Rebel (Renegados 3) Capítulo treinta y cinco. Penna
99%

Capítulo treinta y cinco. Penna

CAPÍTULO TREINTA Y CINCO PENNA

LOS ÁNGELES

—¡Rebel! —Me llamaban los reporteros mientras caminaba por nuestra pequeña alfombra roja hacia el estreno.

Me detuve, saqué la cadera con mi vestido Vera Wang sin tirantes y sonreí como si fuera la persona más feliz del mundo.

En realidad, me moría por dentro. Solo tenía el pelo brillante porque mi peluquera lo había rociado con quién sabe qué producto, y ni todo el maquillaje del mundo podía esconder las ojeras que tenía bajo los ojos.

Habían pasado tres semanas desde que encontré los papeles y puse en marcha la lentísima maquinaria del ejército estadounidense para ir a buscar a Cruz.

Hacía dos semanas que se negaban a darme cualquier tipo de información y me decían que el asunto era clasificado. Hijos de puta.

Cumpliendo con mi deber, me quedé quieta y me mostré agradable hasta que sentí que ya habían tomado suficientes fotos y continué mi camino.

En comparación con los demás estrenos de Los Ángeles, el nuestro era diminuto, pero habían venido las estrellas más importantes de los deportes extremos e incluso algunos de los actores más famosos de Hollywood.

Al final, parecía que nuestro pequeño documental estaba causando bastante sensación.

—Rebel, ¿dirías que los Renegades y tú son la nueva generación de Warren Miller?

—La idea de que alguien sea capaz de reemplazar a Warren Miller es ridícula —respondí—. Además, no creo que tenga fuerzas para hacer esto todos los años.

Recorrí la fila con la mirada y vi a Nick que me llamaba desde la puerta, así que di una excusa a la prensa y me dirigí a él.

—Afuera parece un zoológico —le dije mientras cruzábamos el teatro en dirección al escenario.

—Faltan como diez minutos para el discurso y no quería que te quedaras atrapada en medio de la aglomeración de gente.

—Gracias. ¿Y los demás?

—Ya están esperando detrás del escenario.

El personal del teatro levantó los cordones de terciopelo rojo que dividían la sección de los bastidores y nos dejó pasar. Le dimos las gracias y fuimos al punto de encuentro que teníamos asignado.

Landon y Pax nos estaban esperando justo detrás del telón y nos situamos en el centro del escenario.

—Mierda, destacas como un vestido rojo en medio de un montón de esmóquines —bromeó Landon.

—Pensé en ponerme un esmoquin como ustedes, pero luego me di cuenta de que nunca me ha dado miedo ser la única chica. ¿Estás listo? —le pregunté a Nick.

Asintió.

—Ya me mostré en público en Cuba, así que esto va a ser pan comido.

—¿Vieron a Zoe? —preguntó Pax—. Ya está levantada y camina.

—También está Gabe. Pero les he prohibido la entrada a sus padres —murmuró Landon al final.

—Buena decisión —dijo Nick.

Nos quedamos charlando unos minutos más para matar el tiempo, hasta que Bobby nos hizo un gesto desde bambalinas y se señaló el reloj.

—Parece que llegó la hora —dijo Pax.

Nos colocamos en fila y miramos hacia el teatro, lleno de gente, del que solo nos separaba una cortina de terciopelo.

—A veces no puedo creer que lo hayamos logrado de verdad —dije.

—A mí me vuela la cabeza todos los días —respondió Landon.

El botón de los micrófonos empezó a titilar con una luz roja y dejamos de hablar. Estábamos en directo.

Sonó música a todo volumen por el sistema de sonido y se levantó el telón ante los aplausos del público. La sala estaba llena. Distinguí un par de caras conocidas entre la multitud: Leah y Rachel estaban sentadas junto a nuestros asientos reservados. Little John estaba un poco más atrás.

—Gracias por venir —dijo Paxton al saludar—. Yo soy Wilder.

—Rebel.

—Nova.

—Y Nitro —concluyó Nick.

El aplauso fue ensordecedor y sentí que me subía el calor a las mejillas.

—Los Renegades empezamos en mi jardín, con nosotros cuatro, que siempre nos negábamos a entrar en casa cuando nos llamaban a cenar —rio Pax—. Siempre queríamos una vuelta más, un salto más. Creo que las cosas no han cambiado mucho.

—Crecimos, nos fuimos de casa de nuestros padres, gracias a Dios —agregó Landon, lo que provocó algunas risas en el público—. Ganamos unas medallas en los X Games y también cierta reputación por ser lo bastante idiotas como para hacer los retos que nadie más intentaría.

—Yo me lesioné —dijo Nick, y se hizo silencio en la sala—.

Mis amigos tuvieron la iniciativa de proponer este documental, con la esperanza de que pudiera seguir aportando mi parte con mis diseños de retos y rampas.

En Cuba descubrí que sigo siendo bastante bueno en la rampa.

—El público gritó de emoción y todos nos reímos.

—Este documental se convirtió en mucho más que hacer deporte —dije.

Lo habíamos ensayado un par de veces, pero ahora que estábamos aquí, tenía bastante miedo de estropearlo delante de tanta gente—.

Es cierto que nuestras hazañas son increíbles, pero los retos que hacemos en este documental no son nada comparados con las experiencias que tuvimos viajando por el mundo.

Y no solo por los lugares que vimos y las culturas que tuvimos la suerte de conocer, sino también por lo mucho que crecimos juntos como amigos.

—Hicimos algunas cosas por primera vez —dijo Pax.

—En otras fracasamos —agregó Landon—. Pero después volvimos, lo volvimos a intentar y lo logramos —dijo, sonriéndole a Rachel. Habían pasado tres semanas en Nepal con el equipo de filmación y, por fin, Landon había logrado hacer la bajada de sus sueños.

—Desafiamos los límites del género, la lógica y la gravedad —dije.

—Y, como van a ver ahora, todos nos enamoramos. —Pax le sonrió a Leah—: Yo me enamoré de mi tutora.

—Yo recuperé a la que había perdido en un principio. —Landon le guiñó el ojo a Rachel.

—Yo me enamoré de una persona de la que nunca debería haberme enamorado.

Gradma me sonrió con tristeza desde su asiento junto a Elisa.

—Yo aprendí a quererme a mí mismo —concluyó Nick.

—Desatamos unos cuantos incidentes internacionales, pero creo que Rebel se llevó todos los premios —dijo Pax entre risas.

Le lancé una mirada. ¿Por qué carajo se estaba saltando el guion que habíamos acordado?

Landon me rodeó con el brazo.

—A esta chica la separaron del amor de su vida en la embajada de Estados Unidos en Cuba.

—Landon —dije entre dientes, bajando el micrófono.

—Confía en mí —me susurró al oído.

—Cuando volvió a casa, en Los Ángeles, no dejó de pelear —dijo Nick—. Como no podía ser de otra manera siendo Rebel, pateó todas las puertas que pudo para tratar de traerlo de vuelta. Se enfrentó a abogados, al ejército estadounidense y, básicamente, a todo el gobierno cubano.

—¿Y saben qué? Finalmente, pateó la puerta —dijo Pax, sonriéndome como un lunático.

—Pax... —dije en voz baja, con la voz quebrada.

—Ha llegado tu final feliz —me dijo sin el micrófono.

Se me paró el corazón cuando empezó a sonar Love Lifts Us Up por el sistema de sonido.

—Ah, mierda. Volvieron los ochenta —murmuró Nick.

Landon le dio un manotazo en la nuca y Pax se fue al fondo con ellos.

El foco iluminó el lado izquierdo del escenario y contuve la respiración por miedo a que tomar la más mínima bocanada de aire hiciera desaparecer lo que estaba viendo.

A seis metros estaba Cruz, mostrando los hoyuelos, con una sonrisa tan hermosa que tenía que ser producto de mi imaginación, y vestido de pies a cabeza con el uniforme azul del ejército. Se me cayó el micrófono al suelo cuando me llevé las manos a la cara y me tapé la boca.

Se me escapó un sollozo cuando cruzó el escenario a grandes zancadas ante el aplauso enloquecido del público.

Dejé caer los brazos, como si mis músculos hubieran perdido toda la fuerza.

No dijo ni una palabra, simplemente me tomó el rostro entre las manos y me besó como si estuviéramos solos.

Mientras me acariciaba los labios con los suyos, con ese sabor dulce y familiar que tanto lo caracterizaba, la multitud se esfumó y fuimos las únicas personas del mundo.

Entrelacé los brazos detrás de su cuello, me levantó del suelo y me cargó en brazos con una mano debajo de las rodillas, como se lleva a una novia.

—Lo único que nos falta es alguien que grite «¡Bien hecho, Paula!» —me dijo Cruz.

Me reí contra su boca mientras se me escapaban las lágrimas y me caían por las mejillas.

—Sabes que Oficial y caballero es de la Marina, ¿no?

Habíamos recorrido un largo camino desde que me había dicho esas palabras.

En esos ojos marrones clavados en los míos, vi todo lo que necesitaba: fuerza, sentido del humor, hogar..., amor.

—Shhhh. Este es mi gran gesto. Me toca a mí.

Sonreí al recordar la vez que le había dicho exactamente lo mismo en el Athena y volqué toda mi energía en besarlo.

Me llevó en brazos hasta detrás del escenario entre los aplausos más fuertes que había oído en mi vida, pero todo eso no era más que un ruido de fondo, detrás del latido de mi corazón, que seguía el ritmo del suyo.

—Ahora solo tienes que escucharme mientras te digo que te amo —dijo en tono muy serio.

—Yo también te amo —respondí.

—Qué bueno, porque no quiero vivir ni un día de mi vida sin despertarme a tu lado ni dormirme en tus brazos. Eres el único futuro que imagino, Penélope. Y, si eso implica tener que cerrar los ojos mientras haces el reto más descabellado que se te ocurra, lo voy a hacer.

—O puedes hacerlo conmigo. Tú no te quedas atrás.

—Tengo que seguirle el ritmo a mi chica —dijo con la boca contra mis labios y nos perdimos en otro beso que se sintió todavía más perfecto que el anterior—. Habría llamado, pero acabo de llegar a Estados Unidos esta mañana y, la verdad, esto me parecía...

—Épico —sugerí.

—Digno de ti —respondió con otro beso. ¿Algún día me cansaría de besarlo? Lo dudaba mucho.

Sentí sus mejillas suaves bajo mis dedos cuando me aparté lo suficiente para mirarlo.

—¿Estás de vuelta en casa? ¿De verdad?

—Gracias a ti, sí.

Un nuevo mar de lágrimas me surcó las mejillas, como si mi cuerpo por fin se hubiera permitido llorar.

—Te eché de menos. Tenía tanto miedo de no volver a verte nunca más.

Me atrajo hacia sí, me dio un beso en la frente y me abrazó.

—No llores. Estoy aquí y no te voy a dejar nunca. —Aunque... —Se le apagó la voz y una oleada de miedo desplazó mi euforia.

—¿Qué? ¡Dímelo ya!

—Ahora tengo entrenamiento militar una vez al mes. Voy a estar en la reserva los tres próximos años. Pero, si no estás de acuerdo, siempre puedo volver a Cuba.

Me reí y las lágrimas me nublaron la vista.

—Creo que nos las vamos a arreglar. ¿Cruz? —dije, pasándole las manos por el pelo que le caía sobre la nuca.

—¿Sí, amor?

Bastó con esa mirada: mi cuerpo ya ardía, listo para el suyo. Los meses de distancia no habían cambiado nada de nuestra química ni del amor devorador que sentía por él.

En esos segundos, nuestro futuro se volvió tan claro. Iríamos a reír, a pelear, a llevarnos al borde de la locura y a rescatarnos antes de caer. Nos íbamos a amar más que cualquier otra pareja de la historia.

—Llévame a casa.

Sonrió y me besó con ternura.

—¿No quieres ver el documental?

Negué con la cabeza.

—Ya sé cómo termina.

—Ah, ¿sí? —preguntó, ya fuera del teatro, todavía conmigo a salvo en sus fuertes brazos.

—Felices para siempre.