Rebel (Renegados 3) Epílogo. Penna
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Epílogo. Penna

EPÍLOGO PENNA

C INCO AÑOS DESPUÉS

—¿Tía Penna?

La vocecita tierna de Melody me sobresaltó y dejé el teléfono en la encimera de la cocina de Pax. Qué raro que una sola llamada fuera capaz de cambiarlo todo.

Respiré hondo, tratando de calmarme, pues mis emociones estaban en una montaña rusa que no parecía tener fin.

—¿Qué pasa, Mel? —le pregunté a la niña de cuatro años, arrodillándome para ponerme a su altura. Tenía los ojos celestes de Pax y la seriedad de Leah, y le interesaba mucho más saber cómo funcionaban las motocicletas que la idea de subirse a una algún día.

—¿Ya estás lista para darle el regalo de cumpleaños al tío Cruz?

Se me dibujó una sonrisa automática en la cara y parpadeé para secar unas lágrimas que habían aparecido de la nada. Este era un cumpleaños que mi hermoso marido no olvidaría jamás.

—Creo que sí —le contesté, mientras le apartaba un mechón de pelo de la oreja—. ¿Quieres ayudarme?

Asintió y se le iluminaron los ojos.

—Bueno, ve a buscar a tu hermano y a Skye, y vengan a la cochera, ¿sí?

Volvió a asentir rápidamente y se fue corriendo, soltando la puerta con un portazo mientras subía las rampas.

La seguí y me detuve en el porche gigante que Leah le había exigido a Pax que le agregara a su casa unos años atrás. Ese detalle había convertido el Rancho Renegade, nuestro cuartel general, en su hogar, y era el lugar perfecto para sentarse con los amigos a ver la puesta del sol.

En los últimos años habían cambiado tantas cosas, pero el verano en el Rancho Renegade seguía siendo mi época favorita del año. No importaba adónde hubiera ido cada uno fuera de temporada: el verano era sagrado y todos volvíamos a casa.

—Ahí estás —dijo Landon, que me esperaba al pie de los escalones del porche y me rodeó el hombro con el brazo.

—Mandé a Mel a buscar a Mason y a Skye, ¿está bien?

—Si logras que Skye se baje de esa rampa, te felicito. Rachel y yo ya le hemos preguntado cuatro veces si quiere tomarse un descanso. —Se rio, señalando a su hija de tres años, que se lanzaba por la rampa con su bicicleta diminuta.

—¡Guau, qué salto!

—Lo ha heredado de la tía. —Me dio un abrazo mientras Skye iba en bicicleta hasta donde estaba sentado Nick, listo para guiarla, como siempre. Su novia, Joy, se había ido por trabajo ese fin de semana, pero nunca pasaban mucho tiempo separados.

—Ya casi está el almuerzo —gritó Leah desde la sombra que cubría la larga mesa de pícnic, donde estaba sentada con Mason y Rachel. En ese momento, el niño de dos años se bajó del regazo de su madre y se dirigió tambaleándose hacia su persona favorita: Pax.

Pax lo alzó en brazos y vino con nosotros.

—Está todo preparado. ¿Lista?

Antes de que pudiera responder, apareció Cruz desde detrás de la rampa más grande, limpiándose la grasa de las manos y riéndose de algo que había dicho Little John.

—Nos vemos en la cochera —dijo Pax, conteniendo una risa al ver que no podía apartar la mirada de mi marido.

Se me hinchó el pecho, como si la felicidad que me inundaba no pudiera caber en algo tan pequeño como mi cuerpo. Me sentía radiante como un rayo de sol, y todo gracias a ese hombre, que me había regalado el sol de más de una manera.

Sonrió cuando me vio, y eso me derritió por dentro como siempre. Ya llevábamos tres años casados, pero el efecto que me producía nunca cambiaba. De hecho, solo se había vuelto más intenso.

No le quité los ojos de encima mientras se acercaba al lugar donde ahora estaba yo sola. ¿Podía la vida ser mejor que esto? ¿Que estar rodeada de amigos, familia y del hombre que amaba? No me imaginaba nada mejor, pero sabía que lo mejor estaba por llegar.

—Penélope —dijo en voz baja mientras me rodeaba la cintura con los brazos.

—Cruz —respondí, mirándolo desde abajo y sonriendo como una idiota—. Feliz cumpleaños.

—Ya lo dijiste esta mañana cuando nos despertamos y otra vez una hora después, cuando nos levantamos de la cama. Y otra vez cuando veníamos en el coche —me recordó, besándome la frente.

—Y seguro que te lo digo como diez veces más antes de que termine el día. Si consigues despegar a Skye de esa rampa, tengo un regalo para ti en la cochera.

Levantó esas cejas oscuras con los mismos ojos de siempre, del color del chocolate y con el poder de derretirme.

—Nadie más la puede sacar, ¿no?

—No —dije, negando con la cabeza.

Fuimos a la rampa, donde estaba Skye haciendo otra pasada, esta vez aún más alta. Se bajó de su pequeña bicicleta de un salto, se quitó el casco y corrió hacia Cruz.

—¡Tío Cruz! ¿Me has visto? ¿Me has visto?

—¡Te vi! —dijo, levantándola en brazos y dando una vuelta—. ¡Estuviste increíble! ¿Te estás divirtiendo?

—¡Sí! —asintió, sacudiendo la melena negra que le llegaba hasta el mentón. Luego entornó los ojos—. Melody no se quiso subir.

—No pasa nada. No hace falta que se suba Melody para que te diviertas —le dijo mientras íbamos a la cochera. Cruz era la única persona que atraía magnéticamente a Skye, cosa que siempre me derretía por dentro.

Se acercó Nick y me apretó suavemente la mano.

—Gracias por el descanso. Es implacable.

—Me pregunto de quién lo habrá sacado. —Señalé a sus padres, que estaban esperando a la sombra de la cochera.

—Nació Renegade —rio.

Eché una mirada a Cruz y Skye. Cruz sería un padre increíble.

Y no es que no lo hubiéramos intentado. Queríamos formar una familia apenas nos casamos, tener hijos mientras todavía éramos lo bastante jóvenes para jugar con ellos y criarlos con la nueva generación de Renegades, pero no nos había salido como habíamos planeado.

Tras el primer año, acudimos a consulta y descubrimos que yo no era una candidata biológicamente ejemplar para la maternidad convencional.

Ya habíamos pasado por varias desilusiones, especialistas, inyecciones, citas médicas y fertilizaciones in vitro fallidas en los últimos tres años.

Parecía que, cuanto más lo intentábamos, más dolía y más nos importaba.

Era un ciclo del que necesitábamos alejarnos.

Cuatro meses atrás, dejamos de usar la ciencia en contra de la naturaleza y decidimos tomarnos un descanso.

—¿Y? ¿Qué me has comprado? —preguntó Cruz alegremente mientras íbamos hacia la cochera. Dejó a Skye en el suelo y ella, que era una versión en miniatura de su madre, fue corriendo hacia su padre.

—Ya lo verás —dije, y lo llevé de la mano en medio de nuestro grupo de amigos.

—¿Eso es...? —Se le puso la voz aguda.

—Levanta la lona.

Me lanzó una mirada de pura emoción y levantó la tela que cubría la preciosa moto de cross. La pintura tenía el mismo diseño que el de mi Elizabeth Segunda, pero en azul.

—¡Penélope! ¿Esta es...?

—¡El modelo del año que viene! ¡Ni siquiera ha salido a la venta todavía!

Pasó la mano por el asiento y después se dio la vuelta para mirarme, con los hoyuelos totalmente marcados.

—Es impresionante, gracias —dijo, y me dio un beso en la mejilla.

—¡Feliz cumpleaños! —le dije.

—¿Qué nombre le vas a poner? —preguntó Pax, con Melody acurrucada entre él y Leah, y Mason en brazos.

Cruz entornó los ojos, pensó un segundo y asintió para sí mismo, como si ya lo hubiera decidido.

—Darcy.

—¿Qué? —preguntó Landon.

—Tú tienes a Elizabeth Segunda —dijo Cruz con ternura—. Quedaría perfecto que yo tuviera a Darcy.

Me desmayo.

—Estoy loca por ti, con todo mi corazón de Orgullo y prejuicio —le dije, y me besó otra vez.

—Bueno, pues vamos, tórtolos. Ya está el almuerzo y alguien tiene que planificar este nuevo documental —dijo Pax, llevándose a su familia de la cochera.

Cuando se estrenó Aguas internacionales III, recibió el aplauso de la crítica y se ganó un público de culto, lo que nos dio el respaldo necesario para hacer la siguiente edición, que íbamos a empezar a filmar al año siguiente.

Detuve a Cruz con la mano cuando se dio la vuelta para irse y se detuvo en seco.

—Vayan yendo. Ya vamos —dije cuando Rachel se dio la vuelta y nos miró.

Cuando la cochera quedó vacía, levanté la vista hacia mi esposo y traté de memorizar hasta el último detalle de ese momento. Quería poder revivirlo infinitas veces durante el resto de nuestra vida.

—Creo que esta vez voy a tener que dejar de participar en el documental —le dije, con el labio inferior temblando. No llores. Todavía no. ¡Primero se lo tienes que contar!

Al instante, se le dibujó la preocupación en el rostro.

—Está bien. Sabes que voy a apoyar cualquier decisión que creas que debes tomar, pero, si esto tiene que ver conmigo...

Cruz había renunciado formalmente a la enseñanza (nuestra aventura le había arruinado el currículum, podríamos decir), pero estaba feliz de dar clases particulares a los Renegades más jóvenes para asegurarse de que todos obtuvieran su diploma de secundaria o consiguieran su título universitario.

—No, no es por eso. Ya sé que eres feliz en cualquier sitio, siempre que estemos juntos. Esto tiene que ver conmigo. Bah, con nosotros. —Se me quebró la voz con la última palabra y parpadeé para contener las lágrimas que amenazaban con caer desde que había atendido esa llamada.

—Me estás asustando —dijo, mientras me sostenía el rostro entre las manos.

La emoción me cerró la garganta y, en lugar de hablar, le tomé una mano y la bajé por mi cuerpo hasta apoyarla en mi bajo vientre.

—Tiene que ver con nosotros —repetí, mientras se me escapaba la primera lágrima.

Entonces, mi marido, hermoso, brillante y elocuente, se quedó sin palabras. Abrió y cerró la boca varias veces, alternando frenéticamente la mirada entre mi vientre y mi cara.

—¿Penelope?

Mi sonrisa era enorme y las lágrimas no paraban de caerme por las mejillas.

—Acaba de llamar el doctor Silverman. Había ido a verlo ayer por la tarde porque no quería ilusionarme, pero hacía meses que...

—¿Estás embarazada?

Asentí.

—Él cree que estoy de once semanas, según los análisis y las fechas, pero quiere que vayamos a hacer una ecografía mañana por la mañana para confirmarlo.

Me levantó en el aire y me abrazó fuerte contra su pecho, enterrando la cara en mi cuello.

—Gracias, gracias, gracias —repetía, y no sabía si me estaba agradeciendo a mí, a Dios, al destino o al doctor Silverman. No me importaba, porque sentía lo mismo que él.

—Feliz cumpleaños —susurré, y con un abrazo delicado me volvió a dejar en el suelo. El beso que me dio me dejó mareada: fue apasionado y tierno, muy Cruz.

Luego se puso de rodillas delante de mí, me levantó la camiseta y me dio un beso en la barriga.

—El mejor día de mi vida.

Se lo contamos a los demás y Pax exigió que suspendiéramos la filmación durante un año. Dijo que o grabábamos juntos o no grabábamos nada y que a todos nos vendría bien pasar un año en familia.

Así que todos nos tomamos el año libre.

Nació nuestra hija. Nuestra hija perfecta, de tres kilos y doscientos sesenta gramos, que de alguna manera había heredado el pelo oscuro de Cruz y mis ojos celestes.

Y, en nuestra sala de partos, cuando me pusieron a Aria en brazos, entraron los Renegades. Presenté a mi hija a su familia, incluida la abuela de Cruz, que no tuvo ningún problema en empujar a Landon de un codazo para llegar a su bisnieta.

Mientras todos charlaban, me acurruqué con mi hija y le susurré:

—Puedes subirte a una moto o no. Eso nunca nos importará a ninguno de los que estamos aquí, ni nos molestará, siempre y cuando seas feliz. Tu lugar es aquí. Aquí siempre vas a pertenecer.

Cruz se inclinó y me besó con ternura, después pasó un dedo por la suave piel de la mejilla de Aria.

—¿En qué piensas? —preguntó.

—Me he pasado toda la vida buscando adrenalina, la emoción de la aventura, pero ahora que la veo a ella y a ti, sé que esta es nuestra aventura más grande.

—Tú sí que vives al límite, Penélope. —Tenía una sonrisa deslumbrante cuando repitió las primeras palabras que me había dicho en la vida.

—Solo así me gusta.

—Solo así me gustas .

Su beso fue suave y contenía todas las emociones que no podíamos nombrar. Y me di cuenta de que había llegado.

Había llegado a la cima, al momento cumbre.

—El mejor día de todos —le susurré a nuestra hija.

—El mejor día de todos —repitió Cruz.

Y lo era.