Capítulo treinta y uno. Penna #3
Cruz ya tenía la mano extendida a través de la ventanilla trasera de la camioneta y ayudé a pasar a Elisa.
Después, alargó el brazo hacia mí y le apreté rápido la mano.
No había tiempo para hacer ningún reencuentro.
Vi la manta en la que habíamos caído, me acosté y me cubrí con ella.
El corazón me latía con fuerza; la adrenalina intensificaba todas las sensaciones y emociones, en especial el miedo, mientras cruzábamos el túnel.
Los policías del otro lado solo nos miraron de soslayo, por lo que oí.
Al fin y al cabo, estaban buscando a una chica estadounidense en moto.
Cruz giró a la derecha, tomando la carretera que iba al nivel del mar, y me quité la manta para tomar una bocanada de aire fresco. La camioneta giró bruscamente por el tráfico, pero yo me quedé quieta, deslizándome hacia delante y hacia atrás en la caja.
—¡Sujétate! —gritó Cruz, así que me agarré como pude al borde de la camioneta y subimos de un salto a la acera.
Se me fueron las piernas hasta el otro lado de la caja, pero no me solté, a pesar de que Cruz dio un volantazo, girando la camioneta noventa grados.
—¡Ahora! —gritó, tendiéndome la mano a través de la ventanilla.
Me subí, metí primero los pies y caí en el asiento corrido, entre Elisa y Cruz.
—¿En qué estabas pensando? —gritó sin despegar la vista del camino.
—¡En que no perdieras la oportunidad de sacarla de aquí, por mi culpa! —espeté.
—La policía —dijo Elisa, señalando a la izquierda.
—¡Mierda! —Cruz dio un volantazo y pasamos un semáforo en rojo a toda velocidad, entre las bocinas de los coches—. Por esa calle se llega al puerto.
—¿Cómo llegaste hasta aquí? —pregunté mientras pasábamos a otro coche.
—Alquilé un bote y después vine hasta la orilla en la balsa salvavidas —dijo—. Básicamente, entré igual que salí: ilegalmente.
—Qué ironía —dijo Elisa—. Chicos, déjenme y ya está. Si me dejan, él los dejará ir.
—¡No! —gritamos Cruz y yo a la vez.
—No iba a quedarme de brazos cruzados mientras tú arriesgabas la vida —gruñó Cruz, lanzándome una mirada asesina.
—Bueno..., qué lindo verte, ¿no? —dije con una mueca incómoda.
—Qué mujer más terca. Demente, imprudente, impulsiva... —Estaba negando con la cabeza cuando giró bruscamente a la izquierda—. Y cómo te amo, carajo.
—Nos han encontrado —dijo Elisa con voz seca cuando oímos las sirenas detrás de nosotros.
Había muchísimas banderas azules flameando sobre unos mástiles altos a nuestra izquierda, cuando Cruz frenó la camioneta, abrió la puerta y me hizo bajar rápidamente. Me llevó pegada a él y rodeamos la camioneta corriendo para encontrarnos con Elisa.
Las puertas de los coches patrulla se abrieron de par en par detrás de nosotros.
Claramente, ese no era el barco. Se trataba de un edificio imponente que se alzaba detrás de un alambre de púas y que estaba custodiado por marines. La embajada de Estados Unidos.
—¡Somos estadounidenses! —exclamó Cruz mientras subíamos corriendo por los amplios escalones de hormigón.
Cuando las puertas se cerraron con fuerza detrás de nosotros, los marines dieron un paso al frente y apuntaron con sus armas a la policía cubana.
—¡Esperen! —resonó una voz severa—. ¡Es mentira!
El general Delgado.
Los marines alternaron la mirada entre nosotros y los cubanos mientras se acercaban más guardias armados desde el interior de la embajada.
¿Completar el primer doble backflip hecho por una mujer en una moto de motocross? Hecho.
¿Empezar un incidente internacional? Hecho.
—Tengo los pasaportes —les dije, mientras sacaba el mío y el de Elisa del bolsillo trasero y los agitaba en el aire.
—¡Pero él es cubano! —exclamó el general Delgado.
El guardia revisó nuestros pasaportes, nos dejó pasar solo a Elisa y a mí, y le di un empujoncito a Elisa.
—Entra.
Nos miró a los dos, y Cruz la abrazó.
—Ve.
Salió corriendo y relajé los hombros con alivio.
Cruz sacó su pasaporte y se lo enseñó al guardia.
—¡Ese papel no vale nada! Él nació en Cuba —dijo el general Delgado cuando nos dimos la vuelta para enfrentarlo, tomados de la mano—. Y Cuba no reconoce ninguna otra ciudadanía para los hijos nacidos en su territorio. No pueden aceptarte. Estás bajo mi jurisdicción.
El general Delgado hizo un gesto con la mano y cuatro policías subieron corriendo por los escalones hacia nosotros.
Con los ojos desorbitados, Cruz me tomó del rostro y me dio un beso brusco en la boca.
—Te amo.
—¡Cruz! —Dos policías cubanos me lo arrebataron de los brazos y lo bajaron por los escalones de hormigón mientras los marines daban un paso al frente para flanquearme—. ¡Hagan algo! —les grité a los marines.
—¿Nació en Cuba? —preguntó uno de los estadounidenses.
—Sí, pero es veterano. ¡Se ganó la ciudadanía estadounidense!
Hizo una mueca de dolor, pero no quitó la vista de encima a los cubanos que subían las escaleras y le apuntó con el arma al que más se había acercado a mí.
—Entonces no podemos ayudarlo. Cuba no reconoce ninguna ciudadanía que venga después de la propia. Están en su derecho de llevárselo. ¿Y la chica?
—Nació en Estados Unidos.
Asintió y luego se pusieron delante de mí, bloqueándome del alcance de los policías cubanos. Otros marines se sumaron a ellos y me fueron cubriendo mientras me hacían retroceder hasta que crucé las puertas y quedé a salvo.
Había salvado a Elisa.
Pero había perdido a Cruz.