Capítulo 8 #2
—Deja de decir que lo sabes como si eso significara algo.
No estabas allí cuando tuve que cambiar mis horarios para no cruzarme contigo, cuando Thiago me llevó a casa porque yo no podía conducir o cuando empecé a creer que toda la relación había existido solo en mi cabeza.
Tú seguiste con tu vida. Yo me quedé intentando descubrir qué parte de mí no había sido suficiente.
El dolor en su voz me oprimió el pecho, pero no intenté interrumpirla. Cualquier justificación habría sido una forma de anteponer mi necesidad de defenderme a su experiencia.
—No había nada insuficiente en ti. —Las palabras salieron en voz baja, acompañadas de una certeza que debería haberte ofrecido años antes—.
El problema nunca fue que quisieras demasiado, que fueras demasiado intensa o que no comprendieras la situación.
El problema fue que yo sentía más de lo que podía controlar y actuaba como si eso fuera un fallo tuyo.
Beatriz tardó unos segundos en responder.
—¿Y ahora qué quieres? —preguntó con los brazos cruzados, aunque su postura ya no parecía solo defensiva.
Había cansancio, rabia y una vulnerabilidad que quizá odiara mostrar ante mí—.
¿Quieres que te diga que todo va bien porque tu vida se ha venido abajo?
¿Quieres que reconozca que estás cambiando y te ofrezca una segunda oportunidad?
—No.
La respuesta salió sin vacilar.
Entrecerró los ojos.
—Entonces, ¿por qué estamos aquí?
—Porque te merecías escuchar la verdad, aunque nunca cambie nada entre nosotros.
—Di un paso atrás, aumentando la distancia para que no interpretara mis palabras como un intento de acercarme—.
Mi duelo no borra lo que hice. La muerte de Laura no me convierte en alguien digno de perdón, y cuidar de Helena no corrige la forma en que te traté.
Debería haberlo reconocido antes de cualquier tragedia.
El sonido de la fuente llenó el silencio. Al otro lado del cristal, una ambulancia atravesó la entrada del hospital, y el movimiento lejano de los profesionales nos recordaba que el mundo seguía girando a pesar de nuestra conversación.
Beatriz se miró las manos antes de volver a hablar.
—¿Querías a Laura?
La pregunta no parecía una trampa, pero exigía sinceridad.
—La quería. —El dolor surgió al pronunciar su nombre, pero no permití que se convirtiera en una excusa—.
Nuestro matrimonio fue real, y ella no fue una elección hecha para hacerte daño.
Laura fue importante para mí, y no voy a restar importancia a lo que vivimos para que esta conversación resulte más fácil.
Beatriz asintió lentamente.
—No quería que lo restaras importancia.
—Tampoco quiero que pienses que el hecho de amarla convirtió lo que sentía por ti en una mentira. —Respiré hondo, sintiendo el riesgo de ir más allá del motivo por el que la había llamado—. Lo que hubo entre nosotros fue real. Simplemente no tuve el valor de mantenerlo.
Ella cerró los ojos por un instante y, cuando los abrió, había un dolor antiguo mezclado con algo que no logré identificar.
—Eso habría supuesto una diferencia hace cinco años.
—Lo sé.
—Ahora no sé qué hacer con esta información.
—No tienes que hacer nada.
Beatriz exhaló un largo suspiro y se dirigió al banco, pero se quedó de pie frente a él.
—Tu arrepentimiento no puede convertirse en otra carga más que tenga que soportar. —Pasó los dedos por las historias clínicas, alineándolas aunque ya estuvieran ordenados. —Puedes reconocer lo que has hecho sin esperar que eso alivie tu culpa. Tu arrepentimiento te pertenece a ti.
La frase me atravesó el pecho con precisión; sin embargo, asentí antes de que surgiera cualquier defensa.
—Tienes razón.
—No te lo digo para que me des la razón. —La irritación volvió durante unos segundos, aunque ya no tenía la misma fuerza que al principio—. Te lo digo porque no quiero que aparezcas dentro de unos días, hagas algún gesto amable y esperes que yo lo interprete como una forma de reparación.
—No voy a esperar.
—Tampoco quiero que utilices a Helena para acercarte a mí.
—No lo haré.
—Y no quiero que el hospital convierta nuestra historia en tema de cotilleo.
—Si alguien pregunta, asumiré mi parte sin revelar detalles sobre ti.
Beatriz me observó durante unos segundos, como si buscara algún rastro del hombre que solía prometer que se controlaría antes de tomar una decisión por su cuenta.
—¿Te has ensayado esta conversación?
—Durante media mañana.
La sinceridad provocó una reacción mínima en sus labios, casi una sonrisa que desapareció antes de formarse.
—Sigues intentando controlarlo todo.
—Estoy intentando descubrir la diferencia entre prepararme y decidir el resultado.
—¿Y la has descubierto?
—Todavía no del todo. —Me pasé la mano por la nuca, sintiendo la tensión acumulada—. Pero sé que no puedo controlar si me vas a perdonar.
—No lo haré.
La respuesta debería haberme dolido más de lo que me dolió. Quizá porque no esperaba el perdón o porque escuchar la verdad era menos cruel que quedarme atrapado en la incertidumbre.
—Lo entiendo.
—No he dicho que nunca te vaya a perdonar. —Beatriz apartó la mirada, como si la corrección se le hubiera escapado contra su voluntad—. He dicho que no lo voy a hacer ahora, solo porque por fin hayas encontrado las palabras adecuadas.
Una pequeña esperanza surgió antes de que pudiera evitarlo, pero la contuve de inmediato. Ella no me ofrecía promesas. Solo dejaba claro que sus sentimientos no se decidirían en aquel jardín.
—No espero que lo hagas.
—¡Genial!
Volvió el silencio, menos hostil que antes, aunque aún cargaba con todo lo que no se podía resolver en una sola conversación.