Capítulo treinta y dos. Cruz
CAPÍTULO TREINTA Y DOS CRUZ
LA HABANA
Sacudí las manos para que les volviera la sangre cuando los policías me quitaron las esposas y se pusieron a montar guardia junto a la puerta.
La habitación en la que me metieron parecía sacada de cualquier película de la Guerra Fría que hubiera visto en mi vida.
Tenía paredes de hormigón, una mesa y dos sillas de metal, y un espejo unidireccional.
Solté una risa irónica y amarga. La noche que había visto a Penélope por primera vez había terminado esposado, y ahora, en la noche en la que probablemente la vería por última vez, volvía a estar esposado.
Ella era tan valiente y estaba tan decidida a salvar a alguien a quien ni siquiera conocía.
Estaba atravesado por todas las emociones posibles al mismo tiempo.
La rabia por saber que se había puesto en peligro de esa manera competía con la gratitud desgarradora por la intrepidez de la mujer que amaba.
La preocupación por pasar el resto de mi vida en el ejército cubano chocaba con el profundo alivio de saber que Elisa iba a salir de allí.
Penélope la iba a llevar a Harvard. No había sido todo en vano.
Pero la tristeza... Dios, eso me destrozaba: el miedo devastador a no volver a besar a Penélope nunca más, a no abrazarla nunca más, a no llegar a ver nunca la rebeldía de Penélope replicada en nuestras hijas ni su inteligencia reflejada en nuestros hijos.
¿Cómo podía ser tan terrible la vida, que te traía a tu alma gemela solo para arrebatártela?
Se abrió la puerta con un chirrido y entró mi padre. El tiempo le había sentado bien a ese hijo de puta desalmado. Se veía exactamente como lo recordaba; las décadas solo le habían dejado más canas en el pelo y más maldad en la mirada.
—Cruz —dijo, y luego pateó la silla que estaba delante de mí y se sentó.
—¿Cómo te diste cuenta?
—Encontré unas fotos tuyas en el espectáculo de motos. Revisé todas las listas de embarque buscando tu nombre y, aunque me pareció raro que no aparecieras en ninguna, pedí que viniera seguridad extra.
—Bueno, pero ya se ha ido. Elisa está a salvo.
Levantó una ceja.
—Pero te tengo a ti. Te pareces a tu madre, Cruz.
—Tú te pareces a su asesino.
Entornó los ojos.
—¿Así le hablas al padre al que no ves desde hace casi veinte años?
—Así miro al hijo de puta que atacó a mi madre, después a mí y, por último, la mató a golpes cuando tomó la estúpida decisión de regresar.
—Volver fue decisión suya. Podía haberse quedado en Estados Unidos con ustedes y yo me habría encargado de que su hermana no volviera a ver la luz del día. O podía volver con mi hija. Ese era el trato.
Me recosté en el asiento y crucé los brazos sobre el pecho.
—Tú no sabías nada de Elisa. Pensabas que iba a traerme a mí.
—Sí. Tu hermana fue toda una sorpresa. Pero, por mucho que amenazara a tu abuela, no te mandaba conmigo. Qué mujer más terca, te sacó de Miami y desapareció. ¿Cómo está? Muerta, espero.
—Feliz. Triunfando.
—Dios mío, hasta hablas como un estadounidense.
—Soy estadounidense —repliqué.
—¿Así que esto es lo que hacen ustedes? ¿Le dan la espalda a su familia, a su gente?
—Puedo amar este país sin dejar de odiarte.
Tamborileó con los dedos sobre la mesa.
—¿Y la rubia? ¿Penélope? ¿Es tuya?
Apreté la mandíbula.
—Es mía y está muy lejos de tu alcance.
—¿Mandaste a una mujer a hacer tu trabajo?
—Penélope se mandó sola.
Se rio con un sonido maligno.
—Siempre te has escondido tras la falda de una mujer.
—Tú siempre les has tenido miedo a las mujeres fuertes. O tal vez no eres tan fuerte como para seguirles el ritmo.
Golpeó la mesa con las manos, pero no me inmuté.
—¡No le tengo miedo a nada!
—Yo tampoco te tengo miedo. Ya no tengo diez años y, la verdad, me encantaría que intentaras ponerme la mano encima ahora.
Tomó aire con fuerza y, cuando exhaló, juraría que llegué a oler las bocanadas fétidas de ira que le salieron de la boca.
—No hace falta que te pegue. Te voy a quebrar.
—¿Qué podrías querer de mí?
Sonrió con satisfacción.
—Absolutamente nada. No tienes ninguna esperanza de escapar, ninguna vida a la que volver. Vas a pasar el resto de tus días aquí conmigo. No hay nada que puedan hacer ni tu gobierno ni tu rubiecita linda. Por tu culpa perdí a mi hija y vas a pagar con los años que te queden.
Se levantó, sin molestarse en guardar la silla, y se fue llevándose a los guardias con él. El sonido de la puerta fue definitivo cuando se cerró detrás de ellos.
Esta era mi realidad y tendría que aprender a aceptarla.
Penélope y Elisa estaban a salvo: solo eso me importaba y a eso me iba a aferrar.