Rechazada por el Doctor Más Despiadado de Texas
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Capítulo Uno
MACKENNA
El olor a antiséptico caro y a cera de suelo importada me escuece en la nariz. El complejo médico del Kallahan-Cross Memorial no parece un hospital; parece un palacio de mármol y cristal levantado para recordarles a los pobres el lugar exacto que ocupan en el mundo.
Tengo los dedos entumecidos de tanto apretar el portapapeles metálico de la recepción de asistencia social.
La burocracia para conseguir el cupo de fisioterapia de mi madre en la fundación benéfica es una humillación a plazos.
Tengo que firmar tres formularios en los que declaro que nuestros ingresos son insuficientes, sellar papeles y demostrar que a duras penas se sostiene en pie por el desgaste severo de la columna.
—Señora Scott, solo falta esta firma y la autorización del transporte —dice la administrativa sin levantar la vista del monitor.
—Claro, un momento... —le doy la vuelta a la hoja, garabateo mi nombre y me giro por puro reflejo protector—. Tommie, siéntate bien y no toques el...
El banco de tapizado azul está vacío.
El vaso de agua de plástico que sujetaba yace en el suelo, aplastado. La mochila raída con los cuadernos de dibujo ha desaparecido.
Un rayo de pánico helado me recorre la espalda y me deja sin aire.
—¿Tommie? —lo llamo, y la voz se me sube de tono. Recorro con la vista la sala de espera del ala benéfica. Nada. Solo ancianos dormitando y madres agotadas—. ¡Anthony!
Dejo el bolígrafo sobre el mostrador y salgo disparada por el pasillo.
A mi madre se la llevaron en silla de ruedas a la sala de triaje hace diez minutos, así que ni se imagina que su hijo ha desaparecido.
Tommie tiene dieciséis años y la mente curiosa de un explorador incansable.
Si ha visto una puerta abierta o algo brillante, ha ido detrás.
Cruzo las puertas automáticas de cristal que separan el ala social del edificio central.
Aquí el suelo pasa del linóleo gris al mármol travertino pulido.
En las paredes cuelgan retratos al óleo de médicos de gesto severo y apellidos aristocráticos.
Guardias de seguridad con traje oscuro patrullan con discreción.
Si pillan a mi hermano deambulando por aquí, lo tratarán como a un intruso antes de que me dé tiempo a explicarles que tiene síndrome de Down y que solo sentía curiosidad.
Mis bailarinas gastadas chirrían sobre el suelo encerado mientras subo un tramo de escaleras anchas, guiada únicamente por la desesperación.
La tercera planta está en un silencio de mausoleo.
Ala Ejecutiva y Jefaturas Quirúrgicas. Placas doradas señalan consultas privadas donde una visita cuesta más que mi sueldo de dos meses en la cafetería.
El corazón me late en la garganta, tan fuerte que casi tapa el sonido.
Casi.
«...y entonces encajas el muelle aquí, chaval. Sin prisa. El mecanismo necesita precisión, no fuerza».
La voz es profunda, grave, como un trueno lejano reverberando en madera maciza.
«¿Así, doctor? ¿Hace clic?».
La respuesta de Tommie, fina, pausada y animada, me desploma el pecho de alivio.
Jadeo, me seco el sudor frío de la frente con el dorso de la mano y sigo el sonido hasta una puerta de roble entornada al final del pasillo.
La placa de latón de la entrada reza: Dr. Trevor Kallahan-Cross — Jefe de Neurocirugía Pediátrica.
Empujo la pesada hoja de madera despacio, lista para disculparme y tirar de Tommie del brazo antes de que alguien llame a la policía. Pero lo que veo me deja clavada en el umbral.
El despacho es monumental: estanterías repletas de tomos encuadernados en piel, un escritorio de caoba impecable y ventanales panorámicos que dejan ver el horizonte reluciente de Houston. Sin embargo, el dueño de aquel imperio no está detrás de la mesa.
Está en cuclillas sobre la moqueta oscura.
Un hombre enorme, de hombros anchos de leñador marcados bajo un traje gris plomo hecho a medida y una bata inmaculada. Tiene la mandíbula cuadrada, cubierta por una barba de un par de días, y el pelo oscuro cortado con rigor militar. Pero lo que me quita el aliento es cómo se comporta con Tommie.
Están sentados en el suelo, junto a un sillón.
Entre ambos, las piezas desmontadas de un bolígrafo ejecutivo de metal pesado.
El médico guía la mano pequeña y ancha de Tommie con una paciencia absoluta, sin la condescendencia irritante ni la vocecita infantil que usa casi todo el mundo para hablar con mi hermano.
No lo trata como una carga ni como a un pobrecito; le habla de igual a igual y le exige concentración.
—¿Ves el diente del engranaje? —murmura el hombre, serio, concentrado—. Alinéalo con la ranura. Puedes hacerlo.
Tommie se muerde el labio inferior, enfocado, y empuja la pieza. Un clic seco resuena en la amplia estancia.
—¡Lo he conseguido! ¡Mira, doctor! —Tommie aplaude, con el rostro redondo iluminado de orgullo genuino.
El aire se me escapa en un suspiro tembloroso y la puerta cruje bajo el peso de mi mano.
El momento se rompe al instante.
TREVOR
El ruido de la puerta quiebra la tregua silenciosa de mi tarde.
Odio las interrupciones. Todo mi equipo sabe que mi puerta cerrada es una línea roja que nadie se atreve a cruzar sin una urgencia hemorrágica entre manos.
Pero cuando ese chico entró tambaleándose en la antesala hace diez minutos, señaló fascinado el modelo anatómico de cráneo que tengo sobre la mesa y me preguntó si el cerebro «se encendía como una bombilla», algo extraño frenó mi impulso de llamar a seguridad.
Tenía los rasgos inconfundibles de la trisomía 21, pero la mirada era pura, chispeante de curiosidad. Me senté en el suelo con él y desmonté mi Parker de titanio para enseñarle cómo funciona el muelle. Una distracción de cinco minutos que me ha dado más paz que las últimas doce horas en quirófano.
Hasta ahora.
Me incorporo en toda mi estatura y me ajusto las solapas de la bata blanca. Casi dos metros que suelen hacer que residentes y directores traguen saliva. Mi expresión deja caer el barniz de paciencia y se cierra en la habitual tormenta gélida que mantiene al mundo a distancia.
En el umbral, una chica me mira fijamente.
Está sin aliento. Los mechones cobrizos y rebeldes de una densa melena pelirroja le caen sobre los hombros y enmarcan una piel salpicada de pecas delicadas en la nariz y en los pómulos.
Lleva una blusa de algodón sencilla y unos vaqueros desteñidos que no esconden las curvas voluptuosas de caderas y pecho.
Pero son sus ojos los que me golpean: grandes, de un verde vivo y descarado, ardiendo con una mezcla explosiva de alivio y desafío.
Ni una disculpa humilde. Ni un gesto encogido.
—Esta es un ala privada y restringida —digo, dejando que la voz caiga pesada y cortante como un bisturí sobre el silencio de la sala—. Los guardias de seguridad deberían mantener fuera de aquí a la gente que no sabe dónde se mete.
La chica no se amilana. Da un paso al interior, haciendo caso omiso de la orden implícita de retroceder, y se centra en el chico sentado en el suelo.
—¡Tommie! ¡Casi me matas del susto! —dice, con una voz aterciopelada pero vibrante de autoridad familiar—. Levántate de ahí ahora mismo.
—¡El doctor me ha enseñado a montar el bolígrafo, Kenna! ¡Hace clic! —sonríe el chico, tendiendo la pieza de metal montada como si fuera un trofeo.
Me cruzo de brazos sobre el pecho y clavo la mirada en la intrusa.
—Supongo que el chico es responsabilidad suya —suelto, midiendo cada centímetro de aquella mujer descarada con desdén quirúrgico—.
Un hospital de este tamaño tiene decenas de zonas de riesgo biológico, sótanos con maquinaria pesada y camillas circulando a toda velocidad.
Dejar que un chico vulnerable vague solo por un edificio que no conoce no es solo un descuido. Es pura negligencia.
Ella alza la barbilla de inmediato. Las mejillas se le encienden de rabia, pero no es vergüenza. Es furia concentrada.
—Primero: mida sus palabras antes de hablar de lo que no sabe, doctor —escupe, y el tono afilado me sorprende tanto que noto cómo se me tensan los músculos—.
Anthony no es una figurita de porcelana y mucho menos es vulnerable en el sentido que usted cree.
Es listo, muy listo, y se las apaña solo mejor que muchos hombres con corbata que andan por ahí.
—Estaba a punto de meter el dedo en un enchufe de alto voltaje detrás de mi estantería cuando entró aquí —replico, frío, arqueando una ceja para intimidarla.
—¡Porque es terco como una mula! —me devuelve en el mismo milisegundo, adelantando otro paso y acortando la distancia entre nosotros hasta que el perfume dulce y cítrico de su piel invade mi espacio personal—.
Una terquedad que ha sacado de nuestra madre, y no por falta de avisos por mi parte.
Estaba firmando el papeleo obligatorio de la fundación para el tratamiento de su columna mientras la burocracia interminable de ustedes me retenía en el mostrador media hora. Fue un segundo de distracción.
Aparta los ojos chispeantes de mi rostro y los baja hasta el bordado en hilo de oro del lado izquierdo de mi pecho: Dr. Trevor Kallahan-Cross.
Veo cómo salta la chispa del reconocimiento en esos iris verdes.
Cualquiera en este hospital se encogería ahora. Las enfermeras cuentan historias por los pasillos sobre el heredero intratable de la familia fundadora, el neurocirujano sin corazón que despide a ayudantes con una sola frase y no tolera fallos a nadie.
Pero esta chica no retrocede ni un paso. Al contrario. Curva los labios en una mueca irónica y sostiene mi mirada con una audacia que roza la locura.
—Claro. Tenía que ser —murmura, con la lengua afilada goteando sarcasmo refinado—. El famoso doctor Trevor. Las enfermeras del ala pública me advirtieron de que el jefe de neurocirugía era la criatura más insufrible y maleducada de Texas. Por lo visto, fueron generosas.
Una punzada eléctrica me recorre la base de la nuca. Nadie me ha hablado así jamás en este edificio. Nadie se atreve a levantar la barbilla a medio metro de mí con esa audacia cruda y deliciosa.
—Está poniendo a prueba mi paciencia en mi propio despacho, jovencita —advierto, y doy un paso hacia ella. Mi sombra la cubre entera, pero su respiración solo se acelera, con el pecho subiendo y bajando con fuerza bajo la tela fina de la blusa.
—No soy su jovencita, doctor. Y no estoy poniendo a prueba nada que usted no merezca oír.
Rompe el contacto visual con un giro fluido del cuerpo y se inclina con gracia para tomar la mano de su hermano.
—Vamos, Tommie. Entrégale el bolígrafo al doctor y pídele perdón por haber invadido su territorio sagrado.
Tommie se levanta con dificultad, pero deja el bolígrafo con cuidado en el borde de mi mesa de caoba. Me mira con esos ojos inocentes y sonríe con afecto abierto:
—Gracias por el bolígrafo, amigo Trevor. Eres majo.
El chico me tiende el puño cerrado para chocarlo.
Me quedo inmóvil una fracción de segundo. La ironía de la situación es casi cómica: el hermano me llama su mejor amigo mientras la hermana parece querer clavarme un bisturí en la garganta. Despacio, cierro la mano y choco el puño del chico.
—Practica el clic, Anthony. Hasta la próxima —digo, incapaz de mantener el tono gélido delante del muchacho.
La pelirroja se queda quieta al oírme usar un tono manso con su hermano, y veo cómo la sorpresa desarma su postura por un breve instante y deja a la vista la vulnerabilidad que se esfuerza por esconder bajo esa armadura de espinas.
Pero se recompone demasiado rápido. Con la cabeza alta y la espalda perfectamente recta, saca a Tommie al pasillo con una dignidad cortante.
—Que tenga un buen día, doctor Kallahan-Cross. Rece para no necesitar hoy el calor humano de nadie.
Tira de la pesada puerta y la cierra con un clic firme que reverbera en el mármol.
Me quedo solo en el centro de la inmensa sala. El silencio que antes me reconfortaba ahora resulta extrañamente vacío. Miro el bolígrafo de titanio sobre la mesa y luego la puerta cerrada, notando cómo la sangre me late caliente y pesada en las sienes.
Menuda mujer insolente, por todos los demonios.
Y por primera vez en años, el cuerpo entero me arde de pura obsesión.