Capítulo treinta. Penna
CAPÍTULO TREINTA PENNA
EN EL MAR
—Ey, ¿estás bien? —preguntó Rachel desde el marco de mi puerta.
Levanté la vista desde la cama, donde estaba sentada con las piernas cruzadas y la mochila de Cruz delante de mí.
Tras esperar unos segundos y como no le respondí, entró y se sentó al borde de mi cama.
—No has ido a clase hoy.
—No afectará a mis notas. —Mi voz sonaba áspera a mis propios oídos.
—Sí, bueno, están todos como locos, preocupados por ti.
—Estoy bien. —Había vuelto a convertirlo en mi mantra, más fuerte que nunca.
—Bueno, no creo que pasar las últimas seis horas mirando esta mochila sea estar bien. Para nada.
—Es de Cruz.
—Me lo imaginé. ¿La has abierto?
—No. Me pidió que... —Suspiré. Tal vez, si les hubiera contado antes lo de Cruz a mis amigos, podrían haberme ayudado a protegerlo—. Me pidió que la escondiera.
Se reclinó hacia atrás para mirarla, pero no la tocó.
—¿Está haciendo tic-tac?
—Qué graciosa. —Se me levantaron apenas las comisuras de la boca—.
¿Sabes qué es lo que más me duele? No tener manera de ponerme en contacto con él.
La universidad le dio de baja la cuenta de correo electrónico y nunca se me ocurrió pedirle el número de teléfono.
¿No es gracioso? Llevo meses enamorada de este hombre y no me sé su número de teléfono.
—Este barco es como un miniverso propio. La verdad es que no necesitamos los números de teléfono.
—Pero le mandé un mensaje por Facebook. Al menos lo encontré ahí, pero no tengo ni idea de si tiene acceso a internet, qué cosas se llevó ni si puede salir de Venezuela. No tengo manera de contactarlo.
—Primero que nada, estoy convencida de que el Doc estará bien, esté donde esté. Segundo, también sé que él te encontrará. Tercero, ábrela y ya está. Quizá encuentres alguna forma de contactar con él ahí dentro. O tal vez un cuerpo.
—¿En una mochila?
—No sería lo más raro del mundo —dijo, encogiéndose de hombros.
—Deberías dejar de ver repeticiones de Dexter .
—Bueno, hay muy pocas formas de entretenimiento en el barco. Ahora, en serio. Ábrela. Si quieres privacidad, me voy. Pero o la abres o la pones en algún sitio. Basta ya de mirarla.
Para bien o para mal, la curiosidad y la desesperación por encontrar algo que me conectara con Cruz hicieron que mis dedos abrieran la cremallera antes de que mi conciencia pudiera resistirse.
—¿Te quedas? —le pedí a Rachel cuando se levantó para irse.
—Obvio —contestó, y volvió a sentarse en la cama, pero sin tocar la mochila.
Tomé la carpeta acordeón, que era lo único que había en el bolsillo principal, pasé el elástico por delante y la abrí. La primera división contenía el itinerario del crucero.
La segunda división contenía un sobre con fotos. Las ojeé.
—Todas son de su hermana, pero él no sale en ninguna.
—Es guapa —dijo Rachel, mirando a la chica de pelo castaño y ojos del color del chocolate.
—Tiene los mismos ojos que Cruz —dije. Tenía facciones más delicadas, pero esos ojos eran idénticos.
—Oye, ¿puedo ver esa? —preguntó Rachel, a la que le pasé una foto de Elisa de pie delante de un estadio—. ¿Está en Cuba?
—¿Qué? No creo. Emigraron justo antes de que ella naciera.
—No, este estadio... Aquí es donde vamos a hacer el Renegade Open. Acabo de ver un montón de fotos en la suite de Landon. Es este, no me cabe duda.
Fruncí el ceño y ojeé las demás fotos, esta vez prestando atención a los detalles del fondo. Todas las tiendas estaban en español y la arquitectura coincidía definitivamente con lo que habíamos estudiado sobre La Habana.
Puse las fotos en el sobre y volví a mirar la carpeta, con la esperanza de encontrar alguna explicación.
Lo que encontré fueron dos pasaportes. Los dos tenían la foto de Elisa, pero solo uno tenía su nombre.
—¿Qué carajo...? —murmuré.
—Ese es...
—El nombre de la doctora Messina —dije, pasando el pulgar sobre las letras impresas—. Pero Cruz la reemplazó.
—En más de un sentido, parece.
—Pero ¿por qué haría...? —Negué con la cabeza y miré en la siguiente división. Había muchísimos papeles del ejército abrochados entre sí: hojas y hojas de formularios con números y acrónimos que no entendía.
—¿En serio viaja con sus archivos militares? —preguntó Rachel.
Me encogí de hombros, sin entender qué era todo aquello.
En la siguiente división había itinerarios impresos de un viaje de Miami a Los Ángeles para Cruz y Elisa Delgado.
Su vuelo estaba programado para unos días después de nuestra llegada al puerto, como el mío.
En otro papel había una impresión del estadio donde íbamos a celebrar el Renegade Open en La Habana.
Todas las salidas estaban marcadas con círculos rojos.
Había unas equis pequeñas dibujadas en ciertas secciones del mapa, que estaba dividido planta por planta.
La hoja siguiente era el recibo de una entrada comprada a nombre de Elisa.
Un cosquilleo me recorrió los antebrazos, seguido inmediatamente de unos escalofríos, cuando por fin lo entendí todo.
En la última división había dos credenciales de identificación, como las que teníamos todos para subir al barco en todos los puertos. Una de ellas tenía una foto de Elisa con el nombre de la doctora Messina. La otra era una foto de Cruz con el nombre del doctor Westwick.
—Tienes razón —le dije a Rachel.
—¿En qué? —Examinó el mapa del estadio.
—Su hermana está en Cuba. Iba a usar el Renegade Open para sacarla de allí.
***
El sol pegaba fuerte y traspasaba la ropa, así que tomé la botella y me eché un chorro de agua en la espalda.
Aruba era precioso, pero habría preferido estar con el resto de los Renegades haciendo flyboard y pasándomelo bien.
Pero no, Nick y yo estábamos atrincherados en una pista de supercross improvisada, bien lejos de la playa.
—¿Estás segura de que quieres intentarlo de nuevo?
—preguntó, oculto bajo la visera de su gorra y con el equipo de filmación tan cerca que le daban ganas de darles un puñetazo.
Si no fuera por ese documental de mierda, todavía estaría con Cruz.
Si no fuera por ese documental, nunca lo habrías conocido.
—Sí —respondí mientras me volvía a poner el casco. Una y otra vez había derrapado en mis diez o doce intentos de esa mañana y había fallado en todos los aterrizajes. Sabía que solo me quedaban unas pocas vueltas antes de que me vencieran el calor y mi propio agotamiento.
—Esto ya es difícil de ver.
—Nunca te pedí que te quedaras.
—Baja un poco el tono, Penna —dijo con un silbido—. No he venido para atacarte.
Dejé caer la cabeza un momento.
—Ya sé, tienes razón. Todavía tengo todo lo de... Lo que ya sabes... en la cabeza.
—Y lo entiendo. De verdad. Pero, si quieres salir con vida de este truco que quieres hacer, vas a tener que bloquearlo de tu mente por un tiempo. En esa moto solo hay sitio para una persona y él te está haciendo mucho peso.
—Buen punto. —Asentí con la cabeza, me subí de un salto a Elizabeth y me puse en marcha.
Volví al inicio de la pista y me permití unos instantes para pensar en Cruz: ¿dónde estaba?
, ¿cuánto llevaba planeando sacar a Elisa de Cuba?
¿Y cómo había ido a parar allí en un principio?
Las preguntas me perseguían en todo momento, perturbando mi paz y arrebatándome la cordura cada vez que lograba encontrar un segundo de tranquilidad.
No me molestaban las miradas de los demás alumnos ni la ola de rumores que había empezado a circular cuando el profesor de Historia Europea se había hecho cargo de la clase de Cruz y, con evidente intención, me había devuelto un pilón entero de mi trabajo corregido.
Había quedado atrás el sistema numérico que Cruz había usado para protegernos a los dos, pero ni se me ocurrió sonreír con superioridad al ver que había mantenido mi diez.
Me merecía esa nota y nuestra relación nunca había afectado al aula.
No me molestaba que mis compañeros de equipo me trataran como si estuviera hecha de cristal ni la insistencia constante de Rachel para que les contara lo que había encontrado en la mochila.
Lo que sí me molestaba era el dolor agudo y desgarrador en el pecho que me provocaba la duda de si Cruz lo había planeado todo en torno a mí. Si me había utilizado.
Yo no era tonta. Necesitaba que me infiltrara en la base de datos, como hacía cada vez que quería usar el wifi, y también necesitaba que volviera a añadir a la Dra.
Messina a la lista de embarque para que no resultara extraño que volviera a subirse al barco.
A menos que Cruz tuviera un título en Informática del que no me hubiera hablado, podría decirse que yo era su mejor opción.
Él nunca te usaría así. Mi corazón se rebelaba contra mi cerebro y le exigía que le diera a Cruz la oportunidad de explicarse antes de saltar a la conclusión más obvia.
Él haría cualquier cosa por su hermana , replicó mi cabeza.
Mandé callar a los dos cuando llegué al inicio de la pista.
Respiré hondo para tranquilizarme e imaginé que mi mente era una pizarra blanca abarrotada de anotaciones.
Luego me visualicé borrándolo todo, limpiándola vigorosamente con mi borrador mental.
Con la mente despejada, me imaginé la rampa, el salto y el aterrizaje perfecto.
Me inundó una oleada de paz y serenidad, y lo sentí. Esta vez lo iba a conseguir.
Abrí los ojos de golpe y pisé el acelerador. Las palmeras y los dividivis se volvieron borrosos mientras cruzaba la pista a toda velocidad. Fui subiendo de marcha mientras la rampa grande se me venía encima, haciéndose cada vez más gigante.
Subí a la rampa acelerando casi en vertical hacia el cielo. Entonces salí volando.
Cuando sentí el punto justo, levanté la moto para hacer un backflip . El suelo y el cielo se invirtieron una vez y sentí cómo se me quemaban los músculos cuando obligué a Elizabeth a dar otra vuelta más mientras miraba el caleidoscopio de la tierra que giraba a mi alrededor.
Cuando el suelo se me vino encima, enderecé la moto y me preparé para el impacto.