Rebel (Renegados 3) Capítulo treinta. Penna #2
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Capítulo treinta. Penna #2

La rueda trasera tocó primero, luego la delantera. El cuerpo se me sacudió y salió despedido hacia delante, pero logré mantenerme en el asiento mientras frenaba la moto.

En el fondo, oí cómo Nick festejaba mientras me quitaba el casco. No celebré ni levanté el puño. Simplemente eché la cabeza hacia atrás para recibir la caricia del sol en el rostro. Luego me reí con fuerza y alegría, sin hacer caso a las cámaras.

Lo había conseguido.

Era la primera mujer que lograba un doble backflip en una rampa de supercross.

Noté una leve punzada de amargura en el pecho, que empañó el sabor de mi victoria. En ese momento, no quería las felicitaciones de Nick, ni siquiera las de Pax y Landon. Lo único que quería era a Cruz.

***

Nueve. Esa fue la cantidad de veces que logré hacer bien el flip después de hacerlo por primera vez. Cuando Nick me obligó a parar esa tarde, dijo que era por el atardecer, pero yo sabía que era porque había visto el agotamiento que se extendía por cada rincón de mi cuerpo.

Ya había dominado el truco, pero podía hacerme mucho daño si no frenaba mientras me aguantaran los músculos.

Me cambié en la tienda de campaña que había montado el equipo mientras Nick se ocupaba de pagar al encargado del lugar en la oficina. Con el bolso al hombro, salí al atardecer cálido y húmedo.

—¡Penna! —me llamó Nick desde la puerta de la oficina, situada a unos nueve metros detrás de la pista.

—¿Qué pasa?

—Tienes una llamada.

—Bueno. —Levanté las cejas, sorprendida, pero me acerqué preguntándome si Pax o Landon necesitarían algo.

Nick me abrió la puerta para que pasara, con los labios apretados en una fina línea.

—Te conviene atender ahí dentro —dijo, señalando una pequeña oficina privada.

Dejé caer el bolso y me dirigí al teléfono. Cerré la puerta, levanté el auricular y pulsé el botón de la luz roja parpadeante.

—¿Hola?

—Penélope.

Su voz, un leve suspiro, me atravesó como el cuchillo más afilado.

—¿Cruz? ¿Dónde estás? ¿Estás bien? —Me senté en el borde del escritorio porque se me aflojaron las rodillas de golpe, algo que no tenía nada que ver con el hecho de haber pasado la tarde entera en la moto.

—Estoy en Santo Domingo.

—¿En República Dominicana? —Me quedé pasmada.

—Ahí mismo. Mañana me tomo un avión de vuelta a Estados Unidos.

—Abrí la mochila.

—Está bien. —Su voz era tan tranquila que resultaba molesta.

—¿No tienes nada más que decir?

—Di por sentado que lo ibas a hacer cuando me fuera. Necesitaba que la escondieras del decano Paul y de la seguridad del barco, Penélope. No de ti. No tenía ni idea de que no iba a volver.

—¿Qué pensaste que iba a hacer con la mochila? —salté.

—Esperaba que la tiraras al mar. —Uf, ya lo veía encogiéndose de hombros, como si no le importara en absoluto.

—En serio, ¿quieres que me deshaga de los pasaportes falsos, los mapas y las credenciales que claramente conseguiste ilegalmente y por bastante dinero? Esos pasaportes son muy buenos, Cruz. Te deben haber costado un riñón y medio.

—Sí. Y solo uno es falso.

—Ah, ¿solo uno? ¿Ahí vas a poner el límite?

—Lánzalo por la borda, Penélope. Si te atrapan con eso, te van a arrestar.

—No me digas, Sherlock. Pero claramente la necesitas, porque si no, no me la habrías dejado.

—Esa es una de las razones por las que te llamo. —Cambió el tono de voz que usaba cuando empezaba a enfadarse.

—¿Y la otra? —Mi corazón se detuvo, como si necesitara su respuesta para que la vida volviera a fluir por mi cuerpo.

—Porque te quiero, Penélope.

Y así, sin más, volví a respirar.

—Necesitaba oír tu voz —explicó—. Cuando me interrogaron, ya tenían algunas grabaciones, pero no eran las peores.

Y sabía que las iban a encontrar. El decano Paul accedió a que, si renunciaba en ese momento y no ponía ninguna objeción, perdería el trabajo, pero evitaría cualquier impacto en tus notas, tu matrícula y tu reputación.

Descansé la cabeza en la palma de la mano.

—Ay, Dios. No hacía falta. Yo te busqué a ti. Yo... Yo te arruiné.

—¿Fuiste tú quien te persiguió hasta una oficina el día de tu cumpleaños porque no podías soportar que otro hombre te tocara?

—Y..., no.

—Exacto. La culpa es de los dos, porque los dos somos iguales en esta relación. Y, por favor, no creas que el hecho de estar a más de seiscientos cuarenta kilómetros de distancia significa que hayamos terminado o alguna estupidez similar.

—¿Entonces seguimos juntos? —Sonreí.

—Acabo de renunciar a todo por lo que he trabajado los últimos diez años. Si no estás esperándome cuando llegue a Miami, todo habrá sido en vano. —Se hizo una pausa en la que sopesé sus palabras y pensé en lo que había encontrado en la mochila—. ¿A menos que hayas cambiado de opinión?

Esa pequeña duda volvió a asomar la cabeza.

—No, pero necesito saber si me has utilizado. Encontré el recibo de la entrada para el Open y necesito que me lo expliques, porque ahora mismo sé que hay como cincuenta cosas que no me estás contando.

Suspiró y me imaginé que se pasaba la mano por el pelo.

—Elisa está en Cuba.

—Me di cuenta.

—Volvió con mi mamá. Era muy bebé, y mamá no podía dejarla como me había dejado a mí. —Lo dijo con tanto desapego, como si su abandono fuera cualquier cosa.

—¿Y cuando murió tu mamá?

—Se quedó con mi padre. No tuvo opción ni manera de escapar y sigue ahí desde entonces, viviendo con el hombre que mató a nuestra madre, y nunca pisará la cárcel por lo que hizo.

Cerré fuerte los ojos al sentir que la angustia de Cruz brotaba en mi propio pecho.

—Lo lamento mucho.