Capítulo Dos
TREVOR
No consigo concentrarme en los informes de la resonancia magnética que tengo delante.
Las imágenes tridimensionales de una malformación arteriovenosa en la pantalla de alta definición deberían exigirme el cien por cien de mi atención quirúrgica, pero lo único que veo cuando cierro los ojos son dos órbitas verdes incandescentes, rodeadas de pecas descaradas y de una cascada de pelo rojo que huele a bergamota y a jabón sencillo.
Insolente. Ninguna mujer se había atrevido jamás a escupirme las palabras a la cara de ese modo, y menos aún en mi propio despacho.
Cualquiera que me conozca sabe que una fracción de esa insolencia costaría un empleo, una expulsión o una demanda.
Pero con ella... con ella, la sangre me hirvió de una manera peligrosa, demasiado caliente.
Cierro la carpeta del historial con un chasquido seco, me recoloco la bata y salgo a zancadas hacia el ascensor privado.
Tengo que bajar a la dirección clínica a firmar las órdenes de compra del nuevo instrumental, aunque la verdad es que el aire acondicionado de la tercera planta se me ha vuelto de pronto demasiado escaso.
Al cruzar el vestíbulo de la planta baja, el trasiego habitual de pacientes y personal del ala de seguros médicos se mezcla con el movimiento más discreto de la farmacia central. Y es allí donde la veo.
Incluso de espaldas es inconfundible. La postura erguida, la columna tensa y la trenza floja color cobre cayéndole sobre el hombro mientras apoya las dos manos en el mostrador de cristal.
A su lado, sentado en una silla de espera, Tommie balancea las piernas con ritmo y dibuja círculos en el aire con su manita.
Me acerco despacio, sin hacer ruido sobre el granito pulido, y su voz aterciopelada, pero áspera de tensión, llega hasta mis oídos:
—¿Cuatrocientos ochenta dólares? ¿Cómo que ha subido tanto desde el mes pasado? ¡Es el único medicamento que le frena los espasmos en las vértebras! La fundación cubre la aplicación, ¿y ustedes me cobran esto por la ampolla?
El farmacéutico de guardia, un joven con cara de aburrimiento, se encoge de hombros tras el cristal blindado:
—Son medicamentos importados de liberación lenta, señorita Scott. El consejo de dirección actualizó la tarifa a principios de mes. Si no puede abonar la tasa del cupo de la fundación, el sistema no autoriza la dispensación. El siguiente, por favor.
Veo cómo le tiembla la línea de los hombros.
Mackenna se muerde el labio con tanta fuerza que parece que la sangre va a romperle la piel fina.
Abre el bolso gastado de lona y rebusca entre billetes arrugados y tarjetas que sé que ya han llegado a su límite.
La vulnerabilidad cruda de la escena me golpea como un puñetazo en el estómago, pero mi instinto primario, el mismo instinto arrogante que me acompaña toda la vida, me hace dar un paso al frente.
—Cárguelo a mi cuenta personal —ordeno, proyectando la voz grave por encima de la mampara de metacrilato.
El farmacéutico levanta la cabeza de golpe, con los ojos como platos al reconocerme.
—D-doctor Kallahan... Sí, señor, ahora mismo. Voy a abrir el registro de la matriz...
—¿Qué? —Mackenna se gira sobre los talones con una ferocidad casi felina. Cuando sus ojos se clavan en los míos, la sorpresa se disuelve en menos de un segundo, sustituida por un orgullo en llamas—. No se atreva a tocar esa cuenta. Cancele eso ahora mismo.
El farmacéutico se queda petrificado, con la mano sobre el lector de códigos de barras, mirándonos alternativamente sin saber a quién obedecer.
—No seas necia, chica —digo, acercándome un paso más y reduciendo la distancia de forma intimidatoria.
Me meto las manos en los bolsillos del pantalón de vestir y sostengo su mirada con la frialdad que uso siempre para doblegar a quien me desafía—.
Por lo que acabo de oír, tu madre necesita esa medicación para no sufrir crisis incapacitantes de dolor.
Es una cantidad irrisoria. Soluciona esto y llévate el remedio a casa de una vez.
Cantidad irrisoria. La elección de las palabras me sale mal antes de que pueda suavizarlas, pero mi orgullo no me permite retroceder.
Ella suelta una risa breve, seca y desprovista de todo humor, y se inclina ligeramente hacia mí. El aire entre nosotros chisporrotea como un cable pelado.
—¿Irrisoria para quién, doctor Kallahan-Cross?
¿Para un heredero multimillonario que jamás ha tenido que saber cuántas horas de trabajo de pie frente a una plancha de grasa equivalen a una caja de medicinas?
¿Que no ha tenido que contar monedas para decidir entre el analgésico de su madre y la comida de la semana?
—Estoy intentando resolverte el problema —replico, con la mandíbula tensa y el pecho agitado por el descaro de esta mujer—. No seas ignorante hasta el punto de perjudicar a tu familia por culpa de tu ego diminuto.
—¡Ignorante es usted, que se cree que puede comprar la dignidad ajena solo porque tiene su apellido estampado en las paredes de este mausoleo de lujo!
—escupe, bajando la voz para que solo el dependiente y yo podamos oírla, pero con una intensidad cortante—.
Yo no soy paciente particular suya, no soy empleada suya y no he pedido su caridad humillante.
Guárdese su limosna y su condescendencia para quien se inclina ante usted, doctor. Yo pago lo que es mío.
Le arranca la receta de las manos temblorosas al dependiente, saca dos billetes de veinte dólares del bolso y vuelve a meter el resto con rabia.
—Póngame tres ampollas simples para el dolor agudo. Es lo que puedo pagar hoy. Lo demás lo arreglaré trabajando el fin de semana —le dice al farmacéutico, que teclea frenéticamente con tal de librarse de aquel enfrentamiento.
Me quedo quieto, con los puños cerrados dentro de los bolsillos, viendo cómo esa mujer recoge la cajita blanca, toma a Tommie de la mano y se marcha a paso de marcha como si yo fuera un gusano cualquiera en su camino.
Un hambre oscura y desbocada me desgarra el pecho. Nunca me han desafiado. Nunca me han rechazado. Y juro por mi propia sangre que no voy a permitir que me dé la espalda de este modo.
MACKENNA
Me tiemblan las manos de tanta adrenalina.
La respiración me entra entrecortada en los pulmones mientras avanzo a zancadas hacia la salida de emergencia lateral del hospital, agarrando con fuerza la mano de Tommie, pero sin hacerle daño. La sangre me late en las sienes como un tambor de guerra.
Arrogante. Desgraciado. Prepotente.
¿De verdad creyó que iba a aparecer como el salvador de la patria, agitándome su tarjeta sin límite en la cara, y que yo me iba a echar a sus pies para darle las gracias por las migajas? Ese hombre piensa que el mundo entero tiene un precio. Que yo tengo un precio.
—Kenna, el amigo Trevor viene detrás —suelta Tommie, alegre, girando el cuello.
—No mires, Tommie. Sigue andando —ordeno, casi sin aliento.
—¡Es grandote, Kenna! ¡Mira cómo corre!
Antes de que pueda empujar la pesada puerta de hierro que da al aparcamiento inferior de la parte trasera, unos pasos firmes y pesados resuenan en el suelo de hormigón del pasillo aislado.
Una mano grande, de dedos largos y fuertes, se apoya contra la chapa de la puerta por encima de mi cabeza y la bloquea con un golpe sordo.
El calor de su cuerpo me golpea la espalda como una onda de choque térmica.
—Anthony —la voz de Trevor surge rozándome el pelo, ronca, profunda y contenida por un hilo de control—, ve hasta aquel banco junto a la garita y espera a tu hermana. Cinco minutos. Ahora.
Tommie parpadea, me mira en busca de aprobación y, al ver que el pecho me sube y me baja sin compás, duda.
—¿Kenna?
—Quédate donde pueda verte, Tommie —digo, intentando mantener la voz firme, aunque todo en mí está en llamas—. No te salgas de mi campo de visión.
Mi hermano asiente y camina hasta el banco bajo el sol del final de la tarde. En cuanto se aleja lo suficiente, me doy la vuelta con una furia ciega, dispuesta a hacer trizas la soberbia de Trevor Kallahan-Cross.
—¿Qué le pasa, está drogado de poder? ¿No sabe lo que significa la palabra «no»?
Mi espalda choca contra la pared áspera de hormigón del pasillo exterior. Trevor no retrocede ni un milímetro. Al contrario: cierra el cerco, apoya la otra mano en la pared y me deja completamente acorralada bajo su silueta maciza.
Es una montaña de hombre. Quince años mayor que yo, con unas discretas hebras canosas en las sienes que solo lo hacen más absurdamente imponente, y una expresión de depredador que me hace olvidar cómo se respira.
Pero ya no hay frialdad médica en sus ojos.
Los iris azul tormenta están dilatados, voraces, oscuros de una lujuria primitiva que me humedece las bragas al instante contra la tela de los vaqueros.
—Hablas demasiado, pelirroja —murmura, y su voz grave vibra en el espacio minúsculo que separa nuestros rostros—. Echas fuego como si no te diera miedo quemarte.
—¿Y debería tenerte miedo? —replico, con la barbilla en alto, mirando su boca severa y bien dibujada con un descaro que desafía cualquier sentido común—. No eres más que un médico incapaz de soportar que una mujer le diga que su dinero no vale nada.
Suelta un gruñido bajo, casi gutural.
—Mi dinero quizá no compre tu soberbia, chica... pero no es mi dinero lo que te está disparando el pulso de esa manera.
Su mirada desciende hasta mi cuello, donde la yugular late con violencia. Trevor no duda. Avanza medio paso más, encajando el muslo musculoso entre mis piernas y pegando su entrepierna dura y pesada contra mi sexo, por encima de la ropa.
Se me escapa un jadeo involuntario.
La química entre nosotros es un desastre natural.
No hay romance ni delicadeza; es una colisión bruta de tierra y tormenta.
Puedo ver el hambre que siente, un hambre que desmoraliza cualquier juramento médico y cualquier título de nobleza de su familia, y esa misma hambre me consume por dentro y derrite hasta el último resto de cordura.
—Suéltame, Trevor... —susurro, pero el tono no es de orden; me sale casi como una súplica rota.
—No quieres que te suelte —gruñe contra mi piel, deslizando la mano áspera hasta mi barbilla, con los dedos fuertes apretándome la mandíbula para mantener mi rostro alzado hacia él—. Te has pasado la tarde entera desafiándome para ver hasta dónde aguantaba. Pues ahora lo vas a descubrir.
Antes de que pueda lanzar otra pulla, su boca choca con la mía.
No es una petición de permiso. Es una toma de posesión violenta.
Los labios de Trevor son cálidos, exigentes e implacables.
Me fuerza a abrir la boca con la lengua gruesa y hábil, invadiendo mi espacio sin la menor vacilación.
Intento apartarlo empujándole el pecho, pero sus músculos son de acero macizo; en lugar de alejarlo, mis dedos acaban clavándose en la solapa del caro traje y arrugando la tela bajo la urgencia que me consume.
Dejo escapar un gemido ahogado contra su boca cuando la mano libre de Trevor baja de la pared y me agarra la cintura con fuerza posesiva, tirando de mi cadera con brutalidad contra la erección gruesa que palpita bajo su pantalón.
La presión es insoportable de tan buena.
Me muerde el labio inferior con la fuerza justa para hacer que arquee la espalda, y me chupa el aire de los pulmones hasta que la cabeza empieza a darme vueltas.
El beso es rudo, hambriento, desesperado. Un hombre acostumbrado a tenerlo todo, desbordado por una mujer que se niega a ser comprada.
Cuando por fin rompe el beso y se aparta apenas unos milímetros, nuestras respiraciones se mezclan en jadeos pesados y desacompasados.
El hilo de saliva que nos une se deshace en el aire frío del pasillo.
Trevor me mira con los ojos en llamas, el pecho ancho subiendo y bajando contra mis senos, mientras su pulgar recorre mi labio inferior hinchado.
—Nunca más vuelvas a llamar limosna a lo que te ofrezco, Mackenna —advierte, con la voz ronca como una lija y las pupilas completamente dominadas por la obsesión—. Porque cuando yo quiera algo de ti, será exactamente así. Y no vas a negarte.
Me suelta la cintura de golpe y deja que mi cuerpo trastabille contra la pared fría de hormigón mientras intento desesperadamente recuperar el aire y el equilibrio.
Sin mirar atrás, Trevor se da la vuelta y regresa con paso firme hacia las puertas del hospital, ajustándose la americana como si no acabara de deshacerme entera contra el hormigón.
Me llevo los dedos temblorosos a los labios, que aún me hormiguean por su mordisco.
Maldito sea ese hombre.
Y maldita sea yo, porque cada terminación nerviosa de mi cuerpo grita que corra tras él y termine lo que ese beso ha empezado.