Rechazada por el Doctor Más Despiadado de Texas Capítulo Tres
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Capítulo Tres

TRAVIS

Este lado olvidado y polvoriento de Houston apesta a aceite de motor quemado y a asfalto podrido.

Un pinchazo en la rueda trasera de mi Porsche descapotable, en plena carretera secundaria, ha bastado para arrojarme a este culo del mundo.

La grúa particular del seguro ha tardado dos horas en remolcar el deportivo hasta el concesionario autorizado del centro, y yo me he negado a subir a la cabina con el conductor sudoroso.

He mandado a uno de los capataces del rancho familiar que me trajera una pickup de repuesto y, mientras cumplían la orden, el único sitio con la luz encendida en tres manzanas a la redonda era un diner de carretera decadente.

Fue entonces cuando la noche tomó un rumbo interesante.

No imaginaba que la pelirroja que me ha quitado el sueño estos últimos meses trabajaba de camarera en ese antro.

La vi por primera vez hace meses, cruzando el vestíbulo señorial de la Fundación Kallahan-Cross mientras yo iba a recoger mi paga a casa de mamá.

Desde aquel día, con su barbilla en alto y sus vestidos sencillos pegados al cuerpo, Mackenna Scott se ha convertido en una obsesión que no me deja en paz.

Intenté abordarla por los pasillos del ala benéfica, le mandé flores anónimas, puse sobre la mesa mi nombre y mi dinero...

y me ignoró como si fuera basura tirada en el suelo.

Ninguna mujer le dice que no a un Kallahan-Cross.

Ninguna. Y menos una paleta que no tiene dónde caerse muerta.

Ahora, apoyado en el costado de la pickup que mi empleado acaba de aparcar en un rincón oscuro del aparcamiento de gravilla, fumo un cigarrillo y vigilo la puerta trasera del local.

Pasan de las once de la noche. El letrero de neón rojo, medio averiado, zumba sobre el tejado de zinc. La puerta metálica chirría y ahí viene.

Aunque lleva un delantal raído sobre una blusa de algodón sencilla y unos vaqueros descoloridos, Mackenna se mueve con una insolencia natural que me abrasa por dentro.

Tiene un contoneo de caderas que me deja la boca seca.

El pelo color cobre, recogido en una coleta floja, con algunos mechones húmedos de sudor pegados a la nuca y a las sienes por el vapor de la plancha.

Tiro el cigarrillo al suelo, lo aplasto con la bota de cuero importada y me planto en mitad del camino de tierra apisonada justo cuando ella llega a la pequeña verja lateral.

—Vaya, vaya... el hada de la caridad del hospital sirve ahora hamburguesas grasientas a camioneros. Qué decadencia tan fascinante, pelirroja.

Mackenna se detiene en seco. El cansancio de sus hombros es evidente, pero su postura se endereza de golpe, como un resorte. Los ojos verdes chispean bajo la luz anaranjada del poste de madera.

—¿Qué haces aquí, Travis? —escupe, con la voz ronca de agotamiento, pero lo bastante afilada para cortar el cristal—. ¿Ahora me vigilas en el trabajo? ¿Te has vuelto loco del todo?

Suelto una risa corta, me recoloco las mangas de mi chaqueta de cuero italiana y avanzo dos pasos lentos hacia ella.

—No te creas tan importante, monada. He tenido un contratiempo con el coche en la carretera y el destino ha decidido darme un premio de consolación. Me he pasado las dos últimas horas sentado ahí dentro viéndote contonearte de mesa en mesa por propinas miserables de diez dólares.

Aprieta el asa del bolso de lona gastado contra el pecho, con los nudillos blancos.

—Genial. Pues ya has visto el espectáculo. Coge tu pickup y desaparece, porque mi turno ha terminado y no tengo ni un segundo que perder contigo.

Cuando intenta esquivarme por la izquierda, doy un paso lateral rápido y le corto el paso. El espacio entre nosotros se cierra y percibo su olor: jabón de lavanda mezclado con el calor de un cuerpo que ha trabajado toda la noche.

—Venga ya, Mackenna. Dejemos esta pantomima ridícula de chica difícil —digo, bajando el tono y esbozando una sonrisa presuntuosa mientras alargo la mano para tocarle un mechón—.

Sabes perfectamente quién soy. Sabes lo que pesa mi apellido.

Con un chasquido de dedos, no volverás a freír una hamburguesa ni a contar monedas para pagar el tratamiento de tu madre.

Sube a la pickup. Te invito a una cena como Dios manda en Houston y zanjamos esta distancia de una vez.

Antes de que la punta de mis dedos le roce la cara, la mano de Mackenna sube como un rayo. El manotazo restalla seco y violento contra mi antebrazo y me hace retirar la mano por puro reflejo de sorpresa.

—¡Quítame las zarpas de encima, mocoso asqueroso!

—sisea, con los ojos en llamas, sin retroceder ni un paso.

Su valentía roza la locura—. Voy a dejártelo clarísimo, a ver si esa cabeza tuya, mimada y hueca, lo entiende de una vez: no tengo el menor interés en ti.

No me interesa tu apellido podrido, ni tus piropos patéticos, ni el dinero de tu madre.

Si vuelves a cruzarte en mi camino o te presentas donde trabajo para acosarme, cojo el primer destornillador que encuentre y te parto la cara.

¿Ha quedado claro o necesitas que te lo dibuje?

Me quedo paralizado sobre la gravilla, sintiendo cómo el veneno de la humillación me sube ardiendo por la garganta. Nadie me habla así. Nadie se atreve a amenazarme, y menos una simple camarera sin un duro que vive en la periferia de la ciudad.

—Eres muy arrogante para vivir de la caridad y de los donativos, Scott —escupo, con el rencor rezumando por todos los poros mientras ella me empuja por el hombro con la fuerza justa para abrirse paso—.

Te crees muy intocable, ¿verdad? ¡Veremos hasta dónde llega ese postureo cuando la fundación de mi familia le cierre las puertas en las narices a tu madre!

Mackenna ni siquiera gira el cuello. Sigue marchando por la acera oscura hacia la parada de autobús, con la espalda perfectamente recta y el pelo de fuego ondeando al viento de la noche como una bandera de guerra.

—Prueba suerte, hijo de mamá —grita sin mirar atrás—. ¡A ver si tu dinero te compra la vergüenza que acabas de pasar aquí!

Cierro los puños con tanta fuerza que las uñas se me clavan en la piel. Subo a la cabina de la pickup, cierro de un portazo brutal y arranco el motor con un estruendo.

Maldita muerta de hambre. ¿Cree que puede pisotearme y salir impune? No tiene ni idea del error colosal que ha cometido. Si no quiere mi apellido por las buenas, se tragará mi venganza por las malas.

MACKENNA

El ruido metálico y traqueteante del autobús de medianoche me sacude los huesos mientras las luces amarillentas de la periferia de Houston desfilan por la ventanilla empañada.

Los pies me palpitan de dolor dentro de las zapatillas viejas tras ocho horas sin sentarme en el restaurante, y el encuentro asqueroso con Travis Kallahan-Cross todavía me revuelve el estómago de puro asco.

Travis. El heredero arrogante, mimado y holgazán que no sabe aceptar un no. Su descaro me produce repulsión física.

Pero la verdad... la verdad aterradora que me hace tragar saliva y apretar las rodillas una contra otra... no es el asco que me da Travis.

Es el calor enfermizo y prohibido que me consume cuando pienso en su hermano.

Apoyo la frente en el cristal frío de la ventanilla y cierro los ojos un segundo. Es inútil. En una fracción de segundo, la imagen de Trevor Kallahan-Cross me toma entera, despiadada y arrolladora.

El recuerdo del metal helado de aquella camilla de exploración bajo mi espalda.

El peso brutal y sólido de su cuerpo aplastándome contra el acero.

Sus manos grandes, ásperas, acostumbradas al bisturí, sujetándome los muslos abiertos con una autoridad posesiva que debería haberme indignado, pero que me hizo suplicar más.

Su voz ronca y gutural susurrándome al oído mientras se hundía en mí, deshaciéndome entera hasta que no quedó nada más que gemidos y humo.

Paso la punta de la lengua por el labio inferior, todavía sensible. Aún lleva la marca del mordisco de Trevor.

Ese hombre va a ser mi perdición.

Quince años mayor. Un cirujano temido en todo el estado, implacable, poderoso e intratable.

Debería odiarlo por haber intentado comprarme en la farmacia con aquella tarjeta sin límite.

Pero cuando me tocó... cuando me miró a los ojos con aquel hambre salvaje y pronunció mi nombre... todo mi sentido común se volvió ceniza.

El autobús se detiene con un resoplido arrastrado en la esquina de tierra apisonada de mi calle. Bajo al viento helado de la madrugada, esquivando los charcos de barro hasta la verja de madera torcida de mi casa.

Abro la puerta despacio para no hacer ruido. El murmullo bajo de la radio portátil de la cocina rompe el silencio.

Me quito los zapatos en la entrada y camino de puntillas hasta el cuarto de mi madre.

La luz de la lamparita dibuja los rasgos cansados de su rostro en la cama adaptada.

La expresión de dolor crónico de espalda no la abandona del todo ni en pleno sueño profundo.

Le subo la manta sobre los hombros flacos, le doy un beso en la frente y compruebo los frascos de medicinas de la mesilla.

Las ampollas que compré con el dinero sudado del restaurante durarán pocos días.

Una angustia opresiva me aprieta el pecho. Tengo que hacer otro turno doble el viernes. No hay elección.

Voy al cuartito de al lado. La puerta está entreabierta.

Tommie está sentado en el borde de la cama, con la lengua entre los dientes, esforzándose por dibujar en un folio arrugado sobre la mesita de estudio improvisada. Al oír el crujido del suelo, se vuelve en un segundo y me regala una sonrisa radiante:

—¡Kenna! ¡Has tardado mucho!

—Shhh, habla bajito, cariño, que mamá está durmiendo —susurro, arrodillándome en el suelo a su lado y besándole el pelo castaño, con ese olor a champú de bebé que nunca abandona—. ¿Qué haces todavía despierto a estas horas, Anthony Scott? ¡Ya ha pasado la medianoche!

—Estaba haciendo los deberes de mates... pero los números son muy tercos, Kenna —hace un puchero gracioso y señala el folio lleno de garabatos borrosos—. Así que le he hecho un regalo a mi amigo.

Miro el papel. En el centro de la hoja, con trazos torcidos y firmes de cera negra y azul, Tommie ha dibujado dos muñecos de la mano junto a un edificio inmenso.

Uno de los muñecos es pequeño, con una carita redonda y sonriente; el otro es gigante, con hombros enormes y una bata blanca con un garabato que simula un estetoscopio.

Mi corazón se salta un latido entero.

—¿Eres tú y el... doctor Trevor? —pregunto, con la voz vacilándome en la garganta.

—¡Es mi amigo Trevor! —Tommie aplaude bajito, todo orgulloso, señalando el dibujo con su dedo regordete—.

Me dijo que su bolígrafo tiene un clic mágico, Kenna.

¡Y me dio aquella tarta enorme de manzana!

Me dijo que soy su ayudante en el hospital.

¿Va a volver mañana? ¡Prometió que íbamos a ver el motor otra vez!

El nudo que se me forma en la garganta es tan denso que escuece.

Recuerdo al hombre intratable y gélido sentado en el suelo de aquella sala monumental, tratando a Tommie con un respeto y una paciencia genuinos que ni los médicos más caros de este estado han tenido jamás la decencia de mostrar.

Recuerdo el tono protector y manso en la voz de aquel cirujano cruel mientras cuidaba de mi hermano.

—Mañana tiene muchas operaciones importantes, Tommie...

salva la vida de la gente, ¿recuerdas? Es un hombre muy ocupado —miento con voz suave, tragándome la emoción mientras le acaricio las mejillas redondas—.

Y ahora basta de dibujos. Vamos a lavarnos la cara y a dormir, que mañana tienes clase temprano.

Ayudo a mi hermano a recoger las ceras, le arreglo las sábanas y me quedo allí hasta que su respiración se vuelve pesada y tranquila en el sueño profundo.

Cuando por fin entro en mi cuarto minúsculo y me tumbo en la cama estrecha de muelles chirriantes, el peso del cansancio cae sobre mí como una losa de hormigón. Pero el sueño simplemente no llega.

Cierro los ojos y el perfume amaderado de colonia cara y sudor de Trevor vuelve a asfixiarme.

La cintura aún me arde donde sus manos fuertes me sujetaron con tanta hambre.

Y en la oscuridad fría del cuarto, una certeza terrible y deliciosa me devora por dentro: por mucho que luche con toda mi rabia y mi orgullo...

ya estoy irremediablemente hechizada por el hombre más peligroso de Texas.