Capítulo treinta y tres. Penna
CAPÍTULO TREINTA Y TRES PENNA
LOS ÁNGELES
—¡Ya han pasado tres meses, carajo! —les grité a nuestros abogados—, ¿cómo que no tienen nada?
Los tres hombres de traje se miraron mientras Pax se ponía a mi lado y me tomaba de la mano. El largo de la mesa de la sala de conferencias no era suficiente para evitar que me abalanzara sobre ellos si nos hacían ir hasta allí una vez más para decirnos que no tenían nada.
—Señorita Carstairs. —El de más edad me miró desde arriba a través de las gafas—. Hemos agotado hasta el último recurso. Los cubanos no nos dejan hablar con él y están en su derecho. Y, por ley, él es ciudadano de ese país.
—Pero también es ciudadano nuestro —repliqué—. ¿Cuántas veces más vamos a tener que venir aquí para oír siempre lo mismo?
—Esta va a ser la última —dijo con tono serio.
Pax me dio un apretoncito en la mano.
—Se dan por vencidos.
—Es que, sencillamente, no tenemos en qué apoyarnos. No hay fundamento legal.
—Tienen millones de dólares, mis dólares, a su disposición, ¿y me van a decir que no pueden sacar a un ciudadano estadounidense de un país extranjero?
Se inclinó hacia delante y se hicieron evidentes los sesenta años que tenía.
—Le estoy diciendo que no puedo sacar a un ciudadano cubano de Cuba. No hay nada que nos permita pasar por encima de su jurisdicción en este asunto.
Me recosté en la silla.
Pax se levantó y agradeció a los abogados, y Brandon los acompañó hasta la salida, dejándonos solos en la planta setenta y cinco del rascacielos de Wilder Enterprises.
Logré ponerme en pie y fui caminando hasta la ventana, desde la cual se veía la extensión de la ciudad de Los Ángeles bajo nuestros pies.
—¿Penna? —preguntó Pax, acercándose a mi lado.
—Tengo mucho dinero —dije como si nada—. Millones de dólares. Revistas, anuncios... Ayer mismo le ofrecieron a mi agente hacer una película.
—Eso es...
—Tengo todo lo que podría querer, pero no tengo a la persona que necesito . No sé cómo renunciar a él ni cómo asumir que todo lo que tengo no vale nada .
Me rodeó los hombros con el brazo, me abrazó por la espalda y apoyó la cabeza sobre la mía.
—Nunca vamos a bajar los brazos. Solo hay que encontrar la manera de torcer un poco alguna regla.
Pero los dos sabíamos la verdad: nos habíamos quedado sin opciones.
Conduje hasta la casa de Grandma en silencio, con la radio apagada.
Habían pasado tres meses desde que un marine nos escoltó hasta el Athena .
Tres meses desde que Paxton había declarado que era el dueño del barco y que invitaría a bordo a quien quisiera.
Tres meses desde que acompañé a Elisa a pisar suelo estadounidense y presentar su pasaporte, cumpliendo el sueño de Cruz.
Dos meses desde la graduación.
Quedaba un mes para el estreno de nuestro documental.
La tierra seguía girando a mi alrededor mientras mi corazón permanecía en la puerta de la embajada de Estados Unidos en Cuba, donde había besado a Cruz por última vez.
Qué distinto veía el mundo ahora que había conocido y perdido el amor. Todo era más apagado, insípido y deprimente. Era como si la angustia me hubiera alterado la visión, además de despojarme de toda emoción que no fuera la tristeza.
Bueno, en realidad, también estaba el enojo.
Estacioné mi Range Rover en la entrada de la casa de Grandma y me bajé con la voz de Cruz en la cabeza mientras seguía el camino empedrado y subía al porche tan familiar.
—¡Penna! —exclamó Elisa mientras me abrazaba al abrir la puerta.
—Hola —respondí, devolviéndole el abrazo a la chica menuda. Era callada y cauta, pero tenía una mente tan afilada como la mía y, cuando hablaba, sus palabras tenían mucha más fuerza precisamente porque las medía tanto.
—¡Penélope! —Grandma me abrazó aún más fuerte, y por poco me deja sin aire.
—Grandma —dije, tragándome el nudo que tenía en la garganta.
Se alejó de mí con las manos apoyadas en mis hombros; en sus ojos se reflejaba una profunda comprensión y una tristeza contenida.
—La reunión no salió bien.
—No —contesté, negando con la cabeza, mientras me empezaban a arder las primeras lágrimas—. No hay nada que puedan hacer. Se dieron por vencidos.
—¿Y tú? —preguntó.
Me sequé una lágrima suelta y negué con la cabeza.
—A Cruz le llevó diez años sacar a Elisa de Cuba. Creo que tres meses es muy poco tiempo para rendirme.
Sonrió y me sostuvo el rostro entre las manos.
—Yo también.
***
Dos días después, estacioné en la entrada del Robledal del Musgo, junto al Mercedes de mi madre.
Apreté el volante con las manos mientras recuperaba la compostura. Luego, tomé aire con fuerza para tranquilizarme, levanté el mentón y me bajé del coche. Subí los escalones del centro de rehabilitación, abrí la puerta y recibí con gusto la ráfaga helada del aire acondicionado.
Después, caminé hasta la recepción con la sonrisa más grande que pude dibujar.
—¡Te pido mil disculpas, pero estoy llegando tarde!
—Ah, no hay problema, señorita... —La recepcionista me miró con unos ojos azules y redondos.
—Carstairs. Seguro que mis padres ya han entrado a ver a Brooke, pero me he demorado por el tráfico. Ya sabes cómo se pone Los Ángeles los viernes.
—Sí que lo sé —dijo, sonriéndome—, te acompaño hasta el fondo.
El corazón me latía con fuerza y mi estómago quería salir corriendo, pero crucé con paso firme el mismo pasillo que había recorrido con Cruz hacía casi seis meses.
—Aquí estamos —dijo, abriendo la puerta.
—¡Muchísimas gracias! —dije con una breve sonrisa, mientras pasaba por la puerta y la cerraba detrás de mí. La cerré con llave, me apoyé en ella y me encontré con las miradas incrédulas de mi madre, mi padre y Brooke.
Brooke, a quien quería más que a mí misma.
Brooke..., que por un segundo me lanzó una mirada brusca y horrorizada, y luego apartó la vista.
—¡Penna! —exclamó mamá, levantándose de un salto.
—Cuidado, mamá. No vaya a ser que se te arrugue el vestido.
—No la quiero aquí —dijo Brooke con un hilo de voz.
—Bueno, a mí me importa un carajo —dije.
—¡Penélope! —bufó papá, pero se me acercó despacio y me dio un beso en la mejilla.
—Me alegra verte, pero ¿en serio te parece que esta es la mejor manera de hacerlo?
—Es la única manera —repliqué—. Cuando tu única hermana, tu otra mitad, te arroja un reflector de un estadio encima, te destroza la pierna y después se niega a hablarte.
—Ay, Penna, sé buena —me persuadió mamá con tono meloso mientras se sentaba en el sillón doble donde estaba Brooke con su conjunto deportivo de diseñador y la rodeaba con el brazo.
—Ya intenté ser buena, mamá. Lo intenté por correo, por teléfono, por e-mail, e incluso vine a visitarla una vez.
Ser buena no me ha llevado a ninguna parte y ya estoy harta de intentarlo.
La verdad, no entiendo cómo es que tú no estás harta de ser buena.
Casi me muero por su culpa, y aun así la estás consolando a ella.
—Está delicada.
—Tramó todo un plan en contra de nuestros amigos y estuvo a punto de matarnos a más de uno, mamá. A mí no me parece muy «delicado». ¿No, Brooke?
—No quiero hablar de eso. —Brooke se retorció las manos.
—Eso ya no es decisión tuya.
Papá se apoyó en la puerta a mi lado, me ganaba en altura, pero nunca en actitud. Cuando yo crecí, él siempre había sido la calma, el cielo despejado frente al tornado que era mi madre.
—Richard... —Lo quiso persuadir mamá con tono dulce.
—En esto estoy del lado de Penna. Brooke, te quiero mucho, pero, si algún día quieres salir adelante, vas a tener que dejar de esconderte y enfrentarte a lo que hiciste y a las personas a las que lastimaste.
Ese fue, sin duda, el momento más incómodo de mi vida, en el que vi cómo Brooke libraba una batalla interna y, finalmente, negaba con la cabeza.
—Hablé con Nick —dije, y me clavó la mirada—.
Estuvo con nosotros los últimos meses del crucero.
Hizo unas cosas bastante impresionantes con esa silla en la rampa de Cuba.
—Brooke frunció el ceño—. También me contó lo que le hiciste.
Lo de Patrick. —Soltó un grito ahogado—.
No fue culpa tuya. Eso es lo único de lo que te voy a absolver.
Lo de engañar a Nick... Eso sí es responsabilidad tuya.
Ahora, todo lo que hizo él después, todo lo que lo llevó a esa silla...
Eso ya es responsabilidad suya. Él lo sabe.
Todos lo sabemos. Eso sí que no fue culpa tuya.
—Bajó la vista y apretó los labios hasta que se volvieron una línea—.
Lo demás es responsabilidad tuya —dije con voz tranquila—, todo lo que nos hiciste a Pax, a Leah, a mí. Eso es responsabilidad tuya.
—Es que no parabas —susurró.
—No tengo por qué parar. Tú no me controlas. Lo que le pasó a Nick fue un accidente horrible que se podría haber prevenido de muchas formas. Lo que hiciste tú fue causar más accidentes, pero te diré que no nos destruiste, por si te lo estabas preguntando.
Esperé obtener alguna respuesta, pero hacía rato que había dejado de esperar a Brooke.
—Todavía no te perdono —dije, y con eso conseguí que mi madre me prestara atención.
—¡Penna!
—No digas nada, Claire —dijo mi padre.
—No tengo por qué perdonarte y, la verdad, ni siquiera pediste una puta disculpa ni le pediste a nadie que te perdonara.
Tal vez algún día te perdone, pero esa será decisión mía.
Ahora sé que lo único que consigo con esperar algún tipo de cierre o explicación por tu parte es alargar mi dolor, y tengo todo el derecho del mundo a sanar por lo que me hiciste.
—¡No parabas! —gritó Brooke, poniéndose en pie—. ¡Después de todo lo que pasó, volviste a salir a dar vueltas con esa moto de mierda como si no importara nada, como si no te importara yo ni nadie más que ellos!
—Claro que me importas, ¡eras parte del grupo! —exclamé. Tomé aire con la respiración entrecortada y le clavé la mirada a mi hermana, rezando para que no fuera la última vez.
—Nunca formé parte del grupo. Nunca fui lo suficientemente temeraria. Nunca estuve dispuesta a romperme por un truco inútil.
—Pero sí estabas dispuesta a romperme a mí.