Capítulo treinta y cuatro. Cruz
CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO CRUZ
LA HABANA
—Vamos —ladró el guardia desde la entrada de mi celda.
Me froté la barba con una mano tratando de despertarme. El problema de estar recluido en una celda de aislamiento sin ventana era que había perdido la noción del tiempo; no solo de las horas del día, sino de los días en general.
Había intentado hacer una marca cada vez que me daban de comer para definir la hora según el tipo de comida que traían los guardias, pero sospechaba que lo cambiaban solo para fastidiarme.
—Ahora —me apremió el guardia.
Me levanté como pude del colchón de mi litera y salí de la celda detrás de él. Otro soldado armado iba dos pasos más atrás mientras caminábamos trabajosamente por los pasillos y subíamos unas escaleras.
—¿Qué día es? —pregunté.
—Silencio.
Qué gran ayuda.
Salimos al primer piso y me tapé los ojos para protegerlos de la luz cegadora del sol que se colaba por las ventanas.
—¡Muévete! —gritó el guardia, y avancé con los ojos lagrimeando por la embestida de la luz.
—Aquí —dijo el que iba delante, abriendo una puerta.
Cuando pasé, pude bajar las manos de los ojos, ya que la luz era más tenue.
—Por Dios santo, ¿qué le ha hecho? —preguntó un hombre con acento sureño. Parpadeé hasta que dejé de verlo borroso. Llevaba el uniforme de combate del ejército de Estados Unidos, con el águila plateada del rango de coronel en el pecho y el nombre «Ward».
—Lo he tratado como a cualquier preso —respondió mi padre.
—Siéntese, hijo —dijo el coronel Ward, ofreciéndome una silla.
—Es mi hijo —gruñó mi padre.
—Y se nota que lo ha tratado como tal —dijo Ward, arrastrando las palabras—. Pedí esta reunión hace dos semanas.
—No tengo ninguna obligación de dejar que vea a este preso. —Mi papá se encogió de hombros.
—Si fuera solo un ciudadano cubano, tendría razón.
Pero, teniendo en cuenta que es miembro del ejército estadounidense, no podría estar más equivocado.
Va a entregarme la custodia del sargento Delgado a menos que quiera sufrir consecuencias directas.
A Estados Unidos no le hace ninguna gracia que un gobierno extranjero retenga a sus soldados.
Me enderecé en el asiento y me eché hacia delante.
—¿Qué está pasando?
—¿Qué sabe de la Reserva Individual Lista?
Mi mente tardó un momento en dar con una respuesta.
—Son los cuatro años que uno está en reserva después de terminar el servicio.
—Exacto —dijo, señalándome con el dedo—. Ahora lo voy a aclarar para ustedes, los que no son estadounidenses. El sargento Delgado se alistó por tres años a los diecisiete...
—Y tiene veintiocho, así que su punto...
—Ahora estoy hablando yo —dijo el coronel Ward, interrumpiendo a mi padre.
Parece que había pasado un cumpleaños en este agujero infernal sin darme cuenta; o sea, que era por lo menos el primero de agosto. Por Dios, hacía casi cuatro meses que estaba aquí.
—Ahora —dijo el coronel Ward, volviéndose hacia mí—. Se alistó a los diecisiete, cumplió los tres años acordados y después pasó a la Reserva Individual Lista.
—Claro —afirmé. Todo encajaba. La Reserva Individual Lista se activaba automáticamente para cualquiera que sirviera menos de ocho años.
Teníamos un compromiso de ocho años y podían llamarnos si el presidente así lo quería, pero no había sucedido desde la Operación Tormenta del Desierto en los noventa.
Era un documento que había firmado una vez y en el que nunca más había pensado.
Pero yo ya cumplí con esos ocho años a los veinticinco.
—Resulta que ese plazo se extendió mientras hacía el doctorado, doctor Delgado —dijo el coronel Ward con una sonrisa.
—Se extendió. —Se encendió una chispa de esperanza en mi pecho y, aunque quería aplastarla, la muy maldita empezó a brillar con más y más fuerza.
—Sí. Lamento informarle que hace dos semanas recibí una llamada en la que me comunicaron que lo habían vuelto a llamar de la Reserva Seleccionada. Su unidad de reserva lo está esperando en Los Ángeles.
Se escapó una leve risa de incredulidad.
—¡Esto es un disparate! —despotricó mi padre—. ¡Es un criminal!
—¿Acusado de qué? —preguntó el coronel Ward—. ¿De secuestrar a una adulta de dieciocho años con su consentimiento y ayudarla a llegar a la embajada de su país?
Mi padre se quedó boquiabierto y, después, cerró con fuerza la boca y apretó la mandíbula.
—No vamos a ceder la custodia.
Se abrió la puerta y entró otro general cubano.
—General Delgado.
—General Gutiérrez.
El coronel Ward se me acercó, me apoyó una mano en el hombro y dijo:
—A partir de este momento, tengo la custodia del sargento Delgado.
Con todo lo que han tenido que atravesar nuestros dos países para restablecer las relaciones diplomáticas, ¿de verdad está dispuesto a ir a la guerra por esto?
Porque yo sí. No voy a dejar a ningún soldado estadounidense encarcelado injustamente en territorio enemigo y tengo aproximadamente a cinco mil soldados a unos ochocientos kilómetros de aquí.
Mi padre golpeó la mesa con los puños y dejó caer la cabeza, con el pecho muy agitado.
—No.
—Por supuesto que puede llevarse a su soldado, coronel. Adelante, por favor —dijo el general Gutiérrez con una sonrisa.
—Un gusto conocerlos, generales Delgado y Gutiérrez —dijo Ward, inclinándose ante cada uno—. Gracias.
No hizo falta que me dijera nada. Salí disparado del asiento y dejé la sala de conferencias detrás de él, mientras se oían gritos a nuestras espaldas.
—Siga caminando —me ordenó—. No pare por ningún motivo.
—Sí, señor.
Cruzamos el pasillo de suelo de mármol y arcos abiertos que dejaban ver el clima caribeño. Un escenario tan hermoso para algo tan horrible.
Nos encontramos con un pequeño grupo de soldados estadounidenses armados que me llevaron a un camión militar Humvee. Me subí sin dudarlo. Me hundí en el asiento trasero mientras Ward se subía delante y ocupaba el asiento de acompañante.
—¿Esto está pasando de verdad? —pregunté, esperando despertar en cualquier momento y encontrarme de nuevo en esa celda de aislamiento.
—Sí, claro que sí. ¿Cómo está? ¿Tiene hambre o sed? —preguntó mientras el convoy salía del cuartel general.
—Sí, a todo —contesté, apoyando la cabeza en el asiento. De verdad me estaba yendo, escapando, volviendo a casa. Penélope.
—Bien. Vamos a tener que hacer un informe, por supuesto, pero después lo llevamos de vuelta a Estados Unidos.
—Sí, señor. ¿Cómo sabían de mí? —pregunté.
—Su novia es más insistente que la mierda, sargento.
Esa esperanza que sentía en el pecho estalló y se convirtió en un fuego ardiente. Dentro de muy poco iba a estar de vuelta en Los Ángeles. Podría abrazarla, besarla, discutir con ella y luego tener el mejor sexo de reconciliación de nuestras vidas. Después, podríamos empezar de nuevo.
—No hay nadie como ella en todo el planeta, señor.
—Y no acepta un no por respuesta.
Sonreí; fue la primera sonrisa real desde que me habían separado de ella en la embajada.
—Sí, bueno, no por nada le dicen Rebel.