Rechazada por el Doctor Más Despiadado de Texas Capítulo Cuatro
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Capítulo Cuatro

TREVOR

Reorganizar de arriba abajo el programa quirúrgico de un jueves entero en la jefatura de Neurocirugía Pediátrica debería ser un delito administrativo castigado con suspensión.

Le he pasado dos craniectomías descompresivas a mi primer ayudante y he trasladado una reunión con el consejo financiero de la fundación al final de la tarde.

La excusa oficial que le he dado a la dirección clínica ha sido una revisión de historiales complejos.

La verdad, sin embargo, es una vergüenza que ningún hombre admitiría en voz alta: me he pasado la mañana entera pendiente del reloj, esperando a que dieran las dos.

Jueves. El día en que, según el registro del hospital, Anthony Scott baja a rehabilitación motora y logopedia en el ala benéfica.

Bajo en el ascensor de servicio, esquivando las miradas curiosas de los residentes.

Al empujar la puerta de cristal esmerilado del área de fisioterapia, me recibe el bullicio de cintas y bandas elásticas.

La fisioterapeuta responsable casi tira la carpeta de aluminio al verme plantado en el umbral, con la bata abierta y las manos hundidas en los bolsillos del pantalón de sastre.

—¿Doctor Kallahan-Cross? ¿Algún problema con los equipos del área?

—Ninguno, doctora Michaels —respondo, manteniendo el tono grave y sereno que suele callar cualquier quirófano—. ¿Cómo va el chico Scott?

—¿Anthony? —relaja los hombros de forma visible y señala con la punta del bolígrafo la esterilla del centro de la sala—. Es un sol, doctor. Responde muy bien a los ejercicios de coordinación motora fina y de equilibrio. Estábamos terminando la serie de reflejos.

En ese mismo instante, el chaval me ve. Su rostro redondo se ilumina de golpe y los ojos almendrados le brillan como si el mismísimo Papá Noel hubiera bajado por la chimenea en pleno verano texano.

—¡Amigo Trevor! —grita, sin la menor consideración por el silencio hospitalario, soltando una pelota de goma amarilla y viniendo a trompicones hacia mí—. ¿Has visto cómo me quedo a la pata coja? ¡Parezco un flamenco!

Una sonrisa involuntaria, de esas que llevo años sin dedicar en público, me tira de la comisura de los labios. Me agacho a su altura, apoyo una rodilla en el suelo encerado y le tiendo el puño cerrado.

—¿A la pata coja, Anthony? Eso exige mucho equilibrio y mucha precisión. Casi eres un cirujano en prácticas.

Choca su puño regordete contra el mío con fuerza y suelta una carcajada alta y contagiosa que hace que dos enfermeras del otro lado se giren a mirar, atónitas ante la escena.

—¿Has traído otra vez el bolígrafo que hace clic, amigo grandullón? —pregunta Tommie, hurgando en los bolsillos de mi bata con la naturalidad de quien registra las cosas de un hermano mayor.

—Hoy he traído algo mejor —digo, incorporándome y tomando su manita tibia para alejarlo de la esterilla—. Me han dicho que la cafetería ejecutiva de la segunda planta tiene un zumo de naranja con fresa al que ningún chico listo se resiste. ¿Qué me dices?

A Tommie casi se le salen los ojos de las órbitas.

—¿Zumo rojo con naranja? ¡Kenna dice que eso es cosa de gente elegante! ¿Podemos?

—Conmigo, chaval, puedes entrar en cualquier sala de este hospital.

Cruzar el vestíbulo señorial con Tommie a mi lado hace que las cabezas giren como veletas.

Directores, jefes de departamento y recepcionistas me miran en estado de shock absoluto.

El doctor intratable, el heredero inaccesible de los Kallahan-Cross, paseándose por el mármol como acompañante de un niño con síndrome de Down.

Me importa un comino. La sinceridad desarmante de Tommie acalla el zumbido insoportable de exigencias que cargo sobre los hombros desde el día en que nací.

Nos sentamos a una mesa discreta junto al tabique de cristal.

Pido una jarra grande de zumo y una ración generosa de galletas de avena.

Tommie bebe con la pajita a toda velocidad, haciendo ruido y riéndose de cada historia que me invento sobre los motores de los tractores que tenemos en el rancho de mi familia.

—¿El tractor es muy grandote, amigo Trevor? —pregunta con los labios manchados de rojo y los ojos chispeantes de pura curiosidad—. ¿Más que el autobús de Kenna?

—Enorme, Anthony. Las ruedas son más altas que tú —respondo, cogiendo una servilleta y limpiándole la barbilla con cuidado quirúrgico—. Un día de estos te llevaré para que te subas a la cabina y toques la bocina para todo el prado.

—¿De verdad? ¿Prometido con el meñique?

Me tiende el dedo meñique. Miro su mano y, sin dudar ni un segundo, engancho mi meñique al suyo.

—Palabra de hombre, Anthony.

MACKENNA

El aire acondicionado del ala privada es un insulto de lo helado que está, pero el sudor de mi espalda aún escuece de haber corrido cuatro manzanas desde la parada del autobús.

He terminado el turno en el restaurante hecha polvo, con el olor a fritanga impregnado en la tela de la blusa, y casi me desmayo cuando la doctora Michaels me ha avisado de que Tommie había salido del área acompañado por el hombre que no se me va de la cabeza ni en mis peores pesadillas.

TREVOR

Mis zapatillas apenas hacen ruido sobre el suelo de granito pulido mientras me acerco a la entrada de la cafetería de la segunda planta.

El pecho me sube y me baja, con las uñas clavadas en la palma de la mano, lista para arrancar a mi hermano de su lado y escupir fuego por los límites que ese médico multimillonario se empeña en cruzar.

Pero, al llegar al tabique de cristal esmerilado, se me quedan los pies pegados al suelo.

La escena que tengo delante me deja sin aire como no lo conseguiría ningún cansancio del mundo.

Ahí está. El doctor Trevor Kallahan-Cross, el hombre de rasgos aristocráticos y fríos que hace temblar a los residentes y que me empotró contra una pared áspera de hormigón hace unos días con la violencia de una tormenta.

Lleva las mangas de la camisa de vestir remangadas hasta los codos, dejando a la vista unos antebrazos musculosos y de venas marcadas, con la barbilla apoyada en la mano mientras escucha a Tommie.

No queda rastro de la prepotencia ni de la arrogancia que destila delante de los demás.

Trevor se está riendo. Una risa baja, sincera, que suaviza las líneas duras de su rostro y borra los quince años que nos separan en un chasquido de dedos.

Escucha las tonterías de Tommie sobre tractores y dibujos con una paciencia y una dulzura que ningún ser humano, en los dieciséis años de vida de mi hermano, ha tenido jamás la decencia de ofrecerle.

Nadie había mirado nunca a Tommie así: como a un ser inteligente, digno de atención plena y de cariño verdadero.

Se me cierra la garganta con un nudo tan espeso que escuece.

Siento cómo una lágrima traicionera me quema el rabillo del ojo.

Todo el veneno que había preparado en la subida de la escalera se deshace en el aire.

Es demasiado injusto. Es de cobardes que sea tan cruel y arrogante por un lado y me desmonte el alma entera por el otro solo por querer a mi hermano.

—¿Mackenna? —La voz susurrada de Sarah, una de las técnicas de enfermería del ala privada con quien he hecho amistad, me devuelve a la realidad—. Chica, ¿qué es eso? ¿El doctor Hielo se está derritiendo? Lo estamos mirando de lejos pensando que es un espejismo.

—Ha... ha subido con Tommie —murmuro, recomponiendo la postura de un tirón y aclarándome la garganta para no dejar ver mi vulnerabilidad—.

Sarah, ¿me haces un favor enorme? ¿Puedes vigilar a Tommie diez minutos?

Enséñale el acuario nuevo de pediatría. Tengo que hablar con el doctor Kallahan, en serio y rápido.

—¿Con esa fiera? Qué valiente eres, pelirroja —se ríe bajito—. Déjalo en mis manos. A Anthony le encantan los peces payaso.

Sarah rodea el tabique y se acerca a la mesa con naturalidad, inventándose una historia animada sobre un pez azul que acaba de llegar al acuario de la planta baja. Tommie salta de la silla en un instante, se limpia la boca con la manga de la camiseta y saluda entusiasmado:

—¡Adiós, amigo Trevor! ¡Voy a ver el pez de Nemo!

Trevor le sonríe al chico y hace un gesto suave con la cabeza:

—Anda, compañero. Ahora te alcanzo.

En cuanto Tommie desaparece por el pasillo con Sarah, Trevor levanta la vista.

La sonrisa suave muere al instante. Sus pupilas se dilatan cuando me encuentra parada junto a la columna.

Ese azul tormentoso y oscuro recupera el mismo hambre depredador que casi me hizo perder la razón en el aparcamiento.

No dice ni una palabra. Se levanta, con toda su imponente estatura de casi dos metros, deja un billete sobre la mesa e inclina la cabeza hacia el pasillo de servicio de la izquierda, una zona de consultas auxiliares que a primera hora de la tarde queda desierta.

Mis piernas se mueven como hipnotizadas. Debería coger a mi hermano y salir corriendo de este hospital. Pero el fuego que esa mirada me ha encendido en el vientre arde con la fuerza de un barril de pólvora.

Lo sigo por la penumbra del pasillo estrecho. En cuanto cruzo la puerta de una sala de exploración vacía, la mano pesada de Trevor se cierra sobre mi muñeca. Tira de mí hacia dentro con un tirón firme, y el chasquido seco del cerrojo resuena en el aire acondicionado como un disparo.

Mi espalda choca contra la puerta de madera maciza. Su cuerpo enorme me acorrala de inmediato, sofocando cualquier espacio entre nosotros.

—¿No te cansas de perseguirme, Kallahan-Cross? —disparo, con la voz entrecortada, jadeando contra su cuello de camisa—. ¿Qué te crees que estás haciendo, llevándote a Tommie en medio de toda esa gente estirada? ¿Utilizando a mi hermano para lavar tu mala conciencia?

Trevor apoya las dos manos abiertas en la puerta, una a cada lado de mi cabeza, y baja el rostro hasta que su aliento caliente me roza la curva del cuello. Su olor, colonia amaderada cara, café fuerte y piel limpia, me eriza todo el vello de los brazos.