hondo, pesado y acompasado—. Mira a tu dueño, pelirroja.

Mackenna abre los ojos, empañados de lujuria.

No hay sumisión; hay fuego, complicidad y el mismo hambre salvaje que me consume.

Eleva la cadera al encuentro de cada embestida mía y cabalga de vuelta contra mí con una furia deliciosa.

Cada acometida hace crujir el cuero del sofá y chocar nuestra piel con chasquidos húmedos que llenan el salón en silencio.

Le sujeto los dos muslos en alto, apoyando el peso en los antebrazos para entrar cada vez más hondo, alcanzando ese punto sensible que le hace poner los ojos en blanco. Mi boca vuelve a bajar a sus pechos, mordiendo el pezón henchido mientras la cadera trabaja sin tregua, bruta e insaciable.

—Trevor... más fuerte... ¡no pares! —suplica, con las uñas desgarrándome la carne, entregada del todo a la tormenta.

Acelero el ritmo hasta un compás devastador.

Sus paredes empiezan a palpitar y a atenazar de nuevo mi miembro en un segundo clímax violento.

El calor de su presión es insoportable; siento cómo se me derrite la columna.

Agarro con las dos manos su trasero suave, me entierro hasta la raíz y embisto tres veces con toda la fuerza de mi cuerpo, gruñendo su nombre contra su cuello mientras me vacío por completo en el preservativo, en el espasmo más arrollador que he sentido en mi vida.

Me desplomo sobre ella durante largos segundos, con el peso del torso sostenido en los codos para no hacerle daño, los dos pechos pegados, subiendo y bajando al mismo ritmo frenético. El sudor me resbala por la frente y gotea en la curva de su clavícula.

Con cuidado meticuloso, me aparto despacio, me retiro el preservativo, le hago un nudo seguro al látex y lo tiro a la papelera lateral. Cojo la manta de lana del respaldo del sofá, cubro su cuerpo, que aún tiembla de agotamiento, y me tumbo a su lado.

Atraigo a Mackenna hacia mi pecho hasta que su cabeza pelirroja descansa sobre mi corazón desbocado. Hunde el rostro en la curva de mi cuello, sin intentar apartarse, con el aliento caliente serenándose poco a poco contra mi piel.

Y por primera vez en treinta y ocho años, en el silencio oscuro de aquel rancho, entiendo lo que significa estar irremediablemente perdido, y completamente esclavizado, por una mujer.