Rechazada por el Doctor Más Despiadado de Texas Capítulo Cinco
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Capítulo Cinco

MACKENNA

Froto la esponja contra el borde grasiento de la plancha del restaurante con tanta fuerza que el metal chirría. El olor a lejía y a fritanga me quema las fosas nasales, pero el dolor muscular de los brazos no se acerca ni de lejos a la humillación que me corroe el pecho desde ayer por la tarde.

Fácil. Has sido patéticamente fácil, Mackenna Scott.

El agua fría del fregadero enjabona mis manos, pero la piel me sigue ardiendo.

Cierro los ojos y el chasquido metálico de aquella camilla de exploración me retumba en los oídos como un disparo.

El recuerdo del peso de Trevor sobre mí, la tela fina de mis bragas apartada a un lado sin ninguna ceremonia y la facilidad con la que abrí las piernas para un hombre al que apenas conocía...

Un hombre quince años mayor. Un heredero multimillonario que hace unos días me azotó con su arrogancia en el mostrador de la farmacia, tratando la enfermedad de mi madre como si fuera el cambio suelto de un bolsillo.

Me muerdo el labio inferior con tanta fuerza que noto el sabor metálico de la sangre.

¿Qué estará pensando de mí ahora? En la cabeza pomposa del doctor Trevor Kallahan-Cross, he confirmado exactamente la etiqueta que a su clase le encanta colgarle a las mujeres pobres: una chica cualquiera de la periferia que no supo resistirse a una bata cara y se abrió de piernas tras cinco minutos de charla y un trozo de tarta para su hermano.

Usó su amabilidad con Tommie para desarmarme. Y yo, como una tonta desesperada por un poco de cariño, caí redonda en el suelo de aquella sala fría.

—¡Maldita sea! —estampo la esponja mojada contra el fregadero de acero inoxidable y suelto un jadeo tembloroso.

Mi cuerpo, sin embargo, es un traidor de tomo y lomo.

Me basta recordar su voz ronca pegada a mi oreja, su miembro invadiéndome sin vacilar y llenándome hasta el límite, para que el bajo vientre se me contraiga en una oleada de calor vergonzosa.

El hormigueo entre mis piernas sigue ahí, vivo, latiendo como un recuerdo físico de aquel placer bruto y devastador.

Pero se acabó.

No me importa cuánto remueva ese hombre mi sangre ni cuánto pregunte Tommie por el «amigo grandullón» cuando se despierta.

Mackenna Scott no es el juguete de lujo de nadie.

La próxima vez que me cruce con el doctor Trevor por los pasillos de ese hospital, pasaré por su lado como si fuera un trozo de pared.

No volverá a ponerme las manos encima. Nunca más.

TREVOR

—¿Doctor? La saturación de oxígeno de la cama cuatro está estable tras el drenaje de líquido cefalorraquídeo. ¿Desea revisar ya la prescripción del postoperatorio?

La voz de la residente sénior corta el zumbido de mis oídos. Estoy plantado frente al negatoscopio de la sala de recuperación, fingiendo analizar un TAC de control que me aprendí de memoria hace tres horas.

—Mantenga el antibiótico de amplio espectro cuarenta y ocho horas más y repita el TAC mañana a las seis —respondo sin volverme, con la frialdad mecánica de siempre—. Puede retirarse, doctora Vance.

La puerta se cierra con un clic suave y, en cuanto me quedo solo en la sala, suelto el aire de los pulmones con fuerza y apoyo las dos manos abiertas en la encimera de acero.

Has perdido el puto juicio, Trevor.

A los treinta y ocho años, al frente del departamento quirúrgico más prestigioso del sur de Estados Unidos y con muchas papeletas para asumir la presidencia de la dinastía médica de mi familia, me he comportado como un animal en celo en una sala de exploración de mi propia institución.

Peor aún: he perdido la cabeza por una chica de veintitrés años. Una pelirroja sin un duro, con la ropa gastada, la lengua afilada y un orgullo que desafía cualquier lógica.

Cierro los puños con fuerza, notando el pulso martilleándome en las sienes.

La imagen de ella sobre aquella camilla vuelve a golpearme con la fuerza de un tren sin frenos.

Mackenna llorando de placer bajo mi cuerpo.

El calor casi insoportable de cuando me hundí en ella por primera vez, tan estrecha y tan húmeda que estuve a punto de perder el control con la primera embestida.

La osadía con la que me clavó las uñas en los hombros y me retó a tomarla, sosteniéndome la mirada sin bajar la cabeza ni un segundo.

Nunca había sentido nada parecido. Ninguna de las mujeres aristocráticas, refinadas y obedientes con las que me he acostado en toda mi vida me abrasó por dentro de ese modo.

Me enderezo frente al cristal oscurecido de la ventana y me ajusto los puños de la camisa de lino bajo la bata.

Lo ocurrido no ha sido más que la consecuencia de semanas de tensión reprimida y del magnetismo primitivo de esa insolente.

Nada más. Una distracción peligrosa que casi pone en riesgo mi nombre y mi reputación.

Ella depende de la fundación benéfica de mi familia. Si Gloria llegara a sospechar lo que pasó en esa sala, el escándalo que montaría mi madre sería desastroso.

No necesito ese tipo de complicaciones en mi vida. Conseguí lo que quería. Probé el sabor de aquella boca venenosa y me saqué la obsesión del sistema.

Decisión tomada: no pienso buscarla. No pienso mandarle recados, no pienso bajar al ala de fisioterapia y no pienso permitir que una camarera de restaurante altere el orden metódico que he construido para mi vida.

Mackenna Scott fue un desvío del camino.

Y el doctor Trevor Kallahan-Cross jamás comete dos veces el mismo error.