Capítulo treinta. Penna #3
—Yo también. Ya he intentado sacarla, pero mi padre tiene un cargo importante en el Ministerio del Interior. Cada vez que reservaba un vuelo, me detenían en el aeropuerto antes de poder subir al avión.
—Te tiene marcado.
—Sí. Por eso, cuando la doctora Messina se fue de crucero y yo estaba terminando la tesis, le pedí que me recomendara para dar clases a bordo el año siguiente, porque sabía que contrataban profesores de universidades de todo Estados Unidos y que una de las escalas era La Habana.
—Pero se fue este año.
—Y aproveché la oportunidad. Fue con tan poca antelación que tuve que ocuparme de todo sobre la marcha: los pasaportes, los billetes de avión... y convencerte de que La Habana era el lugar perfecto para hacer el Open.
—Con una sugerencia alcanzó y sobró —dije con una risa lacónica—. Parece que soy bastante fácil.
—Eres de todo menos fácil, Penélope. Pero sabía que, con tantos estadounidenses viniendo al país para el Open y con el barco en el puerto, era el momento perfecto para sacarla.
Supuestamente, iba a venir a buscarme al torneo: sabía que estaba con ustedes y que me llamaban Doc.
Iba a preguntar por mí, pero ya no importa.
La habría hecho subir al barco con la credencial de la doctora Messina.
—La que falsificaste —dije.
—Sí, pero cuando vieran la lista de embarque, verían que estaba en ella y la dejarían pasar.
—Eso después de pedirme que te tachara de la lista para que pudieras entrar en Cuba y que la agregara a ella para que pudiera subir. ¿Cómo pensabas bajar del barco? ¿Haciéndote pasar por el doctor Westwick?
—Sí.
—¿Y cuando él quisiera bajarse?
—Supuse que me ibas a poder ayudar a darle la vuelta.
—Increíble.
—Sí —murmuró, como si eso fuera una disculpa suficiente—. Siempre tuve la intención de contártelo.
—Pero solo cuando me necesitaras.
—Eso no lo puedo negar. Te deposité tanta confianza.
Toda mi carrera profesional estaba en tus manos, mi corazón, mi cuerpo, mi futuro.
Pero no sabía qué ibas a sentir con respecto a lo que estaba haciendo y, la verdad, no estaba preparado para poner en juego la vida de Elisa ni para arriesgarme a que te atraparan.
Lo entendía perfectamente. Era su hermana.
Casi se me escapa una risa al darme cuenta de que, mientras Cruz arriesgaba su vida para salvar a su hermana, la mía no podía ni responderme una carta ni tomarse la molestia de verme.
Elisa era inocente en todo este asunto y Cruz estaba genuinamente preocupado por su seguridad.
—Lo voy a hacer —murmuré.
—¿Hacer qué? ¿Perdonarme por no decírtelo?
—Algún día, tal vez. Pero, además, la voy a sacar de ahí. Tengo todo lo necesario para hacerlo. Necesito... —Tomé aire para tranquilizarme—. Quisiera tu permiso para meter a los demás. Voy a necesitar su ayuda y puedes confiar en ellos.
Contrariamente a mi naturaleza, iba a pedirle a alguien que confiara en mis amigos, pero este secreto no era mío.
—No. No vas a ponerte en peligro así. No tienes ni idea de cómo son las leyes allí ni de lo vigilada que está mi hermana. No me importa a quién se lo cuentes, porque no va a funcionar si yo no estoy ahí, y no te voy a mandar a la línea de fuego.
—Es tu hermana, Cruz.
—¡Y voy a encontrar la forma de sacarla de ahí sin ponerte en riesgo!
—exclamó. Se me fue todo el aire de los pulmones—.
Yo quiero mucho a Elisa y voy a sacarla de ahí —continuó—.
Voy a ayudarla a llegar a Harvard. Pero hay un límite que no voy a cruzar por ella, y ese límite eres tú .
Ni se te ocurra ponerte en peligro, Penélope.
No soporto ni pensarlo y me niego a vivir sin ti.
Me tembló el mentón e hice todo lo posible por contener las emociones que pudieran nublar esta decisión. Ya le había costado su carrera; no iba a ser la razón por la que perdiera a Elisa.
—Te amo —le dije—. Y no me vas a perder.
—Yo te amo más todavía. —Se le puso la voz aguda por el estrés—. No hagas nada. Tira la mochila por la borda, quémala. No me importa. Hay otra manera.
—Yo soy la otra manera. Solo tienes que confiar en mí.
—¡Penélope!
—Te amo. Nos vemos en Miami.
Colgué el teléfono antes de perder la determinación y salí de la oficina dando zancadas, con Nick siguiéndome de cerca.
Estuvimos callados todo el camino de vuelta al Athena , mientras mi mente iba a mil por hora barajando todas las posibilidades.
—Diles a todos que vengan —le ordené cuando nos separamos en el pasillo del Athena .
—¿Por favor? —bromeó, solo para molestarme.
—Ahora mismo —dije, asintiendo con una sonrisa.
Tomé la carpeta acordeón y todo lo que había dentro y me dirigí a la suite de Pax, donde estaban los demás sentados en la mesa del comedor.
—¡Fuera! —le dije a Bobby.
—Por Dios, Penna —lloriqueó—. El contrato...
—Después de lo que me costaste, ¿de verdad piensas que me va a importar un carajo el contrato? ¡Fuera!
Dio un pisotón como un niño pequeño, pero se llevó al equipo de filmación.
—¿Qué pasa? —preguntó Pax.
Esparcí los documentos sobre la mesa y me incliné sobre ellos, apoyándome en las manos.
—Quiero hacer el reto más grande que hayamos hecho nunca y voy a necesitar su ayuda.