Rebel (Renegados 3) Capítulo treinta y uno. Penna
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Capítulo treinta y uno. Penna

CAPÍTULO TREINTA Y UNO PENNA

LA HABANA

Little John nos guiaba a través de la multitud reunida fuera del estadio. El Estadio Panamericano tenía capacidad para treinta y cuatro mil personas y se habían agotado las entradas gracias al excelente trabajo de marketing de Nick y a que habíamos invitado a participantes de todo el mundo.

Habíamos quedado con todos anoche, después de pasar todo el día paseando por La Habana, y le había entregado mi tesis al profesor que sabía que me había estado acostando con Cruz. Más incómodo, imposible.

La Habana era hermosa y su arquitectura me recordaba a la elegancia y la clase del Viejo Mundo. Veía a Cruz en todos los niños que pasaban corriendo y en todos los jóvenes que cruzaban la calle. Me habría encantado que estuviera ahí para mostrarme de dónde venía.

De repente, una mano se asomó entre la multitud y me tomó del hombro, devolviéndome a la realidad de golpe. Landon le agarró la muñeca al tipo y le dijo que no con la cabeza mientras lo empujaba hacia atrás.

—Perdón, parecías distraída —se disculpó.

—Está bien. No me importa que me trates como a una chica de vez en cuando —dije con una sonrisa forzada.

Hoy iba vestida de Rebel de los pies a la cabeza: pelo suelto y rizado, maquillaje impecable, conjunto deportivo y elegante. Nuestro plan requería que cumpliera con mi papel a la perfección y estaba dispuesta a darlo todo.

Logramos entrar en el edificio y cruzar el pequeño pasillo que llevaba a la habitación donde íbamos a dar la rueda de prensa.

Estallaron los flashes apenas entramos y, mientras Leah y Rachel se dirigían a los asientos que les había guardado Little John, yo ocupé mi lugar en la tarima, entre Pax y Landon.

Gritaban nuestros nombres desde todos los rincones del lugar y Little John se encargó de dirigir la conferencia, dando la palabra a un reportero cada vez.

Al principio, las preguntas eran inofensivas: qué nos parecía La Habana, qué nos había inspirado para organizar el primer evento de deportes extremos de esta magnitud en la ciudad, etc.

—Rebel, ¿nos cuentas cómo te sientes después de tu accidente de Dubái?

Ofrecí una sonrisa deslumbrante.

—Estoy totalmente recuperada y lista para darlo todo mañana. De hecho, tengo algo nuevo que mostrarles y les prometo que no lo verán en ningún otro sitio.

—¿Y Nitro? —preguntó otro, y me puse tensa—. Hay rumores de que está aquí, pero no lo vemos con ustedes.

—Nitro está con nosotros, pero ha decidido mantener su viaje en privado. Les agradeceríamos mucho que respetaran su privacidad —dije antes de que Pax perdiera los estribos. Las preguntas sobre Nick eran un tema que él nunca llevaba bien.

Respondimos a algunas preguntas más, principalmente sobre los trucos que habían planeado los chicos y sobre el documental, y después nos fuimos corriendo.

Estábamos caminando por el pasillo resguardado, con paredes de hormigón a ambos lados, cuando llegó Nick con los ojos desorbitados.

—Chicos...

—Un segundo —dijo un soldado de uniforme verde, metiéndose en nuestro camino—. Apaguen las cámaras.

Bobby asintió y el equipo obedeció, totalmente conscientes de las leyes de ese lugar sobre fotografiar personal policial. Todos cruzamos miradas mientras se nos acercaba un séquito armado.

Los guardias se apartaron, dejando ver a un hombre de barba corta que tendría unos cincuenta y tantos años. Era de complexión fuerte, corpulento, con una sonrisa arrogante y —ay, Dios— esos ojos.

Eran los ojos que tanto amaba, pero no eran suaves en absoluto, sino duros como diamantes.

—Este es el general Delgado —lo presentó el guardia.

Pax me dio la mano y se acercó a mí.

—Ah, los Renegades. Esperaba tener la oportunidad de conocerlos. Mi hija está fascinada con ustedes.

—¿Su hija? —preguntó Pax con total naturalidad.

—Sí. Elisa, ven aquí —ordenó, y su voz se volvió dura.

Le apreté la mano a Pax cuando Elisa se asomó. Era impresionantemente bella, con el pelo castaño, largo y abundante, y los mismos ojos que todos los de la familia. Levantó la vista y nos miró fijamente.

—Hola, Elisa —dije con tono suave, tratando de evitar que se me saliera el corazón del pecho, como si estuviera en un cuento de Poe. ¿Qué hacía con él? Se suponía que iba a venir sola. Esperé a que me mirara a los ojos y sonreí—. Yo soy Penélope. — Por favor, que reconozca mi nombre.

Abrió los ojos de par en par.

—¿Rebel? — Lo reconoció. Un pequeño milagro, el día que necesitaba que hubiera al menos diez.

—La misma. ¿Así que eres fan?

Asintió.

—Por supuesto, nunca me lo dijo —dijo el general Delgado—. Encontré una entrada en su habitación. Si no, nunca me habría enterado. —Le dio una palmada en el hombro y ella se estremeció.

—Es que... quería ver al Doc —dijo Elisa con un hilo de voz.

Se me hizo un nudo en la garganta.

—Lo siento mucho, pero el Doc no ha podido venir a este espectáculo. Pero yo me sé su rutina, así que esta noche voy a ocupar su lugar.

Me miró con los ojos muy abiertos, encendidos con una chispa de esperanza, y asentí con una sonrisa temblorosa.

Tuve que hacer un gran esfuerzo para no tomarla del brazo y salir corriendo.

A la mierda el Open. A la mierda el documental.

La tenía justo delante de mí, a menos de un metro, y no podía hacer nada.

Nunca me había sentido tan impotente. Pero ella formaba parte de Cruz y yo no podía... , no iba a fallar.

—¿Van a venir los dos a ver el espectáculo? —preguntó Pax, desviando la atención del general hacia mí.

—Sí —respondió—. He reservado un palco como regalo para Elisa.

Mierda. No iba a estar en el asiento que habíamos planeado.

—Es un honor que esté usted aquí —agregó Landon—. ¿Sabe qué? Si quiere que su hija disfrute de la mejor experiencia posible, nos encantaría incluirla en el Open.

Podría haberle dado un beso.

—Podríamos darle una vuelta sencilla alrededor del estadio —dije con una sonrisa, rezando para que se interpretara como un gesto ingenuo e inocente, cosa que nunca se me daba muy bien—. Le damos un casco y todo, y podría llevarla yo. Le aseguro que será un día que nunca olvidará.

El general Delgado frunció el ceño.

—Por supuesto, también le extendemos la invitación a usted, general —propuso Pax—. Lo que sea con tal de demostrarle al país anfitrión nuestro agradecimiento por su hospitalidad.

Infló el pecho.

—No, no. Estoy demasiado viejo para esas cosas. Pero creo que a Elisa le gustaría, ¿verdad?

Asintió, con los ojos clavados en los míos.

—Listo, entonces —dijo Pax—. Bueno, les pido disculpas, pero tenemos que revisar que todo esté preparado para el espectáculo.

—Por supuesto. Tengo cosas que hacer. —A modo de despedida, el general dio media vuelta y se fue con Elisa.

—¿Esos eran...? —preguntó Leah.

—Sí —respondí.

—Ah, mierda. Se nos acaba de complicar muchísimo más el día —dijo Nick.

—Bueno, nunca nos gustó lo fácil. Vamos a necesitar una distracción. Ya no podemos llevárnosla caminando y ya. Necesitamos algo épico. —Suspiré.

—Creo que sé lo que necesitamos —dijo Nick con una sonrisa.

***

Ya habían terminado las pruebas de BMX y skate del espectáculo. Landon había aplastado a toda la competencia en su prueba, aunque, la verdad, no me sorprendía.

—Estoy un poco nerviosa —le confesé a Pax mientras estábamos de pie, con la moto y todo el equipo puestos. Nos encontrábamos justo en la entrada del estadio y la multitud ovacionaba algo que había sucedido dentro.

—Yo estoy cagado de miedo, Penna. Si te pasa algo...

Tomé su mano enguantada con la mía.

—No va a pasar nada. Siempre hemos sido tú y yo en tu jardín, desde los cinco años, Pax. Hemos logrado los retos más absurdos que se nos han podido ocurrir. ¿No va siendo hora de que hagamos algo que marque una diferencia de verdad?

—Estamos contigo, Penna —dijo Landon, poniéndose a mi lado.

—No se olviden: vuelvan directamente al barco. Rachel y Leah ya están ahí, ¿no?

—Sí. De ninguna manera iba a dejar que Leah se quedara aquí con ese general rondando por los pasillos. Van a encerrar a todos dentro en cuanto se den cuenta de lo que sucedió.

—El barco sale un poco después de medianoche, así que ya de por sí estamos llegando con muy poco margen —señaló Landon.

Estaba todo perfectamente cronometrado. La aparición del general Delgado definitivamente nos había complicado las cosas, pero aún podíamos lograrlo.

Si llevaba a Elisa al barco antes de que nos encontraran, íbamos a estar a salvo.

Al fin y al cabo, en la lista de embarque figuraba la Dra.

Messina, no ella. Y ese barco gigantesco estaba lleno de lugares para esconderla.

¿Era un plan a prueba de balas? No, pero era lo único que teníamos.

—¿Nick está preparado?

—Estoy listo. Tal vez un poco desquiciado, pero listo —respondió Nick acercándose en la silla.

—Los quiero, chicos.

—Nosotros también —me aseguró Landon.

Con el casco puesto, condujimos hasta el estadio. Pax pasó y dominó la tabla con la puntuación más alta. Era posible que ganara el título con su triple frontflip , pero yo iba a terminar en el libro de récords si esto me salía bien.

Anunciaron mi nombre a la multitud, un sonido que resonó por todo el estadio, y arranqué. Hice whips y un 360 en los saltos más pequeños antes de encarar la rampa grande.

Solo un pensamiento logró romper mi concentración: ojalá Cruz estuviera aquí.

Descarté ese pensamiento y reprimí la angustia, manteniéndola bien contenida. Ese no era el momento.

En lugar de pensar en eso, aceleré hacia la rampa y logré el ángulo y la curva perfectos. Hice girar la moto dos veces mientras los flashes estallaban a mi alrededor como bombas de purpurina y bajé la moto a la perfección.

El rugido del público lo cubrió todo mientras Pax se abalanzaba sobre mí para abrazarme. Landon llegó un segundo después para completar el sándwich.

—¡Lo has conseguido!

—Y esa no es la parte más difícil de la noche —dije entre risas.

—¿Segura que quieres saltarte la ceremonia de entrega de premios? —bromeó, pero había una clara preocupación en su mirada—. Es posible que llegues al podio con ese truco.

—¿Posible? —Le golpeé el pecho.