Rebel (Renegados 3) Capítulo treinta y uno. Penna #2
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Capítulo treinta y uno. Penna #2

—El general Imbécil se dará cuenta en cuanto oiga que dicen tu nombre y no aparezcas, y vea que Elisa no está en su asiento. Y eso si es que no te vio antes llevándotela en la moto.

—Ya sé, vamos a estar bien.

—Nos vemos en el barco —dijo Landon, abrazándome fuerte.

Asentí y nos separamos mientras Landon me daba un casco.

Era la hora del gran final.

Di la vuelta hasta el palco de los Delgado, donde el general estaba de pie, aplaudiendo, con Elisa a su lado, pálida. Frunció el ceño al ver que le tendía la mano a su hija.

—¿A menos que prefiera que la lleve uno de los chicos? Seguro que a ella le va a gustar más subirse con uno de ellos.

Le lanzó una mirada a Elisa cuando entendió lo que había insinuado y luego negó con la cabeza.

—Hizo un truco impresionante, señorita Carstairs. Estoy seguro de que para mi hija sería un honor que la acompañara usted.

Sonreí y le di el casco. Cuando se lo puso, le cerré el broche debajo del mentón.

—¿Lista? —pregunté cuando se trepó por la barrera y subió a la moto detrás de mí.

—Sí.

—Vamos —le dije—. Sujétate fuerte, ¿me has entendido? No se te ocurra soltarte pase lo que pase.

Asintió y arranqué despacio, como habíamos planeado. Comenzó el gran final a nuestro alrededor y las motocicletas empezaron a llenar el estadio, dando vueltas, girando e impresionando a la multitud, mientras yo bordeaba el estadio con Elisa acurrucada a mis espaldas.

Justo cuando llegamos a la puerta de salida, entró en escena el as que tenía bajo la manga.

Apareció Nick en la rampa de skate más pequeña y levantó las manos en el aire cuando anunciaron su nombre. La multitud enloqueció y los guardias que estaban junto a la salida dentro del estadio se acercaron para ver qué causaba tanto alboroto.

Entonces, con casco y protecciones, Nick se lanzó por la rampa en su silla de ruedas.

Me dolió no poder quedarme a verlo, no poder observar cómo volvía a la vida iluminado por los focos del estadio, pero estaba con Elisa y la puerta estaba abierta.

Y la aproveché.

Mi motor resonó por el pasillo de hormigón mientras cruzábamos el corredor a toda velocidad. Pasamos junto a varios guardias, camarógrafos y algunos trabajadores del estadio que estaban confundidos.

Los guardias que estaban más adelante tenían la radio pegada al oído y, de pronto, sacaron las armas.

—¡No te sueltes, se va a poner movida la cosa! —exclamé.

Elisa asintió, apoyó el casco junto al mío y miró por encima de mi hombro. Desde otro portón salió un montacargas que retrocedió hacia los guardias y los obligó a meterse en el armario de limpieza más cercano.

Little John nos animaba desde el asiento del conductor.

—¡Vayan, que están empezando los premios!

—gritó Bobby, abriendo el portón levadizo que llevaba al exterior.

Salimos a toda velocidad por la ligera pendiente de la salida del estadio, flotamos en el aire durante un segundo y luego aterrizamos.

Me volví un segundo y lo vi bajar el portón con fuerza, dejando dentro a los guardias que nos perseguían.

—¡Los coches! —gritó Elisa cuando nos lanzamos al medio del tráfico.

Fui haciendo eses entre los coches, concentrada únicamente en mantenernos con vida. Entonces oí las sirenas.

Nos habían visto.

Aceleré el motor, apreté las piernas y me preparé para el desafío. Los coches de policía, por muy pequeños que fueran, nos seguían a una manzana de distancia. De repente, aparecieron desde el sur y bloquearon la mejor ruta de regreso al barco.

Mierda. Carajo.

—¡Ve por el túnel! —me urgió Elisa.

—¡Nos estarán esperando al otro lado!

—Puede ser, pero es nuestra única opción.

Subí de marcha y pasé justo entre dos coches, acelerando por el medio como si fuera mi propio carril privado, y nos metimos por el túnel que iba por debajo de la entrada al puerto de La Habana.

De repente, una camioneta se puso a nuestro lado y nos tocó la bocina mientras se oían las sirenas y sus luces se reflejaban en las paredes del túnel. Nos iban a ver en cualquier momento. Estábamos jodidas.

Miré un segundo al conductor que no paraba de tocar el claxon.

Lo miré de nuevo.

—¡Cruz! —exclamé.

—¡Suban! —Leí sus labios, ya que el sonido se perdió por el volumen del ruido del túnel.

—Tienes que subir a la parte de atrás, Elisa —grité, rezando para que me oyera por encima del ruido.

—¿Qué?

—Me voy a acercar todo lo que pueda, ¡y vas a tener que saltar!

—Ah. Sí, bueno. Está bien. —Asintió con un movimiento que concordaba con el tono aterrado de su voz.

El final del túnel se acercaba más rápido de lo que me habría gustado. Me acerqué tanto a la camioneta que rocé el metal de la caja con la pierna.

—¡Ahora!

Elisa se impulsó con mis hombros y, con un pie en el asiento, se lanzó a la caja. Y llegó.

Con una mano en el acelerador, salté haciendo equilibrio con los dos pies en el asiento de Elizabeth, mientras el coche que tenía al lado tocaba el claxon y gritaba algo que no entendí.

Ya había hecho esto mil veces solo por diversión, pero nunca en una situación en la que mi vida estuviera en juego.

Respiré hondo, solté el acelerador y me lancé de costado por encima de la caja de la camioneta, cayendo sobre algo blando junto a Elisa.

Se me encogió el corazón al ver mi moto destrozada debajo de la camioneta que estaba dos coches más atrás.

—¡Deja el casco! —le dije a Elisa, y Cruz volvió a meterse en el tráfico como si acabáramos de hacer una maniobra digna de Evel Knievel.

Se desabrochó el casco mientras yo me quitaba el mío con las gafas protectoras y todo. Lamenté en el acto la pérdida de mi equipo favorito y lo lancé por el costado de la camioneta. Después fue mi camiseta la que se fue, y me quedé solo con la chaqueta protectora ceñida al cuerpo.