Capítulo veintinueve. Penna #3
—Está bien —dijo Pax, dándome un apretón en la mano—. No importa lo cercanos que seamos: todos tenemos cosas que simplemente no podemos compartir.
—Lo amo de verdad.
—Ya sé —respondió Pax.
—Y él te ama a ti, Penna. Va a estar todo bien.
Asentí rápidamente, como si mi cabeza solo fuera capaz de hacer ese movimiento.
—Es muchísimo más de lo que se imaginan. Me acompañó a ver a Brooke.
Nick se inclinó hacia delante.
—¿Has visto a Brooke?
Parpadeé rápidamente, perpleja por lo que había dicho. Pero se había destapado la olla, se había descubierto el pastel... O como se dijera.
—La visité cuando estuvimos en Los Ángeles, pero no quiso verme. Tampoco me contesta las cartas. Ni siquiera responde mis llamadas. Parece que soy un obstáculo en su recuperación. Porque, la verdad, sigo haciendo exactamente las mismas cosas que le provocaron la crisis.
—Ay, mierda. Lo siento mucho, Penna. —Nick se apoyó la cabeza en las manos.
—Está bien —dije, encogiéndome de hombros—. Está todo bien.
—Todos sabemos que no —dijo Landon, rodeándome con el brazo.
—No, es verdad, no lo está —reconocí.
—¿Quieres que hablemos del tema? Nosotros también queremos a Brooke. Eso no ha cambiado a pesar de toda la mierda que pasó.
Había pasado meses callándolo, reprimiéndolo y ocultándoselo a las personas que mejor conocían la situación.
—Sí... Sí, creo que sí.
***
Cuando me desperté, todavía acostada en el sofá con la misma ropa que la noche anterior, el sol se filtraba por las ventanas de la suite.
El barco estaba en movimiento, así que al día siguiente llegaríamos a Aruba.
Parpadeé para quitarme el sueño de los ojos y vi que Pax había caído rendido en el suelo; Nick, recostado en el sofá de dos plazas, y Landon, acostado sobre las dos sillas como si fueran un puente sinuoso.
Se me dibujó una sonrisa en los labios, pero luego recordé lo que había pasado la noche anterior.
Nunca habían venido a buscarme.
Me puse unas chanclas y salí en silencio. Una vez cerrada la puerta, fui corriendo al ascensor. Ahora que nuestra relación había salido a la luz, ya no hacía falta que bajara por el balcón.
En el ascensor había un grupo de estudiantes, pero ninguno me miró de forma extraña ni me puso una letra escarlata en el pecho, así que, al parecer, el decano aún no se había pronunciado.
Crucé la cubierta nueve con la mayor calma posible, pero aceleré el paso cuando vi al doctor Westwick salir de la suite compartida.
Mis pasos siguieron firmes, pero mi corazón no, mientras me dirigía a la puerta.
—Carstairs —dijo el doctor Westwick, levantando una ceja—, ¿necesitas algo?
—Estaba buscando al doctor Delgado.
Lanzó una mirada al pasillo, lo que me indicó que estaba perfectamente al tanto de lo ocurrido anoche.
—Eso es algo que vas a tener que hablar con el decano Paul. Ahora, te pido disculpas, pero estoy llegando tarde a clase.
Me pasó por al lado sin decir nada.
El vacío que sentía en el estómago se hizo más profundo y un presentimiento horrible se apoderó de mí. Intenté sobreponerme, pero a cada paso que daba hacia la oficina del decano Paul, esa sensación se volvía más pesada y nauseabunda.
Cuando llegué a las oficinas administrativas, pasé junto a la secretaria alborotada del decano Paul y fui directamente a su despacho.
Levantó la vista del escritorio, sobresaltado durante un momento, pero inmediatamente su expresión se volvió demasiado condescendiente para describirla con palabras.
—Está bien, Peggy. Yo me ocupo de ella —le dijo a su secretaria.
Ella asintió, nos dejó solos y cerró la puerta al pasar.
El decano Paul se levantó y, por un brevísimo instante, me sentí pequeña, como si ese hombre fuera a aplastarme con la intensidad de su mirada.
Pero no , yo no era solo Penélope Carstairs, también era Rebel, la única mujer con una medalla de los X Games en una categoría solo de hombres.
Había hecho cosas que este tipo ni siquiera podría imaginar en sus sueños más disparatados, y solo podría hacerme sentir pequeña si yo se lo permitía.
Levanté el mentón al menos cinco centímetros.
—He venido a hablar del Dr. Delgado.
—Ah, sí. Me imaginé que vendrías. Te alegrará saber que no te vamos a expulsar, aunque todas tus notas de esa asignatura van a ser reevaluadas por otro profesor que no tenga... vínculos contigo.
Expulsada . Nunca se me había ocurrido que me podrían expulsar de la universidad, pero, por el momento, me resultaba imposible obligarme a que me importara.
—¿Y el Dr. Delgado?
—Ya no está con nosotros.
Se me cayó el alma a los pies. De verdad lo había perdido todo. Pase lo que pase, tienes que quedarte al margen. No interfieras. Se lo había prometido y lo mínimo que podía hacer era ser sensata y mantener la boca cerrada.
—Entiendo. ¿Hay alguna manera de que me deje hablar con él ahora que ya no forma parte del equipo docente?
El decano Paul abrió los ojos de par en par y luego los entrecerró.
—Creo que me has malinterpretado. El doctor Delgado ya no está en el barco. Lo hicimos retirarse de las instalaciones anoche, cuando todavía estábamos en el puerto.
Y así, sin más, se me vino encima la fase tres.
Cruz se había ido.